Columnas>Fiesta de la Significancia Archives - El Buho http://localhost:8000/elbuho/seccion/columnas/columnasfiesta-de-la-significancia/ Tue, 12 Nov 2019 00:00:00 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=6.0.2 http://localhost:8000/elbuho/wp-content/uploads/2022/10/favicon.png Columnas>Fiesta de la Significancia Archives - El Buho http://localhost:8000/elbuho/seccion/columnas/columnasfiesta-de-la-significancia/ 32 32 Hay Festival: Desde reflexiones sobre Ribeyro hasta Cuba y su música http://localhost:8000/elbuho/2019/11/12/hay-festival-desde-reflexiones-sobre-ribeyro-hasta-cuba-y-su-musica/ http://localhost:8000/elbuho/2019/11/12/hay-festival-desde-reflexiones-sobre-ribeyro-hasta-cuba-y-su-musica/#respond Tue, 12 Nov 2019 00:00:00 +0000 Fiesta de la Significancia]]> http://localhost:8000/elbuho/2019/11/12/hay-festival-desde-reflexiones-sobre-ribeyro-hasta-cuba-y-su-musica/ Auserón sentenció que “en el medio urbano la canción es un medio de resistencia” y criticó ciertos géneros musicales de moda entre la juventud

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Vivo relativamente cerca de las sedes donde se desarrolla el Hay Festival. Pero la mañana del domingo la pasé corrigiendo mi reporte anterior, y se me pasó la hora. Como me habían recomendado especialmente acudir al conversatorio sobre Ribeyro, tuve que tomar un taxi para tratar de llegar a tiempo. Le dije al conductor que volara.

Hay Festival
Santiago Auserón y Pelo Madueño fueron dos de los invitados en el Hay Festival Arequipa 2019

Afortunadamente el tráfico dominical es ligero y llegamos con las justas al CCPNA; una vez dentro un amable asistente me informó que se había cambiado la sede del evento —alguien dirá “y a mí qué me importa”; es que tengo que llenar una carilla, y en eso estoy—. Resignado caminé hasta la Casona Tristán del Pozo, donde uno de los barbudos participantes del coloquio ya terminaba la primera ronda de intervenciones. El local estaba repleto y no fue fácil encontrar un lugar donde pararse.

Entonces Giovanna Pollarolo anunció que tenía que partir, o si no perdería el avión. Su corta intervención se centró en una novela que acababa de leer y que la deslumbró: Los geniecillos dominicales. Dijo que se trataba de un libro precursor de la novela realista y que tuvo mala suerte, pues fue pésimamente editado en la colección de Populibros, lo cual deprimió a Ribeyro —me disculparán que no cite textualmente, pero se me hacía difícil escribir de pie y casi no entiendo lo poco que anoté—.

https://elbuho.pe/2019/11/hay-festival-arequipa-2019-mas-de-29-mil-asistentes-y-120-invitados/

Antes de irse Pollarolo pidió, rogó, que se reedite el libro. En esto creo que ella se equivoca, porque aparte de las antiguas ediciones de Populibros y de Milla Batres, he visto (y las tengo) otras dos ediciones distintas y más recientes de Los Geniecillos.

Fernando Iwasaki tomó la palabra. Indicó que Ribeyro entró en su vida a través de sus cuentos, con los que tenía una relación especial; tanto así que uno de sus tesoros es la primera edición de Los gallinazos sin plumas.

Para Santiago Gamboa el libro más entrañable de Ribeyro es La tentación del fracaso —a propósito, ¿han notado que en la edición conmemorativa, el prólogo de Gamboa es reemplazado por uno de Vila-Matas?; yo prefiero el de Gamboa: es más sustancioso— y evocó que Ribeyro le había dicho que escribía todos los días en su diario, aunque sea una frase.

https://elbuho.pe/2019/11/norma-martinez-es-un-privilegio-ser-un-artista/

Mencionó también que el boom fue cosa de novelistas, y que Ribeyro, esencialmente cuentista, no sacó gran provecho de él. Dijo que con los cuentos de Ribeyro se podía formar una teoría del chasco, porque en ellos alguien siempre espera algo que finalmente no sucede.

Era el turno del público asistente. Una feminista señaló que no había mujeres protagonistas en los cuentos y preguntó si Ribeyro era misógino. En respuesta, Iwasaki le recordó al personaje femenino de Silvio en El Rosedal, reprochando además la tendencia a censurar todo lo que no sea políticamente correcto. Al final el hijo de Ribeyro, que estaba entre los panelistas, comentó ciertos impases entre su padre y Vargas Llosa.

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Hay Festival: Auserón y la influencia cubana

Más tarde, a las 12 del mediodía, Santiago Auserón y Pelo Madueño sostuvieron una charla en el Teatro Municipal, y yo estuve ahí. Quedó confirmada la grata impresión que el español me causó la víspera. Empezó alabando la versión que La liga del sueño hizo de Semilla negra (una canción de Radio futura) en ritmo afroperuano.

Añadió que le había impactado. Y es que Auserón se considera a sí mismo “un paria musical” que se ha esforzado por “entender el aporte rítmico y emocional de la música de los negros”.

Es un hecho: el jazz y el rock, música creada por los negros americanos, se ha impuesto en España. Pero Auserón dice que la influencia africana en la Península se remonta más atrás, cuando España estaba dominada por los musulmanes y “había negros en Sevilla, Huelva, Cádiz”. Él ve “paralelismos entre el rock y el son: surgen de la semilla africana, van del campo a la ciudad y fabrican poesía a partir de la vida cotidiana”.

En algunos momentos de la conversación se abusó de los tecnicismos (“el influjo en la franja atlántica es binario”), al menos para quienes no tenemos un conocimiento especializado en teoría musical —así como para otros asistentes que pudieron sentirse desconcertados cuando se refirió al “giro lingüístico”—.

Auserón sentenció que “en el medio urbano la canción es un medio de resistencia” y criticó ciertos géneros musicales de moda entre la juventud: “el ritmo no puede ser una obligación reiterada, eso crea aburrimiento, sometimiento”. Con respecto a la fusión musical, dijo que la worldmusic es “una sopa”. Y es cierto, hay comerciantes que van por el mundo cazando sonidos exóticos; pero la verdadera fusión no sale de ahí, ella nace de “procesos históricos”.

Así el Hay Festival 2019 terminó para mí. ¿Y qué fue de Ricardo Morán, Gastón Acurio y Renato Cisneros? Bueno, para otra vez será.

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Hay Festival: Desde Xavi Ayén, pasando por Pamuk hasta Santiago Auserón http://localhost:8000/elbuho/2019/11/10/hay-festival-desde-xavi-ayen-pasando-por-pamuk-hasta-santiago-auseron/ http://localhost:8000/elbuho/2019/11/10/hay-festival-desde-xavi-ayen-pasando-por-pamuk-hasta-santiago-auseron/#respond Sun, 10 Nov 2019 00:00:00 +0000 Fiesta de la Significancia]]> http://localhost:8000/elbuho/2019/11/10/hay-festival-desde-xavi-ayen-pasando-por-pamuk-hasta-santiago-auseron/ Un repaso del segundo día del Hay Festival Arequipa 2019 con el Nobel de Literatura 2006 Orhan Pamuk, hasta finalizar con el español Santiago Auserón.

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Artículo sobre el segundo día del Hay Festival Arequipa 2019. Aunque apuré el paso, llegué con bastante retraso al evento. El sábado, a las 10 de la mañana, el patio de la Biblioteca Mario Vargas Llosa estaba abarrotado, pero por fortuna había asientos vacíos —aquellos donde los rayos del sol caían directamente—. Así, en medio de un calor insufrible, escuché a Xavi Ayén, especialista del boom, hablar de Mario, de Gabo, de Barral y de Balcells. Ayén considera que La ciudad y los perros fue el inicio cronológico del boom, un fenómeno que sólo se consolida con la publicación de Cien años de soledad.

