Crónica Archives - El Buho http://localhost:8000/elbuho/seccion/cronica/ Mon, 14 Mar 2011 00:00:00 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=6.0.2 http://localhost:8000/elbuho/wp-content/uploads/2022/10/favicon.png Crónica Archives - El Buho http://localhost:8000/elbuho/seccion/cronica/ 32 32 De cómo hacer inútil la literatura http://localhost:8000/elbuho/2011/03/14/de-como-hacer-inutil-la-literatura/ http://localhost:8000/elbuho/2011/03/14/de-como-hacer-inutil-la-literatura/#respond Mon, 14 Mar 2011 00:00:00 +0000 http://localhost:8000/elbuho/?p=187 Un día, cuando estaba en segundo de primaria, nuestra profesora, una señorita muy amable que vestía de negro y que pesaba seguramente más de cien kilos, nos entregó a cada alumno el primer libro de literatura que recuerdo: El principito. La lectura en aquel entonces, recuerdo, fue un acto divertido; quizá por las ilustraciones de […]

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Escolares. Currícula escolar ha soslayado la literatura y acartonado su enseñanza.

Un día, cuando estaba en segundo de primaria, nuestra profesora, una señorita muy amable que vestía de negro y que pesaba seguramente más de cien kilos, nos entregó a cada alumno el primer libro de literatura que recuerdo: El principito. La lectura en aquel entonces, recuerdo, fue un acto divertido; quizá por las ilustraciones de Antoine de Saint-Exupery, o quizá simplemente —y creo que esto es lo verdadero— porque no tuvimos la conciencia de que se trataba de una obligación, sino más bien de algo netamente entretenido y placentero, una suerte de adelanto del recreo.

Mucho tiempo después, cuando cursaba sexto de primaria, apareció un loco enjuto que arrastraba algunos tics y que me hizo vivir con pasión un fragmento de El Quijote. Solo fue un capítulo, pero fue suficiente para regresar a casa y buscar más.
Ahora puedo decir que esos fueron los únicos esfuerzos que tuvieron mis profesores de colegio para hacerme amar la literatura. Lo anterior y lo siguiente fue una larga cadena de desencantos, un sendero hecho exclusivamente para aplacar cualquier intento por zafarse de ese yugo imposible que es la actividad del pedagogo.

Obviamente no me percaté de ello hasta mucho tiempo después de egresar del colegio parroquial en el cual mis padres habían decidido educarme. Lo supe cada vez que alguien me decía que la literatura le aburría; incluso hubo quien se atrevió a decirme que leer era más pesado que un problema de física o matemática. No tengo nada contra la física y la matemática, pero esas sí son labores duras, disciplinas tan acartonadas y exactas como los profesores que las inculcan.
La lectura, en cambio, es un acto libre que recrea, que abre las puertas de otros mundos y que nos invita a conocer, explorar e imaginar otras maneras de vivir e interactuar con los otros. Es un acto que además de divertir, humaniza, porque plantea un infinito de posibilidades en los cuales podemos reconocernos y a partir de ello aprender a coexistir con mayor facilidad. Pequeña cosa que al parecer la currícula colegial y sus maestros no entienden.

Recordemos. En nuestros libros de texto de literatura, luego de, por ejemplo, la lectura de un cuento de Alan Poe o un poema de Abraham Valdelomar, venía la aburrida tarea de resumir, analizar, criticar, valorizar, reconocer, hacer mapas de ideas, conceptualizar, realizar un trabajo grupal y mil barbaridades más. Cosas que no hacían —y hacen— sino aburrirnos, ponernos tensos ante un texto, no dejarnos ser libres en nuestra lectura, que a esa edad y a ese nivel, es puramente recreativa. Así se llega a odiar la literatura como Ozzy Osbourne odia la navidad.

