Le había dicho muchas veces que pique la cebolla. Aún hoy, varios años después, la sigue escuchando. La sigue recordando entre los leños incendiados, el sonido rítmico del batán sobre la comida y los pequeños animales, como el cuy, yendo de un extremo a otro, antes de ser cocinados. Ella sigue custodiando sus días. Ella sigue ahí, sol y sombra, guiándola.
Porque la cocina es su pasado, su presente y su futuro. “He nacido en una picantería y estaré en ella siempre”, expresa con seguridad. Su voz loncca de detiene. Lily Pauca ve ir y venir a los mozos que alistan las mesas. Todavía es temprano, dice. Vuelve a su niñez, como si la pudiera ver ahí, frente a sus ojos, como una película. La inmensa imagen de Simona Díaz, su abuela, cocinando en la picantería El Rojo de Tiabaya. Ahí aprendimos todas, rememora. Todas las niñas de la familia teníamos que ayudarla. Ella nos ordenaba, nos decía claramente lo que teníamos que hacer; y lo hacíamos. Con el tiempo, incluso antes que lo pidiera, teníamos todo listo. Sabíamos lo que quería. Las cebollas picadas, las salsas preparadas, las torrejas recién hechas. “Tenía unas manos prodigiosas”, se conmueve.
La picantería es una casa La dueña de La Dorita toma un sorbo de chicha de güiñapo. Se acomoda el sombrero characato y dice, medio en broma medio en serio, que nunca se lo quita. “Así esté bajo el sol, bajo la luna, bajo la sombra”, sonríe. Entonces, una señora entra a la picantería y le pregunta si hay chupe de camarones. Ella le responde, en 15 minutos mamacita. Se para un instante y mira hacia la cocina…
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