Hay Festival
El líder de la extinta banda Radio Futura, Santiago Auserón (Juan Perro), dio un concierto acústico en el Hay Festival Arequipa 2019

Afirma que sólo 3 o 4 de los escritores se volvieron millonarios, lo que generó los celos del resto. Explicó que Cortázar se mantenía al margen porque rechazaba el cariz mercantilista del boom; además comentó, jocosamente, que Donoso escribió su Historia personal del boom para asegurarse de quedar incluido en él. Ayén proporcionó todavía más datos, o chismes, para placer de los asistentes.

A las 11 de la mañana, debido nuevamente a los cambios en la programación, fui auditor involuntario de Kathryn Mannix en el Teatro Municipal. No la pasé mal, aunque ciertamente hubiera preferido escuchar a Almudena Grandes. En fin. La doctora Mannix se explayó sobre su especialidad: el buen morir. Dijo que en general el enfermo incurable es generoso, porque “está más preocupado por lo que su familia va a ver que por lo que él va sentir”.

https://elbuho.pe/2019/11/hay-festival-desde-bruce-mannheim-hasta-lol-torhust/

Lo mejor, aseguró Mannix, es no evitar el tema. Y tiene mucha razón. Hay que solucionar las diferencias antes que de que acontezca lo inevitable. Ella piensa además que habría que retomar una costumbre de antaño; que el paciente fallezca en su casa, entre los suyos y no, como se ha impuesto ahora, en un frío hospital. Mannix espera que se formen especialistas que aconsejen a la gente durante esas situaciones extremas.

A las 4 de la tarde, en el auditorio del CCPN, el filósofo Anselm Jappe empezó diciendo que es “alemán sólo de pasaporte”.  No llevé la cuenta, pero en el transcurso de una hora citó al menos una docena de veces a Marx y, no faltaba más, también se las ingenió para nombrar a Freud. Para Jappe, la caída del Muro de Berlín no simboliza el fracaso del comunismo, sino del “capitalismo de Estado”.

En cierto momento pronunció con tono burlón el término “elecciones”, porque él cree más bien en la democracia asamblearia —cómo no, la vida política se desarrollaría mejor sin el Parlamento, molesto intermediario entre el Poder y el Pueblo—. Y todo esto en medio de los aplausos de los asistentes… No obstante, lo más pintoresco ocurrió cuando Jappe aconsejó acabar con los “coches” (patitas, para qué las quiero). Felizmente al final, en la ronda de preguntas para el público, alguien lo puso en su sitio. Mis parabienes.

Hay Festival
El Nobel de Literatura Orhan Pamuk fue uno de los invitados que más expectativa generó en el Hay Festival Arequipa 2019

A las 6 de la tarde, en el Teatro Municipal Orhan Pamuk habló de su novela “La mujer del pelo rojo” (la cual confieso que no lo he leído). En alusión al título del libro dijo que en Turquía una pelirroja representa algo aterrador; que una mujer que se tiñe el pelo con ese color está retando a los hombres.

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A estas alturas de su carrera él se siente más un historiador: “Salirme de mí mismo; tratar de identificarme con personas socialmente diferentes de mí”. Se habló de Sófocles (“Edipo viola todas las reglas, sin embargo lo comprendemos”), de textos sufíes, de Balzac en Marx, de la deriva autoritaria de Turquía (“A la gente le gusta la autoridad”), de Dostoievski, pero lo más interesante para mí fue cuando comentó que “el turco es un idioma diferente, funciona con sufijos, el verbo está al final de la frase”. Explicó que en turco normalmente se emplean frases muy largas, lo que aumenta las dificultades que enfrentan sus traductores.

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Luego de dar unas vueltas por el Centro Histórico regresé al Teatro Municipal, pues a las 9 de la noche se presentaba Juan Perro, es decir, Santiago Auserón, el exlíder de Radio Futura (la mejor banda española de rock). Yo le había perdido de vista tras la separación del grupo y, como otros, creí que en su presentación tocaría temas de su antigua banda.

Fue diferente a lo que esperé, y salí fascinado. Músico por vocación, filósofo de profesión, poeta. Sólo necesitó de una guitarra para ganarse al público. Auserón, en su faceta de Juan Perro, ha hecho lo que se le antoja, y el resultado no será muy comercial, pero es de calidad innegable. Escúchenlo.

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Necesidad y probabilidad http://localhost:8000/elbuho/2015/09/21/necesidad-y-probabilidad/ http://localhost:8000/elbuho/2015/09/21/necesidad-y-probabilidad/#respond Mon, 21 Sep 2015 00:00:00 +0000 Fiesta de la Significancia]]> http://localhost:8000/elbuho/?p=9244 La ciencia que debe ocuparse del estudio del derecho positivo no es la Sociología, sino la Dogmática jurídica. Kelsen fundamentó esa afirmación estableciendo un primer contraste entre ciencias naturales y ciencias sociales. Para él las ciencias naturales investigan la naturaleza “como un conjunto de hechos relacionados por el principio de causalidad”, mientras que las ciencias […]

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La ciencia que debe ocuparse del estudio del derecho positivo no es la Sociología, sino la Dogmática jurídica. Kelsen fundamentó esa afirmación estableciendo un primer contraste entre ciencias naturales y ciencias sociales. Para él las ciencias naturales investigan la naturaleza “como un conjunto de hechos relacionados por el principio de causalidad”, mientras que las ciencias sociales se ocupan de estudiar la sociedad entendida como “un orden que regula la conducta de los hombres”. Acto seguido, él divide las ciencias sociales en ciencias sociales causales y ciencias sociales normativas. Las ciencias sociales causales (entre las que se incluye la Sociología) aplican el principio de causalidad “a las conductas humanas consideradas como hechos pertenecientes al orden causal de la naturaleza”. Por su parte, las ciencias sociales normativas emplean el principio de imputación, es decir, “estudian las conductas humanas (…) en relación con las normas que prescriben cómo deben desarrollarse”.

Según Kelsen la relación entre causa y efecto se expresa en el esquema “Si es A, tiene que ser B”; en tanto que el nexo entre un hecho ilícito y su sanción se da en la forma “Si es A, debe ser B”. Todo parece muy claro… no obstante, esta distinción es artificial. Lo que postula Kelsen es que existe una necesidad física de que a un hecho A (la causa) le siga un hecho B (el efecto) —ello en virtud de la sucesión ininterrumpida de veces en que ha acontecido de esa manera—. Pero del hecho de que regularmente acontezca algo no se deduce que tenga que acontecer nuevamente así. Nada excluye la posibilidad de que algo que ha sucedido millones de veces de un modo ocurra de manera distinta la siguiente vez. Si es normal que se frustren nuestras expectativas acerca de lo que debe acontecer es porque no hay una conexión lógica entre nuestra voluntad y el mundo. Al respecto dice Wittgenstein que “sólo hay una necesidad lógica” y que la ley de la causalidad “no tiene un fundamento lógico, sino psicológico”; por lo tanto, podemos conjeturar —en base a la acumulación de experiencias anteriores— que es altamente probable que el sol salga mañana, pero si ello no ocurre únicamente se violaría una ley física, no una ley lógica.

De esto se desprende que una inferencia inductiva tan sólo nos suministra una hipótesis provisional. Por ejemplo, la proposición general “Todo tirano es mortal” —que se deriva de un número limitado de proposiciones singulares: “Nerón era mortal”, “Hitler era mortal”, “Stalin era mortal”, “Pol Pot era mortal”, “Hugo Chávez era mortal”, etc.— es una hipótesis basada en un género de experiencias pasadas que se tendrá por verdadera sólo si hechos del mismo género se siguen dando sin excepción. Y bastaría con la comprobación de una sola proposición adversa (digamos “Fidel Castro es inmortal”) para que dicha proposición general quede falsada.

