El cántaro y la fuente

La Revista

La mañana del 30 de setiembre, a partir de entonces una fecha histórica, un conspicuo representante del repudiado Congreso, Héctor Becerril, desafiaba por enésima vez al presidente. “Ya hemos elegido a un miembro del TC, ahora que cierre el Congreso, que lo cierre, o es que le tiemblan las piernas”, espetaba a Vizcarra a través de una prensa siempre atenta a ese  tipo de expresiones.

Previamente, un espectáculo sin precedentes había tenido lugar en el hemiciclo. Sumergidos en su propia ruindad, los congresistas de mayoría se dirigían a grito pelado al presidente del Consejo de Ministros, Salvador Del Solar, pidiéndole que desalojará el lugar. Una especie de jauría de mujeres incontrolables señalaba con el dedo al representante del Ejecutivo que había entrado sin invitación y luego de esforzados empujones de algunos congresistas que tuvieron que usar la fuerza para abrir las puertas cerradas por orden expresa.

Empeñados en llevar a cabo la elección de magistrados del Tribunal Constitucional, para tomar control de esta entidad, el comportamiento de los congresistas llegó a extremos impensados…

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