Ya lo dijo Hugo Neyra, ex director de la Biblioteca Nacional y catedrático en Francia, la lectura no tiene por qué ser una obligación. Entonces el único verbo infinitivo que se debería utilizar es DISFRUTAR. Esa idea la comparte también Javier Arévalo, escritor y promotor del plan lector. Para él la escuela debe ser “un lugar donde los chicos vayan a jugar a descubrir el mundo, a cantar, a actuar, a experimentar, a debatir, a matarse de risa…”

Pero claro, la culpa no es exclusiva de los profesores, una gran tajada se la lleva la enseñanza en la misma universidad. Ya dije que es inútil intentar hacer que los estudiantes de primaria o secundaria hagan las actividades que luego de una lectura se plantean. Ese es un ejercicio que implica conocimientos de teorías literarias como semiótica, pragmática y hasta narratología, herramientas que sirven para analizar un texto literario, no para promover su lectura. No digo que no se pueda ni se deba, lo que digo es que el punto central es otro. Todo eso de teorías está bien para especialistas, para críticos, incluso para profesores, pero, en la medida que apunta Tzvetan Todorov, que en ningún caso el estudio de esos medios de acceso sustituya al sentido, que es el fin.

Volviendo a la universidad, una vez ingresado reafirmé que mi pasión era la literatura en cualquiera de sus formas, pero reafirmé también que no siempre hay apasionados como uno, que algunos cursos y catedráticos son la madre del cordero de la deserción del libro, la lectura y la creación. Hasta hace poco me vi obligado a realizar las tareas más inverosímiles para una carrera profesional de literatura. Todo el bagaje teórico acumulado tras sendos años de lecturas de especialidad ridiculizados en absurdos cursos de fin de carrera.

Allí reafirme una cosa más, que para amar la literatura, es decir, leer un poema de Eielson, Hughes o Pavesse o internarme en las novelas de Edmundo de los Ríos, Vila-Matas o Ian McEwan y sentir verdadera pasión, no es necesario nada, salvo la propia lectura y la entrega total. En fin, comprendí que tanto nuestras escuelas primarias secundarias e incluso la misma universidad hacen de la literatura un acto verdaderamente inútil y que no hay nada mejor como desertar (Arthur Zeballos).

Ya lo dijo Hugo Neyra, ex director de la Biblioteca Nacional y catedrático en Francia, la lectura no tiene porqué ser una obligación. El único verbo infinitivo que se debería utilizar es disfrutar”.

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Viejos carnavales para nuevas pandillas http://localhost:8000/elbuho/2011/03/06/viejos-carnavales-para-nuevas-pandillas/ http://localhost:8000/elbuho/2011/03/06/viejos-carnavales-para-nuevas-pandillas/#respond Sun, 06 Mar 2011 00:00:00 +0000 http://localhost:8000/elbuho/?p=103 Estos últimos años ha faltado al frente de la pandilla la voz vieja y delgada de La viuda. En cambio, nietos y bisnietos visten trajes de colores, se colocan máscaras y alborotados bailan alrededor de la comparsa. Es domingo de carnavales, el cielo de Arequipa está encapotado y la tradicional pandilla de La Tomilla recorre […]

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Estos últimos años ha faltado al frente de la pandilla la voz vieja y delgada de La viuda. En cambio, nietos y bisnietos visten trajes de colores, se colocan máscaras y alborotados bailan alrededor de la comparsa. Es domingo de carnavales, el cielo de Arequipa está encapotado y la tradicional pandilla de La Tomilla recorre sus calles regando coplas, polvos, mixtura y serpentinas.