La diferencia entre la necesidad lógica y la “necesidad” física puede ilustrarse de la siguiente forma: Si sumamos 2+2 el resultado, por necesidad lógica, será 4. No podría ser de otra manera. Es imposible que el resultado sea 3. En cambio, si colocamos 4 manzanas en una caja y luego de unos segundos la vaciamos, lo razonable sería que caigan 4 manzanas; sin embargo —ya que no hay relación lógica entre el hecho de colocar las manzanas y el hecho de vaciar la caja— podría darse el caso de que solamente cayeran 3 manzanas. ¿Es esto concebible? Sí, pues no existe la imposibilidad física. Del hecho que usualmente encontremos en una caja las 4 manzanas que colocamos en ella segundos antes, no se sigue que al repetir luego la operación vaya necesariamente a ocurrir lo mismo. No existe nexo lógico entre los hechos, y si no hay relaciones lógicas entre los hechos tampoco hay identidad entre las leyes de la lógica y las leyes de la Física. La necesidad es un fenómeno puramente sintáctico, que se da entre entes formales —o sea, entre signos dispuestos de un determinado modo—. Por ende, aquello que según la física es improbable, es posible que acontezca porque no contradice las leyes de la lógica —que caigan 3 manzanas de la caja es un resultado posible, pero improbable—; y aquello que según la lógica y las matemáticas es imposible —por decir “Llueve y no llueve” o “2+2=3”— es impensable que suceda, ya que en este ámbito no se admiten milagros. En consecuencia, sólo debe hablarse de imposibilidad y de necesidad en el plano formal de la lógica y de las matemáticas; fuera de él todo es casual y puede suceder cualquier cosa.

Ahora volvamos a Kelsen. Si el vínculo de necesidad en el enunciado “2+2=4” es incuestionable, del enunciado “Todo gas tiene que expandirse por el calor” sólo podremos decir que —en base a nuestra experiencia y a testimonios fiables— existe una alta probabilidad de que todo gas se expanda por el calor. Si afirmáramos que el enunciado “Todo gas tiene que expandirse por el calor” es absolutamente verdadero, antes tendríamos que haber verificado que todos los gases del universo se han expandido en el pasado, se expanden en el presente y habrán de expandirse en el futuro a causa del calor. En el fondo tanto el principio de causalidad como el de imputación establecen que algo debe ser, no que tenga necesariamente que ser, y puesto que entre ambos principios sólo hay una diferencia de grado —la probabilidad de que el calor expanda un gas es mayor con respecto a que a un hecho ilícito le siga una sanción—, entonces los enunciados generales “Todo gas tiene que expandirse por el calor” y “Todo el que mate debe ser sancionado” difieren no en que uno sea necesario y el otro no lo sea, sino en que ambos desempeñan funciones distintas en el lenguaje: uno describe regularidades que se dan entre clases de hechos y el otro prescribe cómo deben actuar unos órganos jurídicos. Así pues, la “tajante” división kelseniana entre ciencias sociales causales y ciencias sociales normativas no se justifica.

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El sinlogismo judicial II http://localhost:8000/elbuho/2015/09/04/el-sinlogismo-judicial-ii/ http://localhost:8000/elbuho/2015/09/04/el-sinlogismo-judicial-ii/#respond Fri, 04 Sep 2015 00:00:00 +0000 Fiesta de la Significancia]]> http://localhost:8000/elbuho/?p=9071 Puesto que en el campo de la lógica es superfluo recurrir a algo más que la forma del razonamiento para saber si éste es correcto, entonces la validez del silogismo no puede ser corroborada ni refutada mediante la verificación. Si este tipo de validez resulta de la forma de la inferencia —con independencia absoluta de […]

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columna Miguel Zavalaga

Puesto que en el campo de la lógica es superfluo recurrir a algo más que la forma del razonamiento para saber si éste es correcto, entonces la validez del silogismo no puede ser corroborada ni refutada mediante la verificación. Si este tipo de validez resulta de la forma de la inferencia —con independencia absoluta de lo que ocurra en el mundo—, entonces las premisas del silogismo son proposiciones que se aceptan como elementos de la inferencia sin necesidad de confirmarlas empíricamente, y también es una cuestión lógicamente irrelevante indagar si la conclusión coincide o no con algún hecho. Es que para la lógica todas las proposiciones valen lo mismo, y no se requiere saber si representan hechos que efectivamente se dan.

Con el silogismo práctico sucede lo contrario: su validez depende del mundo. Ilustremos lo dicho con la inferencia “La ley establece que toda autoridad que malverse debe ser sancionada; Hugo Chávez malversó; entonces Hugo Chávez debe ser sancionado”. Si un juez quisiera tomar una decisión judicial basada en la conclusión de este razonamiento, él necesariamente debe estar seguro de que la premisa mayor (La ley establece que toda autoridad que malverse debe ser sancionada) representa una norma válida, y de que la premisa menor (Hugo Chávez malversó) describe el aprovechamiento fehacientemente comprobado que Chávez hizo del dinero público. Pero si es necesario verificar hechos, si hace falta comprobar la verdad o la falsedad de una proposición, entonces no estamos ante una inferencia deductiva; porque está más allá de la jurisdicción de la lógica la identificación de la norma general aplicable al caso —identificación que implica indagar acerca de si ella es un componente válido del derecho positivo vigente—, así como la investigación respecto a los hechos que conforman el caso —a la lógica no le importa si la imputación se confirma o no.

Además, hay algo que me parece muy significativo para probar mi punto. La conclusión del silogismo práctico señala una acción que debe generar un hecho en el mundo: el encarcelamiento de Hugo Chávez (¡Dios lo tenga en su gloria!). Actuar según lo prescrito por la conclusión es lo único que diferencia a un silogismo funcional de una mera yuxtaposición de enunciados —o sea, simple letra muerta carente de atributos lógicos y prácticos—. Es evidente que un silogismo tiene consecuencias prácticas sólo cuando alguien se siente obligado a realizar lo indicado por la conclusión; sin embargo, un encadenamiento de enunciados no puede forzar a nadie a conducirse de una determinada manera. Y ocurre así porque no existe una conexión lógica entre la conclusión del silogismo práctico y la voluntad del juez. Un juez únicamente se somete a las leyes jurídicas y no le debe lealtad a las leyes lógicas ni a las reglas de inferencia, pues éstas, en principio, no tienen tras de sí un aparato coercitivo que garantice una sanción si se las infringe.

Aunque la conclusión de un silogismo posea el atributo de representar hechos, no tiene la capacidad de prescribir conductas o determinar comportamientos, ya que las leyes lógicas y las reglas de inferencia rigen sobre signos lingüísticos y no sobre voluntades (un ámbito en donde sí actúan las normas). Como de la conclusión desprendida de un silogismo no se deduce una norma jurídicamente válida —Hume dijo hace bastante tiempo que no puede derivarse lógicamente una prescripción de una proposición—, entonces dicha conclusión no tiene efectos legales y, por consiguiente, la lógica formal deviene en un razonamiento jurídicamente impotente.

Podría decirse que el silogismo práctico es una operación paradójica. De los párrafos precedentes se desprende que su validez depende de la corrección formal, de la verificación empírica de las premisas y de la realización por un órgano jurídico de la conducta prescrita por la conclusión. ¿Es razonable sostener en paralelo estas ideas? No, pues cada uno de estos requisitos se basa en enfoques incompatibles acerca de la naturaleza de la lógica. La exigencia de que las premisas sean veraces y de que la conclusión se lleve a la práctica se contrapone al carácter formal de una inferencia deductiva —ya que ésta, a fin de cuentas, solamente consiste en poner de manifiesto todas las consecuencias que trae consigo una afirmación—. Pese a ello, alguien podría argüir que así como es necesario verificar las proposiciones deducidas de las leyes físicas, de igual manera es necesario basar en la experiencia las premisas del silogismo práctico. Quien afirme eso ignora que la falsación de una proposición no invalida ni desnaturaliza la inferencia de la que forma parte —la falsación sólo hace patente que la proposición no se ajusta con un hecho del mundo—. En cambio, la exigencia de verificar las premisas del silogismo práctico cuestiona directamente el carácter puramente formal de la lógica, y hace de la comprobación empírica de las premisas el condicionante de la validez de la inferencia.

