Es innegable que Arequipa ha sido cuna de grandes acuarelistas, desde inicios del siglo XIX. Existen diversas teorías sobre eso, y varias apuntan a la luminosidad natural que proyecta este escenario; otras, a los numerosos paisajes que rodean la Ciudad Blanca.
Nadie con más autoridad para interpretar el porqué de tantos acuarelistas renombrados nacidos en Arequipa, como Teodoro Núñez Ureta, quien lo describe magníficamente en su artículo “El Paisaje” de 1940. “Es cosa ya mil veces dicha que el ambiente predispone, incita, obliga. Nuestro ambiente es campo propicio de toda inspiración artística. La ciudad vieja y conventual, con sus muros coloniales, sus callejuelas pintorescas y su paz aldeana, parece invitar a la evocación y al poema. Y nuestro paisaje, tan a la mano, rodeando la ciudad por todas partes, sirviendo de alegre fondo a todos los caminos, en una permanente incitación a la pintura. De cualquier casa, de cualquier calle, el contacto con la naturaleza es inmediato.
Tenemos allí, al alcance del brazo, la campiña verde, y fresca, las montañas familiares recortándose rotundamente en el azul puro e intenso del cielo”…
Lea el artículo completo descargando la Edición Digital de este número aquí