Durante la mañana todos estos chiquillos han estado de pantalones cortos y buscando a quién hacer víctima del agua. En el centro de la plaza una fuente de agua limpia los abastece y en el momento en que las chicas se ven frente al grupo de muchachos, éstas tienen una razón menos para quejarse. Ciertas mujeres —las más adultas y melindrosas— prefieren llenar las bateas y dejarlas al sol para que se entibie el agua y luego jugar con su familia dentro o apenas a las afueras de la casa. Pero algunas familias, las más alegres, quizá las más antiguas, optan por la plaza y la calle, prefieren perseguir y ser perseguidos para mojarse. Hasta hace no mucho, no había las licencias de agua limpia y tibia con que mojar a las damas especiales; era precisamente a ellas a las que se arrastraba hasta la acequia más cercana y allí se las bañaba. Yo recuerdo de niño haber ayudado en esas tareas de llevar una tras otra a las chicas al agua turbia y fría destinada para las chacras. Pero en épocas aún más antiguas, la de nuestros padres y seguramente la de La viuda, el juego de los carnavales era necesariamente al lado del canal de agua. Grupos enteros de amigos o familias se aproximaban hasta la zona del punk`e para jugar hasta que el frio o el hambre arreciaran.

En su mayoría, esos mismos chiquillos de balde en mano, bien comidos, son los que ahora están preparándose para formar parte de la pandilla que durante toda la tarde bailará y visitará las calles principales del pueblo. Y aunque por el traje bicolor rematado de cascabeles, la máscara y el tongo pueda creerse que se trata de payasos —de hecho, es así como los más chicos ahora los llaman— estos más bien deben de tener una lejana relación con el demonio medieval que en la Italia del siglo XVI se terminó por llamar arlequín. Lo cierto es que de graciosos payasos no tienen casi nada. Tengo el vívido recuerdo de un carnaval en que la pandilla del pueblo vecino acorraló a un joven y lo hizo bailar al doloroso ritmo de los látigos. Por eso, desde ésa época, cada que los mirábamos llegar por alguna de las cuatro esquinas de la plaza de La Tomilla, corríamos presurosos a ocultarnos a las casas. Y también por eso —pleitos personales, líos por mujeres, tierras mal delimitadas— es que las pandillas de la Acequia Alta —el pueblo vecino— y La Tomilla, cada que coincidían, reavivaban sus viejas rencillas. Cuentan los viejos que en sus épocas había ocasiones en que incluso dejaban los látigos y todo lo que estaba a mano era escudo propicio para la arremetida. Y aún hoy, hay que decirlo, este carnaval tan vistoso y lleno de orgullo arequipeño, de cultura e identidad conserva sus pequeñas riñas.

Pero a la hora en que las guitarras, las mandolinas y los charangos empiezan a marcar el ritmo todo queda relegado y simplemente estos son viejos carnavales para nuevas pandillas. Como antaño los bolsillos de los trajes son llenados con polvos o mixtura y el cuello rodeado de serpentina. Las viejas y nuevas coplas corren, el cuerpo se mueve y cada vez con más fuerza el grito de ¡Apujllay! invade la calle.

Carnavales para La viuda

Este año ya no está, pero delante de la comparsa solía encontrarse bailando y cantando con voz única a La viuda. Sus piernas blancas contrastadas con los tacos, falda y blusa negra, hacían de la comparsa aun más divertida. A él era a quien las señoras le daban los cogollos de chicha, las botellas de cerveza y las copas de trago. Era una fiesta verlo con su bolso de flores amarillas, lleno de polvos y mixtura para reabastecer a los chicos que bailaban en el centro de la calle con las muchachas más bonitas que con la música y el baile coqueto se acercaban.

Y no se cansaba, seguía erguido bailando hasta la noche en que llegábamos nuevamente a la plaza del pueblo para beber unas cuantas copas antes de ir a descansar el cuerpo molido por el largo trajín del día.

Hace dos o quizá más años fue la última vez que lo vi vestirse con sus trapos y salir con nosotros a bailar ese único día de carnavales. Si lo hubiera sabido, me habría acercado a él para tomarme una foto junto con mis demás primos, para luego poder mostrar a los más chicos y a los amigos de afuera que aquel viejo que durante más de 50 años salió en carnavales con vestido negro y maquillado, existió, y era nuestro abuelo.

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