En fin, muchos también aseguran que el silogismo práctico es funcional en relación con los casos fáciles o rutinarios, en donde el órgano jurídico correspondiente —aplicando automáticamente una norma general válida— asigna una sanción por la comisión de un hecho ilícito. No obstante, esta supuesta virtud nada tiene que ver con la logicidad que se le atribuye. Por lo demás, en los casos fáciles la ayuda del silogismo práctico es discutible: en primer lugar porque es pretencioso apelar a la lógica formal cuando basta con el sentido común —es decir, cuando la decisión “puede tranquilamente ser confiada a la intuición de la persona competente” (Bobbio dixit)—. En segundo lugar porque, incluso si se trata de un caso fácil, la resolución del juez no tiene por qué coincidir con la conclusión. Es más, vemos todo el tiempo a jueces parcializados (sea por motivos políticos, crematísticos o afectivos) que emiten fallos que no se ajustan con lo que indica la conclusión del silogismo práctico —pues, como decía Kant, “nos las habemos con seres que actúan libremente. A los que se puede dictar de antemano lo que deben hacer, pero de los que no se puede predecir lo que harán”.

 

 

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El sinlogismo judicial http://localhost:8000/elbuho/2015/08/18/el-sinlogismo-judicial/ http://localhost:8000/elbuho/2015/08/18/el-sinlogismo-judicial/#respond Tue, 18 Aug 2015 00:00:00 +0000 Fiesta de la Significancia]]> http://localhost:8000/elbuho/?p=8929 Me sorprendió saber que la mayoría de especialistas asegura que el trastorno de personalidad múltiple es una falsa psicopatología, una invención de pacientes sugestionados por terapeutas adscritos al psicoanálisis (¡cuándo no!). Cosas parecidas ocurren en otros campos, y así como hay psicoanalistas que inducen a sus pacientes a recordar hechos que nunca sucedieron, de igual […]

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Miguel-Zavalaga-Columna

Me sorprendió saber que la mayoría de especialistas asegura que el trastorno de personalidad múltiple es una falsa psicopatología, una invención de pacientes sugestionados por terapeutas adscritos al psicoanálisis (¡cuándo no!). Cosas parecidas ocurren en otros campos, y así como hay psicoanalistas que inducen a sus pacientes a recordar hechos que nunca sucedieron, de igual manera muchos jueces y juristas aseguran que el razonamiento jurídico es una aplicación más o menos mecánica de la lógica formal. La hipótesis básica implícita en esta afirmación es que hay relaciones lógicas entre las normas y que, por ende, es posible deducir una norma de otra.

Esa idea me genera algunos reparos. En primer lugar, la lógica sólo se interesa en la corrección formal de los razonamientos, porque la validez lógica depende exclusivamente de la forma en que un enunciado se combina con otros enunciados. Para ilustrar lo dicho examinemos una típica inferencia silogística: “Todos los hombres son mortales; Hugo Chávez es hombre; entonces Hugo Chávez es mortal.” Este razonamiento es lógicamente válido por su forma, y no hace falta averiguar si los enunciados que lo conforman representan hechos que realmente se dan.

Ahora probemos con otra inferencia: “Todos los hombres son inmortales; Hugo Chávez es hombre; entonces Hugo Chávez es inmortal.” Tanto la premisa mayor (Todos los hombres son inmortales) como la conclusión (entonces Hugo Chávez es inmortal) son empíricamente falsas, pues no se producen en el mundo los hechos que ellas afirman. Pero a la lógica el contenido de los enunciados no le importa; a ella sólo le preocupa que se relacionen según reglas preestablecidas. Como la correspondencia entre un hecho y el enunciado que lo representa no influye en la validez de la inferencia, entonces de nada le sirve a la lógica conocer si las premisas y la conclusión son verdaderas o falsas. En virtud de esta indeterminación la inferencia deductiva es compatible con cualquier contenido empírico, y gracias a ello podemos representar un número infinito de hechos en pocas expresiones formuladas acorde a las reglas sintácticas de la lógica formal.

Dado que la inferencia deductiva es un fenómeno independiente de los hechos, resulta factible “aplicar” la lógica al mundo. Con todo, ello no significa que la lógica se extraiga del mundo, ni que la lógica le prescriba sus leyes al mundo. ¿Y por qué no es correcto decir que el mundo se somete a la lógica? Si fuera así —esto es, si hubiera relaciones lógicas entre los hechos— no habría necesidad de laboratorios y el trabajo de campo estaría de más, ya que todo científico podría desarrollar plenamente su actividad sentado en un sillón, valiéndose tan sólo de razonamientos que no requerirían ninguna verificación. No obstante, las hipótesis y las predicciones realizadas en el marco de una teoría científica pueden ser refutadas si no se adecúan a lo que acontece en el mundo.

Si bien la lógica no hace referencia a un contenido específico, de ahí no se sigue que cualquier enunciado sea susceptible de formar parte de una inferencia deductiva: interesa también que los enunciados que la integran tengan sentido —es decir, que exista la posibilidad de predicar o la verdad o la falsedad de tales enunciados—, pues habrá un razonamiento formalmente correcto sólo cuando al tipo de enunciados que lo conforman se les pueda atribuir el valor de verdad. “Hugo Chávez es mortal” y “Hugo Chávez es inmortal” son enunciados susceptibles de ser calificados o bien de verdaderos o bien de falsos —podemos visualizar la situación en la que esos enunciados podrían ser verificados—, y en esa aptitud radica el que ambos tengan sentido. A este tipo de enunciados se les llama proposiciones, y sólo a ellos se les puede aplicar las leyes lógicas y las reglas de inferencia. En cambio, una norma no es una representación que puede o no coincidir con un hecho —aun cuando toda prescripción presuponga una descripción, prescribir es más que describir—. El objetivo de la norma es influir en las personas para que modifiquen su comportamiento. Y si la nota distintiva de una norma es la prescripción de una conducta, entonces ella no puede ser o verdadera o falsa, únicamente se la podrá calificar de justa o de injusta, de válida o de inválida, de eficaz o de ineficaz.

Por ejemplo, ante la proposición “Hugo Chávez era un dictador” nos haremos la siguiente pregunta: “¿Será verdad el hecho que esa proposición describe?”, y obtendremos la respuesta investigando si durante su gobierno se respetó el principio de separación y autonomía de los poderes del Estado. Por el contrario, frente a la norma “Debe sancionarse con 20 años de prisión la malversación cometida por Hugo Chávez” la pregunta será: “¿Debo hacer lo que esa norma prescribe?”. Así pues, en tanto que la verdad de la proposición reside en la verificación del hecho que ella representa, la eficacia de una norma siempre dependerá de una conducta que la acate, porque la norma contiene la representación de un hecho que alguien efectivamente debe hacer coincidir con un hecho —en otras palabras, describe una situación futura que puede o no darse conforme al accionar de una persona—. Pero si entre el hecho que debería ser y el hecho realizado está de por medio alguien que al acatar la norma deberá realizar el hecho, ¿quién es ese “alguien”? Kelsen respondió a esta cuestión al sostener que toda norma se reduce a la estructura ideal “Si es A, debe ser B”. Según él la primera parte del enunciado (Si es A) describe un hecho hipotético A, mientras que la segunda (debe ser B) representa cómo un determinado órgano jurídico debe actuar si es que el hecho hipotético A se produce. Por lo tanto, dado que A es el condicionante de B, si algún sujeto comete el hecho hipotético A, un órgano jurídico deberá reaccionar produciendo el hecho hipotético B (o sea, la sanción).

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La opción de Von Wright http://localhost:8000/elbuho/2015/08/03/la-opcion-de-von-wright/ http://localhost:8000/elbuho/2015/08/03/la-opcion-de-von-wright/#respond Mon, 03 Aug 2015 00:00:00 +0000 Fiesta de la Significancia]]> http://localhost:8000/elbuho/?p=8780 ¿La lógica deóntica (o lógica de normas) es una legítima extensión de la lógica formal? Ella supone la admisión de dos tesis controvertidas: a) es posible derivar lógicamente una norma de otra norma; y b) como a las normas no se les puede atribuir el valor de verdad, es necesario reemplazar los valores lógicos verdadero […]

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Von Wright

¿La lógica deóntica (o lógica de normas) es una legítima extensión de la lógica formal? Ella supone la admisión de dos tesis controvertidas: a) es posible derivar lógicamente una norma de otra norma; y b) como a las normas no se les puede atribuir el valor de verdad, es necesario reemplazar los valores lógicos verdadero y falso por otros valores como obligatorio, permitido y prohibido.

