Arequipa: fiesta y protesta

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Una de las lecciones que dejará este peculiar aniversario de Arequipa es que, la ciudad que añora un grupo de “arequipeños netos”, no existe más.

En verdad puede que nunca haya existido, así como la idealizan quienes reivindican un carácter excluyente y desdeñoso de otras identidades, en contraposición al “arequipeño de verdad”.

Arequipa

Y como lo sentenció el arequipeñista mayor, Juan Guillermo Carpio, el mestizaje que va cuajando hoy en Arequipa tiene un mayor componente andino, de origen aimara, en una mezcla que fructificará recién en unos 50 años.

Entonces se dará paso a una nueva identidad, igual de brillante que la que fructificó en la época de la independencia, con Mariano Melgar a la cabeza cuando la mezcla no era de españoles e incas, como se cree, sino de moros que llegaron de España y representantes de las etnias nativas que eran fundamentalmente tiahuanacos.

El reciente conflicto por el proyecto minero Tía María, ha reactivado el insensato debate sobre el origen de los protestantes y su pertenencia al linaje arequipeño que reivindican ciertos grupos con reminiscencias fantasiosas, lejos de la realidad que construyó esta formidable ciudad, patrimonio cultural de la humanidad en base al carácter único que le dio, precisamente, ese mestizaje.

La celebración de un aniversario que se acerca rápidamente al quinto centenario, paradójicamente, reivindica costumbres ancestrales como la entrada de ccapo, la comida de picantería, los bailes y trajes típicos como los del carnaval y la música folclórica; todas costumbres andinas provenientes del milenario altiplano que cierto sector “ccala” pretende rechazar como ajeno.

La división que un grupo de publicistas y un sector empresarial desfasado pretenden crear en base a quienes abrazan la “paz y el desarrollo”; y otro que estaría conformado por intonsos, engatusados por violentistas y enemigos del progreso, cuya opción es la de “seguir siendo pobres”; es absolutamente falaz y perversa. Nada más dañino para el avance de Arequipa que atizar las diferencias en base a conceptos excluyentes y abiertamente ofensivos.

Los íconos arequipeños como su carácter contestatario y revolucionario, su tradición jurídica o justiciera, su amor por la libertad y su desafío al resto del mundo; están lejos de ese pensamiento que hoy pretende acallar y arrinconar a los que reclaman, en aras del orden y el acatamiento a un pensamiento supuestamente “correcto”.

Los caminos de progreso son tan diversos como la humanidad de cada uno de los hijos de esta tierra; los de reciente data y los antiguos, los cultos o los esforzados, los que heredaron medios y los que los construyeron a pulso, los convencidos y los que solo tienen fe en sí mismos; los lonccos, los ccalas y los NA (ninguna de las anteriores).  

Los nuevos arequipeños -estoy segura- constituirán una especie más generosa, sensible, abierta; más sabia, amable y también audaz, lo suficiente para no verse enredados en agresivas disputas que parten de la falta de respeto y empatía por los otros.

Mi homenaje va para esa nueva Arequipa del quinto centenario; y para los nuevos arequipeños que honrarán la tradición, no la postiza que hoy se proclama, sino la de origen, esa que nuestra generación ha abandonado.

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