Cuando los vivos celebran a los muertos el presupuesto no es vital. Unos cuantos soles para el pan decorativo, velas, botellas vacías y demás. Honrar al recordado difunto está a una chancha de una comparsa musical. Y si no quiere agenciarse por sus propios medios el agua para las flores, los pequeños aguateros (algunos no llegan ni a los diez años) pueden darse una carrera de un sol y, por cincuenta centavos más, mandarse con una breve y mal leída oración.
Pero no es lo único que hacen, también le dan una repasada a soplete o brocha a las desteñidas cruces de los sepulcros. El “recurseo” no llega con la necesidad sino con la muerte…
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