Una cosa que salta a la vista es que la tesis b) —de la tesis a) me ocuparé detalladamente en otro artículo— constituye una violación flagrante de la ley del tercio excluido. El primero que transgredió esa ley fue al lógico polaco Jan Lukasiewicz. En 1920 él arguyó que había proposiciones no susceptibles de ser verificadas, como “Estaré en Varsovia a mediodía del 21 de diciembre del próximo año”, a las que se podía asignar un tercer valor lógico: posible. Pero Lukasiewicz no se percató de que ese enunciado es una pseudoproposición, ya que se trata de una prescripción formulada a modo de descripción, y su expresión correcta vendría a ser “Debo estar en Varsovia a mediodía del 21 de diciembre del próximo año”.

Ahora bien, si las reglas sintácticas lógicas sólo se aplican a enunciados que pueden ser o verdaderos o falsos, y si sólo las proposiciones tienen esa característica, entonces tales reglas sólo se aplican a proposiciones. Y si las normas carecen de valor de verdad, y si las leyes lógicas y las reglas de inferencia sólo se aplican a enunciados a los que se puede atribuir ese valor, entonces no se pueden aplicar legítimamente esas leyes y reglas a razonamientos donde intervienen normas. En sentido estricto la lógica deóntica no tiene relación con la lógica formal, y ello lo reconoce su fundador, el mismo Georg Henrik von Wright: “…se ha invertido mucho esfuerzo en discutir la cuestión de si la lógica deóntica es simplemente ‘posible’; por ejemplo, si relaciones tales como las de contradicción o consecuencia lógica pueden darse entre normas. Si uno piensa en las normas como prescripciones que no son ni verdaderas ni falsas, parece imposible una respuesta afirmativa a la cuestión”. Él agregó en otra ocasión que la lógica deóntica se torna problemática porque “conforme a un punto de vista corriente y pienso que bastante correcto, las normas carecen de valor de verdad, no son ni verdaderas ni falsas. Pero si esto es así, ¿de qué manera se puede hablar de una ‘lógica’ de normas, de relaciones tales como contradicción y consecuencia entre normas? ¿O tal vez la lógica deóntica no sea ‘realmente’ una lógica de normas, sino de algunas entidades relacionadas (proposiciones normativas) que son verdaderas o falsas?” Aquí él parece admitir que la lógica deóntica hace trampa, pues no emplea normas, sino proposiciones normativas —es decir, proposiciones que representan normas.

En todo caso, Von Wright era más realista que otros acerca de las posibilidades de aplicar las leyes de la lógica y las reglas de inferencia a normas. Su mérito fue poner en evidencia la dificultad de adaptar la lógica formal al ámbito normativo, y que si se quiere dotar a la argumentación jurídica de un rigor semejante al de la argumentación lógica, sería preferible crear una lógica ad hoc. Se puede decir que, enfrentado al dilema de Jörgensen —el cual puede resumirse de esta manera: si la lógica opera con enunciados que son o verdaderos o falsos, y si las normas no son ni verdaderas ni falsas, entonces: o no es posible una lógica de normas o, de serlo, es necesario reformular los fundamentos de la lógica—, Von Wright optó por reconstruir los cimientos de la lógica. Él creía “que era posible trascender la lógica y aplicar las nociones de consistencia y consecuencia lógica más allá de los límites de la verdad y de la falsedad”.

Hace bastante tiempo que se viene hablando de superar la lógica. Sobre esto Tarski declaraba que “No merece la pena hacer hincapié en las consecuencias que tendría el tener que cambiar la lógica (suponiendo que esto fuera posible), incluso en las partes más elementales y fundamentales.” Pensar que existen otros valores lógicos aparte de la verdad y de la falsedad, o que las relaciones lógicas se dan también entre normas, implicaría una revolución, y lo cierto es que entre los lógicos no hay acuerdo respecto a si se ha consumado esa revolución que (en el sentido que le da Kuhn) consistiría en un cambio del “paradigma universalmente aceptado” de la lógica formal. Para que los profanos podamos afirmar que la lógica deóntica constituye la superación de la lógica formal, haría falta la aprobación de la comunidad de lógicos, porque ellos son los más indicados para señalar “la frontera más sensatamente trazable entre lo que con mayor adecuación se puede llamar la lógica y lo que más vale llamar de otro modo” (Quine dixit). A menos, claro está, que los aficionados nos creamos más competentes en lógica que los propios lógicos profesionales…

Además, la lógica formal no es una ciencia cualquiera. Ella está en el fundamento de todas las ciencias, tal como decía Wittgenstein. Y no olvidemos que solamente se cambia el paradigma de una ciencia cuando éste ya no permite resolver los problemas que se presentan en su ámbito de estudio y de aplicación —precisamente el paradigma de la lógica aristotélica fue abandonado en el siglo XX por carecer de valor instrumental, pues los matemáticos y los científicos no se servían de él—. Pero, ¿por qué el conjunto de reglas sintácticas que llamamos lógica formal tiene tanta importancia para nosotros? —después de todo, la lógica formal es sólo un modo entre muchos de ordenar las proposiciones que expresan lo que pensamos—. Porque cuando los signos se combinan de acuerdo a esas reglas coinciden con los hechos. Esta coincidencia —cuyo motivo (¿Dios?, ¿el azar?) ignoramos— hace viables las reconstrucciones formales del mundo que llamamos ciencias empíricas, y es gracias a ellas que podemos dominar la naturaleza. Russell se refería a esto cuando dijo que lo importante no es que pensemos conforme a esas reglas, sino que los hechos ocurran conforme a ellas.

 

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 El legado de Chávez http://localhost:8000/elbuho/2015/07/22/el-legado-de-chavez/ http://localhost:8000/elbuho/2015/07/22/el-legado-de-chavez/#respond Wed, 22 Jul 2015 00:00:00 +0000 Fiesta de la Significancia]]> http://localhost:8000/elbuho/?p=8693 Provocan estupor los reportajes que denuncian la apropiación ilícita del espacio público: gente que convierte las aceras en su estacionamiento, que construye una escalera en medio de ellas, o que simplemente las enreja. No obstante, eso es poco comparado con la venerable costumbre de bloquear carreteras por cualquier motivo. Y es que en este país […]

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Columna-Miguel-Zavalaga

Provocan estupor los reportajes que denuncian la apropiación ilícita del espacio público: gente que convierte las aceras en su estacionamiento, que construye una escalera en medio de ellas, o que simplemente las enreja. No obstante, eso es poco comparado con la venerable costumbre de bloquear carreteras por cualquier motivo. Y es que en este país sin Dios ni ley todo el mundo hace lo que quiere… empezando por el presidente, quien no tuvo ningún reparo en delegarle informalmente sus funciones a Nadine. Ya sé que para muchas personas éste es un tema menor, pero insisto: Humala debería ser el gran defensor de la Constitución y el principal garante de la institucionalidad, y si él es el primero en vulnerar la legalidad vigente, ¿con qué autoridad los funcionarios podrán exigir a los ciudadanos que la cumplan?

Para colmo, hace algunos días declaró que le enorgullece haber sido amigo de Hugo Chávez… Bueno, esto es como si alguien se felicitara por haber intimado con Hitler, Stalin o Abimael Guzmán. ¿Exagero? ¡Qué va! Si bien no llegó a ser genocida, Chávez fue el político más nefasto de la historia latinoamericana, no sólo por arruinar económicamente y polarizar ideológicamente a su país, sino por exportar su “socialismo del siglo XXI” al vecindario. Ese cóctel fatal, mezcla de mesianismo, demagogia, comunismo, patanería, populismo y petrodólares embriagó a muchos políticos e intelectuales de “la patria grande”. Con el pretexto de realizar la justicia social, lo que Chávez hizo fue crear un sistema clientelar de dimensiones nunca vistas por estos lares —aproximadamente un 60% de la población venezolana vive de la subvención estatal—. En otras palabras, compró el apoyo incondicional de los ciudadanos, y capitalizó su voto mediante un uso pervertido de las instituciones de la democracia directa.

