El fútbol es fe y es, a estas alturas, una esférica metáfora de una nación que ve por primera vez los frutos de adoptar el trabajo duro como religión y el pensá, como la primera palabra de su oración.
“Creo en el jugador peruano”, dijo Gareca, creador de la selección mundialista. Yo creo en el Tigre, nuestro Señor. Creo en el equipo que fue concebido por obra y gracia de su talento y rigor. Nació en Tapiales, Argentina. Padeció en la convocatoria al mundial del 86. Fue criticado duro y casi eliminado. Descendió hasta el octavo puesto y en Ecuador se levantó de entre los muertos. Subió al repechaje, sentado en la banca entre Solano y Oblitas, el todopoderoso. Desde allí supo juzgar quién se iba y quién estaba adentro. Creo en el espíritu de trabajo, la tecnología, la comunión de los seleccionados, el perdón de sus horribles peinados, la resurrección de Jefferson y la gloria eterna. Pensá.
Creo en Milagros. En Milagros Polo Peña, la novia que se tomaba fotos en el hotel donde concentraba la selección en la previa contra Uruguay. Creo que el gesto del Tigre a la hora de posar con ella, convencido de que esas cosas traen suerte. Creo en su aversión al verde horroroso, cábala que se cumple sin chistar, y en la necesidad de proscribir la música del exesposo de J.Lo. en las radios de cualquier entrenamiento, concentración, movilidad, taxi, sala, comedor hasta el final del mundo. Que su vivir vivir lalalalala se vaya a vivir lejos de la Videna.
Creo en el hombres antes que nombres, medida urgente frente a la tradicional fascinación por la fama en perjuicio del rendimiento. Que los 4 Fantásticos sean los que pelean contra Doom y no los que arranquen sin entrenar. Creo en el jugador… (lea el artículo completo en la Edición Digital, descargable en el siguiente enlace)
