Poses literarias

Fiesta de la Significancia Avatar

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“No hago declaraciones sobre mi vida privada” es la respuesta estándar de Mario Vargas Llosa a las preguntas, y lleno de irritación se queja del acoso periodístico. Sin embargo, ¿puede extrañarle que su romance con la ex de Julio Iglesias haga las delicias del amarillismo internacional? Lo quiera o no, él ha dado el nada glorioso salto de la literatura a la farándula. Aunque eso es lo de menos, pues todo indica que Patricia —con quien ahorita nomás (el 29 de mayo) él celebró 50 años de matrimonio— se enteró por la prensa de que Mario le ponía los cuernos desde febrero… No sé ustedes, pero este asunto me trae a la mente una lapidaria frase de George Orwell a propósito de Salvador Dalí: “Fuera de ser un artista maravilloso, es una persona repugnante”.

En efecto, más que una persona, Dalí era un personaje. Y no porque fingiera para la platea ser algo que en realidad no era, sino porque decidió convertirse en una insufrible caricatura: Dalí, el pintor excéntrico. No se trataba de un papel que representaba ante extraños; era su forma de ser en cualquier circunstancia (tanto pública como privada). Esa conducta le generó dinero y reconocimiento al por mayor. No obstante, hay otros que en esa línea terminaron de manera trágica. Hunter S. Thompson, por ejemplo. Conocido por sus excesos, este escritor norteamericano se suicidó al percibir que ya no podía interpretar el rol de “maldito” ante sus admiradores. El orgullo le impedía aceptar que cada año la distancia entre el Thompson ideal y el Thompson real se hacía más grande y que, en consecuencia, su cuerpo no estaba a la altura del mítico personaje desenfrenado. Imaginemos lo que pasaba por su cabeza el día en que cogió un arma y se disparó. Ahí está él, en su dormitorio, sentado al borde de la cama. Si nos acercamos le escucharemos murmurar: “No hace mucho eras un divertido transgresor… ¡todo un juerguero! Ahora, triste viejito, eres incapaz de soportar una noche de parranda… Así no vale la pena continuar”. Poco después resonará un liberador ¡bang!

Samuel Beckett condujo su malditismo con más habilidad. El crítico literario Martin Esslin señalaba que es “curioso que Beckett, cuyas obras revelan a uno de los seres humanos más sensibles y atormentados, no sólo resultó un alumno popular y brillante, sino que además se distinguió en los deportes”. Entiendo su perplejidad, porque este dato biográfico no cuadra bien con el torturado individuo que debió escribir Molloy. Encontré una explicación plausible en el último diario de Ionesco: “Beckett es demasiado lúcido, demasiado frio, demasiado premeditado (…). Él hace ‘estilo’ con la miseria del mundo (…). Se abandona a las ideas negras con claridad, con demasiada claridad. Es por eso que gusta. Ni un error, ni un descuido, nada al azar en su obra.” Podría esgrimirse que Ionesco hizo esta acusación por envidia. Como agravante, Ionesco también desliza la posibilidad de que el suicidio de Arthur Adamov —el tercer gran representante del Teatro del absurdo— se debiera al dolor que le causaba ver el fracaso de la puesta en escena de sus obras, mientras contemplaba el éxito que Beckett cosechaba como autor teatral y novelista.

César Aira ostenta una opinión similar sobre Ernesto Sábato, a quien define como “un señor que tiene aristas muy risibles: esa vanidad, el malditismo… Malditismo que no condice con su personalidad. Es un señor perfectamente racional que juega al maldito”. Ufff… es un juicio cruel y certero. Además de ser un gran escritor, Aira es un gran maleteador —su célebre frase “El mejor Cortázar es un mal Borges” aún saca roncha entre los fans del cronopio.

Otro maldito —menos conocido y, a mi modesto parecer, más talentoso que los anteriores— fue el escritor francés León Bloy (1846-1917). Si no tienen idea de quién es, podría deberse a la “conspiración de silencio” que, según él, hubo en su contra. Este argumento sale a relucir a veces, cuando la gente escribe libros que nadie se digna en leer. Pero Bloy no mintió al decir “Escribo libros que vivirán y que no me hacen vivir”. Es que él era una persona complicada. Nunca disimuló sus antipatías y (para desgracia de sus víctimas) hizo del insulto un verdadero arte. Aborrecía a los burgueses y los valores que ellos representaban, en particular el ateísmo positivista (la religión de los nietos de la Ilustración). Esta intolerancia explica que Bloy no alcanzara la popularidad en la aburguesada Francia de fines del siglo XIX, a pesar de la originalidad de sus ideas y la calidad de su prosa. Con su potente estilo panfletario se ganó el odio y el rencor de gran parte de los escritores de su época —lo cual no implica que fuera injusto al desvalorarlos, ya que la mayoría de estos escritores ha caído en el olvido—. Por otra parte, este católico recalcitrante distinguía el genio, y no tuvo ningún reparo en ponderarlo, incluso cuando sus poseedores eran empedernidos inmorales o rabiosos blasfemos —defendió de las críticas a Baudelaire y a Verlaine, y se dio el lujo de ser el descubridor y divulgador del abominable Conde de Lautréamont.

Bloy fue uno de los escritores preferidos de Borges, tanto así que tomó de él la interesante idea de los precursores. Esta tesis, en su planteamiento original, sostenía que la existencia de Napoleón Bonaparte debía “ser interpretada divinamente, en el sentido de una prefiguración del Reinado de Dios sobre la tierra” —es decir, la vida de Napoleón era un anticipo de la segunda venida de Cristo—. Borges le dio un giro literario a esta hipótesis religiosa: a través del tiempo una larga serie de escritores ha preparado el camino para la llegada de uno más importante. Él ilustraba la idea afirmando que puede reconocerse un aire de familia kafkiano en Zenón, en Kierkegaard, en Gógol, en Dickens y en Bloy, pero que la afinidad que subyace entre todos ellos sólo se hace visible cuando la obra de Kafka aparece —siguiendo este razonamiento el propio Kafka vendría a ser (¿por qué no?) un precursor de Borges—. Esta idea nos sugiere que la literatura universal está provista de un sentido intrínseco, y que no es una simple yuxtaposición de autores o libros a los que el historiador asigna un significado.

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