Aunque quiera negarlo, el chavismo ha montado una dictadura, pues controla los tres poderes del Estado en complicidad con el Ejército —al que corrompió permitiendo millonarias y sobrevaluadas adquisiciones de material militar—. Con todo, eso no es lo más grave. Chávez destaca particularmente por su irresponsable manejo de la política económica: espantó la inversión privada a golpe de estatizaciones, engrosó la administración pública a un nivel demencial, politizó el reparto de las rentas petroleras subsidiando masiva e injustificadamente a sus compatriotas y a sus agentes en el extranjero, destruyó el aparato productivo con el control de precios, etc. Tanta ineptitud se traduce en corrupción, inseguridad, escases de productos de primera necesidad, interminables colas y una inflación que según el FMI alcanzará el 100% este año.

Si esto se ve mal, lo peor aún está por venir, porque desmantelar el Estado clientelar que Chávez creó para perpetuarse en el poder será una tarea titánica. A ese respecto, todavía resuenan en mis oídos las indignadas palabras de una mujer venezolana: “Yo me levanto todos los días a las 5 de la mañana para ir a trabajar, mientras que ellas por estar echadas en la cama mirando televisión ganan lo mismo que yo… Es injusto”. Su queja iba contra el “sueldo” que las amas de casa cobran por el sólo hecho de ser amas de casa. ¿Tiene algo de raro que estas personas respalden encarnizadamente a Maduro y que vean con pavor la posibilidad de un cambio de gobierno? Sin los subsidios, sin la red clientelar regresarían ipso facto a la pobreza y (¡qué horror!) se verían en la necesidad de volver a trabajar. Este es el verdadero legado de Chávez: millones de venezolanos acostumbrados a vivir a costa del Estado. Compadezco al gobierno que tenga la desagradable responsabilidad de explicarle a esa gente que las políticas asistencialistas son inviables, ya que dependen exclusivamente de los vaivenes del precio del petróleo —gracias al acuerdo nuclear con el Consejo de Seguridad de la ONU, Irán pronto inundará el mercado con 1 millón de barriles diarios, lo cual hará bajar más el precio.

Es pecar de optimismo suponer que Maduro esté a punto de caer. El indiscriminado reparto de petrodólares —ingreso cada vez más exiguo, pero siempre significativo— y el eficaz mecanismo de control social implementado por los asesores cubanos podrían prolongar durante muchos años la dictadura. De este lamentable presente (y del sombrío futuro) podemos sacar una lección: sólo los países del primer mundo pueden permitirse un Estado de bienestar viable. Sostener servicios públicos gratuitos o pensiones universales requiere de mucho dinero, y éste solamente se obtiene de los elevados impuestos que pagan la clase media y los ricos de los países desarrollados. No está de más recordar el objetivo del Estado de bienestar: ayudar a los pobres —o sea, a quienes no pueden trabajar, o que pese a trabajar no reciben un salario suficiente para vivir— con los aportes de una mayoría de ciudadanos prósperos. Otra es la meta del Estado clientelar: comprar voluntades con dinero público para conseguir su apoyo electoral.

Obviamente nadie quisiera trabajar ni pagar impuestos. Es lo normal. Sacando provecho de esta inclinación congénita, Marx nos prometió un paraíso en el que los hombres serían desocupados dedicados al ocio creativo. Desafortunadamente lo que vemos es lo que hay: cada intento de cambiar la realidad siguiendo las recetas de El Capital ha empeorado las cosas. Por supuesto que el Estado, en proporción a sus recursos —inevitablemente supeditados al monto de los impuestos recaudados—, tiene la obligación de ayudar a los ciudadanos pobres. De ahí que los beneficiarios de los programas sociales crean que tienen derecho a recibir pensiones, bienes o servicios por parte del Estado. Sin embargo, ellos olvidan que nada de eso es gratuito, que el financiamiento de las ayudas públicas no cae del cielo, sino que sale del bolsillo de sufridos contribuyentes. ¡Cuán deseable sería un Estado que provea a sus integrantes de alimentación, salud y educación!; es decir, de lo necesario para llevar una vida digna. Pero no todos tienen la suerte de pertenecer a un diminuto y poco poblado emirato petrolero, o a una disciplinada y productiva sociedad escandinava.

 

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El jurista del diablo http://localhost:8000/elbuho/2015/07/08/el-jurista-del-diablo/ http://localhost:8000/elbuho/2015/07/08/el-jurista-del-diablo/#respond Wed, 08 Jul 2015 00:00:00 +0000 Fiesta de la Significancia]]> http://localhost:8000/elbuho/?p=8556   Desconocer que Kolakowski creía en Dios o que Foucault era gay y aficionado al sadomasoquismo, ¿nos brinda la oportunidad de realizar una lectura desprejuiciada de sus libros, o más bien nos priva de una perspectiva más profunda? Aunque lo correcto sería que el talento y la inclinación política se juzgaran por separado, saber que […]

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Desconocer que Kolakowski creía en Dios o que Foucault era gay y aficionado al sadomasoquismo, ¿nos brinda la oportunidad de realizar una lectura desprejuiciada de sus libros, o más bien nos priva de una perspectiva más profunda? Aunque lo correcto sería que el talento y la inclinación política se juzgaran por separado, saber que en la práctica Sartre fue estalinista y Heidegger nazi puede tornar explícitos significados que hubieran permanecido imperceptibles en sus obras más especulativas. Ambos fueron escuderos y proselitistas de regímenes genocidas: ¿podemos hacer abstracción de eso al momento de leerlos? En este sentido, el caso de Carl Schmitt (1888-1985) es paradigmático. Su obra —que ejerce influencia más allá del ámbito del derecho— es apreciada por personas de tendencias políticas diametralmente opuestas, y muchos la consideran la mejor respuesta al positivismo jurídico. Lo curioso es que toda esta fama armonice con su afiliación al partido nazi el 1 mayo de 1933. Y es que Schmitt no sólo laboró para el Tercer Reich como Consejero del Estado Mayor de Prusia, sino que en su cátedra en la Universidad Friedrich-Wilhelms de Berlín no disimulaba su antisemitismo, llegando incluso a ordenar —según lo refiere Ulrich Klug, su alumno en ese entonces— que en la biblioteca de la Universidad los libros de autores judíos llevaran en la tapa un círculo amarillo. Según parece, la etiqueta de nazi le es aplicada con justicia.

A Schmitt se le critica especialmente por haber publicado en agosto de 1934 un artículo donde justificaba la noche de los cuchillos largos. Como ustedes recordarán, en aquella ocasión se produjo una purga en la sección paramilitar del partido nazi. El asesinato de Ernst Röhm y de otros 4 mil mandos de las SA provocó inquietud en Alemania, dado que Hitler llevaba sólo un año en el poder y su control sobre las instituciones y la sociedad aún era precario. En ese contexto, ¿qué se proponía Schmitt cuando escribió Der Führer schützdas Recht (El Führer defiende el Derecho)? Porque, ¿puede respetarse el derecho realizando ejecuciones que vulneran las reglas del debido proceso? Precisamente la finalidad del Derecho Procesal es que el juez emita una sentencia justa, fundamentada en hechos fehacientemente comprobados y no sólo en indicios. Salvando las diferencias, el Código Procesal Penal es un pariente del método hipotético-deductivo, pues son sistemas de reglas racionales que sirven para llegar a un objetivo o acercarse lo más posible a él —en relación al derecho es la justicia, con respecto a la ciencia es la verdad—. Lo cierto es que no se respetó la presunción de inocencia, ni el principio de legalidad o el derecho a la defensa de Röhm, y que la norma retroactiva con la que Hitler “legalizó” los asesinatos ha pasado a la historia como un modelo de aberración jurídica.

