John Updike, el escritor norteamericano que me cautivó cuando recién me iniciaba en la literatura y cuya prosa me ha acompañado durante todas estas décadas de hibernación novelística, dijo en una entrevista hace ya mucho, mucho tiempo, que cuando él escribía, apuntaba su mente hacia un punto vago, un poco hacia el Este de Kansas, y pensaba en los libros de los estantes de una biblioteca de provincia, libros antiguos todos ellos, libros sin sus forros, desprovistos de sus cubiertas, y a un muchacho husmeando entre ellos y encontrándolos de casualidad y dialogando, a través de la lectura, con sus autores. Ese joven de provincia era, obviamente, el propio Updike.
Durante tres décadas, a mi manera, también he tratado de mantenerme fiel a los ideales de mi propio y juvenil yo, y con él, a los valores, a los ideales, a los sueños de ese muchacho que se ha esmerado por no morir dentro de mí en el intento. Recuerdo hoy las visitas quincenales a la casa del filósofo y poeta Edgar Guzmán, con quien conversaba tardes enteras de literatura siendo apenas un adolescente…
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