En tu obra, desarrollas una multiplicidad de voces. ¿De dónde viene ese estilo? ¿Qué lecturas y qué libros moldean tu arte poética?
En mi caso, los libros y la lectura no fueron el influjo gravitante para llegar a ser escritor; no vengo de una tradición familiar literaria, mis padres no son escritores y en casa no tuvimos biblioteca. Entonces, no fueron los libros; fue la tradición oral quechua, escuchada de niño. Aquellos cuentos de condenados y sirenas, de aparecidos y almas en pena que aún me atormentan. En la escuelita no leíamos historias, contábamos historias; antes de saber leer, yo ya sabía urdir historias. Yo llegué a la lectura viejo, a los 7 u 8 años. Después, el acceso a los libros enriqueció mi dicción, me prodigó un subyugante universo literario que entretejí con los códigos de la oralidad. La gran tradición poética peruana me dotó de recursos expresivos, estilos y formas con los que configuré mis primeros libros.
Ahora veo que la conjunción oralidad-escritura gravita desde mi primer libro. Desde un inicio, hay ya una poesía coral, donde los sujetos hablantes del poema son muchos, y la del poeta es una voz más; el “yo” poético se funde en un “nosotros” comunal.
¿Quiénes cuentan o narran esas historias?
Por cierto, el seno familiar y la escuela son importantes, pero en una lengua oral todos cuentan historias; niños y ancianos fraguan en la garganta, un sinfín de narraciones oídas, mejoradas y vueltas a contar. Narrar una historia oral es transmitir con precisión y contundencia un mensaje; el ripio y la retórica vienen con la escritura. En el evento de la narración oral, no cunde la jerarquía literaria entre narrador y lector. El oyente puede devenir en narrador y viceversa. Como nativo hablante del quechua, soy oyente y narrador…
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