Es un hecho que Schmitt aprobaba el accionar de Hitler; lo que está en debate es el porqué de tal aprobación. Nuestra mentalidad —hondamente influida por el formalismo y legalismo kelseniano— sólo nos permite imaginar dos posibilidades: o Schmitt compartía la ideología nazi, o simplemente era un servil oportunista. No obstante, se ha barajado una tercera posibilidad. Según ella, ante los hechos consumados —esto es, ante el nombramiento de Hitler como canciller el 30 de enero de 1933, y la promulgación ese mismo año de una ley que le otorgaba plenos poderes— Schmitt se “infiltró” en el nuevo gobierno con la intención de evitar que el partido nazi absorbiera al Estado alemán. Puesto que un sector del Partido se inclinaba por tomar inmediatamente el control total del Estado, y que Röhm era un entusiasta promotor de suprimir la Werhrmacht y reemplazarla con las SA, Schmitt interpretó que las ejecuciones ordenadas por Hitler —pese a que transgredían groseramente el debido proceso— en el fondo eran convenientes para el sistema. La muerte de Röhm más que violar las formalidades, las trascendía, pues ayudaba a garantizar la separación entre el Estado y el Partido. Luego comprendió que era inútil tratar de direccionar las decisiones del gobierno y que en una dictadura de partido único las estructuras estatales gradual e irremediablemente se nazifican. Para 1936 Schmitt estaba apartado de la vida política; sin embargo, ya nunca podría desligar su nombre del régimen al que, por el motivo que fuera, sirvió.

De acuerdo a esta tesis Schmitt era un defensor de la independencia del Estado alemán; pero esta defensa no la hacía en nombre del Estado de derecho —entendido como un organismo en donde debe primar un respeto absoluto por la ley—. Aquí entra a tallar su rivalidad intelectual con otro gran jurista del siglo XX. Hans Kelsen aseveraba que como “el fundamento de validez de una norma sólo puede encontrarse en la validez de otra norma”, entonces la validez de todo orden normativo, en última instancia, se funda en una norma presupuesta —“presupuesta” porque no podría haber sido impuesta por una autoridad (la cual requeriría de otra norma que le autorice a dictar normas)—. Schmitt, por el contrario, decía que “todo orden descansa sobre una decisión” y que “También el orden jurídico, como todo orden, descansa en una decisión, no en una norma.” Además, se oponía al reduccionismo que concibe al derecho como un mero conjunto de normas. Según él el derecho positivo es la expresión de un orden concreto que le precede, y el carácter jurídico (la validez) de un sistema normativo no se deriva de la forma en que ha sido creado, procede más bien de que se desarrolle en paz y armonía con su medio social. Por ende, la ley sólo formaliza las costumbres y principios que informalmente ya rigen las conductas en un espacio y tiempo determinado —es decir, se limita a explicitar lo que se hallaba implícito—, y no puede estar al margen de la situación real que pretende regular, sino que debe cambiar y evolucionar con ella. De ahí que nociones como Derecho Natural, justicia o moral —arrinconadas por Kelsen en el desván de lo metajurídico— sean para Schmitt inseparables del derecho.

 

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Poses literarias http://localhost:8000/elbuho/2015/06/25/poses-literarias/ http://localhost:8000/elbuho/2015/06/25/poses-literarias/#respond Thu, 25 Jun 2015 00:00:00 +0000 Fiesta de la Significancia]]> http://localhost:8000/elbuho/?p=8432 “No hago declaraciones sobre mi vida privada” es la respuesta estándar de Mario Vargas Llosa a las preguntas, y lleno de irritación se queja del acoso periodístico. Sin embargo, ¿puede extrañarle que su romance con la ex de Julio Iglesias haga las delicias del amarillismo internacional? Lo quiera o no, él ha dado el nada […]

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“No hago declaraciones sobre mi vida privada” es la respuesta estándar de Mario Vargas Llosa a las preguntas, y lleno de irritación se queja del acoso periodístico. Sin embargo, ¿puede extrañarle que su romance con la ex de Julio Iglesias haga las delicias del amarillismo internacional? Lo quiera o no, él ha dado el nada glorioso salto de la literatura a la farándula. Aunque eso es lo de menos, pues todo indica que Patricia —con quien ahorita nomás (el 29 de mayo) él celebró 50 años de matrimonio— se enteró por la prensa de que Mario le ponía los cuernos desde febrero… No sé ustedes, pero este asunto me trae a la mente una lapidaria frase de George Orwell a propósito de Salvador Dalí: “Fuera de ser un artista maravilloso, es una persona repugnante”.

En efecto, más que una persona, Dalí era un personaje. Y no porque fingiera para la platea ser algo que en realidad no era, sino porque decidió convertirse en una insufrible caricatura: Dalí, el pintor excéntrico. No se trataba de un papel que representaba ante extraños; era su forma de ser en cualquier circunstancia (tanto pública como privada). Esa conducta le generó dinero y reconocimiento al por mayor. No obstante, hay otros que en esa línea terminaron de manera trágica. Hunter S. Thompson, por ejemplo. Conocido por sus excesos, este escritor norteamericano se suicidó al percibir que ya no podía interpretar el rol de “maldito” ante sus admiradores. El orgullo le impedía aceptar que cada año la distancia entre el Thompson ideal y el Thompson real se hacía más grande y que, en consecuencia, su cuerpo no estaba a la altura del mítico personaje desenfrenado. Imaginemos lo que pasaba por su cabeza el día en que cogió un arma y se disparó. Ahí está él, en su dormitorio, sentado al borde de la cama. Si nos acercamos le escucharemos murmurar: “No hace mucho eras un divertido transgresor… ¡todo un juerguero! Ahora, triste viejito, eres incapaz de soportar una noche de parranda… Así no vale la pena continuar”. Poco después resonará un liberador ¡bang!

Samuel Beckett condujo su malditismo con más habilidad. El crítico literario Martin Esslin señalaba que es “curioso que Beckett, cuyas obras revelan a uno de los seres humanos más sensibles y atormentados, no sólo resultó un alumno popular y brillante, sino que además se distinguió en los deportes”. Entiendo su perplejidad, porque este dato biográfico no cuadra bien con el torturado individuo que debió escribir Molloy. Encontré una explicación plausible en el último diario de Ionesco: “Beckett es demasiado lúcido, demasiado frio, demasiado premeditado (…). Él hace ‘estilo’ con la miseria del mundo (…). Se abandona a las ideas negras con claridad, con demasiada claridad. Es por eso que gusta. Ni un error, ni un descuido, nada al azar en su obra.” Podría esgrimirse que Ionesco hizo esta acusación por envidia. Como agravante, Ionesco también desliza la posibilidad de que el suicidio de Arthur Adamov —el tercer gran representante del Teatro del absurdo— se debiera al dolor que le causaba ver el fracaso de la puesta en escena de sus obras, mientras contemplaba el éxito que Beckett cosechaba como autor teatral y novelista.

César Aira ostenta una opinión similar sobre Ernesto Sábato, a quien define como “un señor que tiene aristas muy risibles: esa vanidad, el malditismo… Malditismo que no condice con su personalidad. Es un señor perfectamente racional que juega al maldito”. Ufff… es un juicio cruel y certero. Además de ser un gran escritor, Aira es un gran maleteador —su célebre frase “El mejor Cortázar es un mal Borges” aún saca roncha entre los fans del cronopio.

Otro maldito —menos conocido y, a mi modesto parecer, más talentoso que los anteriores— fue el escritor francés León Bloy (1846-1917). Si no tienen idea de quién es, podría deberse a la “conspiración de silencio” que, según él, hubo en su contra. Este argumento sale a relucir a veces, cuando la gente escribe libros que nadie se digna en leer. Pero Bloy no mintió al decir “Escribo libros que vivirán y que no me hacen vivir”. Es que él era una persona complicada. Nunca disimuló sus antipatías y (para desgracia de sus víctimas) hizo del insulto un verdadero arte. Aborrecía a los burgueses y los valores que ellos representaban, en particular el ateísmo positivista (la religión de los nietos de la Ilustración). Esta intolerancia explica que Bloy no alcanzara la popularidad en la aburguesada Francia de fines del siglo XIX, a pesar de la originalidad de sus ideas y la calidad de su prosa. Con su potente estilo panfletario se ganó el odio y el rencor de gran parte de los escritores de su época —lo cual no implica que fuera injusto al desvalorarlos, ya que la mayoría de estos escritores ha caído en el olvido—. Por otra parte, este católico recalcitrante distinguía el genio, y no tuvo ningún reparo en ponderarlo, incluso cuando sus poseedores eran empedernidos inmorales o rabiosos blasfemos —defendió de las críticas a Baudelaire y a Verlaine, y se dio el lujo de ser el descubridor y divulgador del abominable Conde de Lautréamont.

Bloy fue uno de los escritores preferidos de Borges, tanto así que tomó de él la interesante idea de los precursores. Esta tesis, en su planteamiento original, sostenía que la existencia de Napoleón Bonaparte debía “ser interpretada divinamente, en el sentido de una prefiguración del Reinado de Dios sobre la tierra” —es decir, la vida de Napoleón era un anticipo de la segunda venida de Cristo—. Borges le dio un giro literario a esta hipótesis religiosa: a través del tiempo una larga serie de escritores ha preparado el camino para la llegada de uno más importante. Él ilustraba la idea afirmando que puede reconocerse un aire de familia kafkiano en Zenón, en Kierkegaard, en Gógol, en Dickens y en Bloy, pero que la afinidad que subyace entre todos ellos sólo se hace visible cuando la obra de Kafka aparece —siguiendo este razonamiento el propio Kafka vendría a ser (¿por qué no?) un precursor de Borges—. Esta idea nos sugiere que la literatura universal está provista de un sentido intrínseco, y que no es una simple yuxtaposición de autores o libros a los que el historiador asigna un significado.

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El salto al vacío http://localhost:8000/elbuho/2015/06/11/el-salto-al-vacio/ http://localhost:8000/elbuho/2015/06/11/el-salto-al-vacio/#respond Thu, 11 Jun 2015 00:00:00 +0000 Fiesta de la Significancia]]> http://localhost:8000/elbuho/?p=8364 En España se habla de la “latinoamericanización” de las campañas electorales, porque se está apelando más a las emociones del votante que a su razón. No es que los partidos subestimen la inteligencia del electorado —tal como acostumbran hacer aquí nuestros políticos—, sino que perciben la exasperación de la gente por los nocivos efectos de […]

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En España se habla de la “latinoamericanización” de las campañas electorales, porque se está apelando más a las emociones del votante que a su razón. No es que los partidos subestimen la inteligencia del electorado —tal como acostumbran hacer aquí nuestros políticos—, sino que perciben la exasperación de la gente por los nocivos efectos de la crisis económica. En esta circunstancia es natural que en lugar de predicar las bondades de su programa electoral, los políticos españoles prefieran recurrir a la retórica populista (promesas inviables, insultos y calumnias) para llamar la atención del votante.

El asunto es que tras décadas de predecibilidad postelectoral, hoy España se encuentra ante una situación inédita: la fragmentación del voto en las recientes elecciones regionales y municipales. Los dos grandes partidos —el Partido Popular (PP) de centro derecha, y el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) de centro izquierda— que acaparaban la mayor parte de los votos, perdieron el 24 de mayo buena parte de su electorado en favor de dos partidos emergentes: el ultraizquierdista Podemos —la encarnación política de los famosos “indignados” del 15-M— y Ciudadanos —formación derechista catalana adversaria de los independentistas—. Aunque el PP fue el partido más votado, no logró las mayorías absolutas del 2011; por lo tanto se verá en la necesidad de pactar con otros partidos si quiere retener el poder en los gobiernos regionales y los municipios que controla. Aprovechando esta situación, el PSOE optó por apoyar a Podemos entregándole las alcaldías de Madrid y Barcelona. Derrochando optimismo, muchos creen que esto jugará en favor del PP de cara a las próximas elecciones generales de diciembre. Presagian que la gestión municipal de Podemos será un fiasco, y que así se hará evidente la improvisación e incapacidad de este partido. Sin embargo, los comicios ya están a la vuelta de la esquina, lo cual no le dará tiempo a Podemos de meter la pata; todo lo contrario: en este pequeño lapso podrá gastar a mansalva los fondos públicos con fines propagandistas.

A los marxistas hay que reconocerles una virtud: son estupendos para la crítica destructiva, incluso cuando las cosas marchan bien —sería tonto reprocharles ese proceder; después de todo, su misión en la vida es socavar la confianza en el sistema democrático—. Pero si algo ha quedado demostrado a lo largo de la historia, es que no sirven para gobernar. Pese a ello, a fines de este año Pablo Iglesias, líder de Podemos, podría convertirse en presidente del gobierno. Es fácil imaginar qué haría si alcanza el cargo —“El cielo no se toma por consenso, sino por asalto” y “El populismo de izquierdas es clave para el cambio” son frases célebres de este chavista ilustrado—. El sólo hecho de que Pedro Sánchez (el secretario general del PSOE) estudie la posibilidad de una alianza formal con ese demagogo, llama a la reflexión. Hasta hace unos días ambos competían por el mismo espacio electoral, y aparte de lanzarse pullas, juraban que nunca pactarían. Pero su ambición por el poder es más fuerte que sus discrepancias, y los empuja a compatibilizar sus programas electorales. Algunos analistas sostienen, con animus jocandi, que se está formando una suerte de Frente Popular. No obstante, altos cargos del PSOE se resisten a este pacto en ciernes. Ellos no conciben que su partido —hasta ahora el principal garante de la estabilidad del sistema— haga el papel de tonto útil de la izquierda radical, y creen que de seguir por esa ruta el PSOE terminará adsorbido por Podemos. Ante la irresponsabilidad de los actuales dirigentes, el ex secretario general del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba, advierte el peligro de que su partido sirva de puente para la aplicación de las políticas populistas de Podemos, y declaró que “Si el PSOE pacta con el PP, se hunde el PSOE. Si el PSOE pacta con Podemos, se hunde España”.

Muchas personas ven con agrado que el PSOE vuelva a sus raíces obreras y revolucionarias, luego de estar 40 años “secuestrado” por la burguesía. Recordemos que la peor consecuencia del crack de 1929 fue la radicalización de la izquierda. En conformidad con el dogma marxista, las contradicciones internas del capitalismo habían alcanzado su plenitud; por ende, la crisis económica anunciaba la era del predominio proletario y la desaparición inevitable de los burgueses —que reaccionarían desesperadamente para mantener el statu quo—. Marx no sólo había predicho “científicamente” que esto ocurriría, sino que había señalado la conducta a seguir: los materialistas históricos tenían la responsabilidad de hacer lo necesario para acelerar el declive de la burguesía. Sin importar que las “leyes de la historia” ya le hubieran bajado el pulgar a esta clase social, aún se requería un empujoncito para doblegarla.

Al inocular este agente patógeno en la mente de las personas, Marx se transformó en el “autor mediato” del malvivir y de la muerte de millones de inocentes. Y España es un buen ejemplo de esto. En 1936 la polarización política llegaba a su punto máximo. El gobierno del Frente Popular (constituido por el PSOE, el Partido Comunista y otras formaciones de izquierda) se sentía confiado. Parecía que la derecha —que de todos modos estaba condenada a desaparecer, según la bola de cristal de Marx— por fin tiraba la toalla y aceptaba que la República era patrimonio exclusivo de la izquierda. Los motines quedaban atrás, y el gobierno ya podía dar curso a las medidas que rápidamente transformarían el Estado republicano en una dictadura del proletariado —lo mismo que pretendió hacer en Chile la Unidad Popular de Salvador Allende—. La sublevación del 18 de julio, por su magnitud, tomó al gobierno por sorpresa. En pocos días los rebeldes llegaron hasta las puertas de Madrid, pero la capital resistió. El golpe de Estado de Franco (a diferencia del de Pinochet) había fracasado, y se transformó en una guerra civil que ensangrentó a España por 3 años.

 

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