Viejo y perverso Aqualung

«Mis escapadas a La Parada los domingos para pescarle algo al finado Laureano, mis paseos por Quilca, donde el Sensei o Walter me recibían siempre con generosas recomendaciones e incluso con algún disco que habían guardado especialmente para mí».

Por Manuel Rosas Quispe | 15 julio, 2025
Aqualung

Recuerdo unas idílicas épocas pretéritas en las que los vendedores de discos de Quilca tenían un lema que hoy provocaría escándalo y confusión: “Los nacionales a 8 soles y los importados a 20”. Lo recuerdo perfectamente porque Rubén, un vendedor que no hacía distingos entre géneros musicales, me lo repitió cierto día como a un párvulo que no entiende la lección, “los nacionales a 8 y los importados a 20”, tras preguntarle por enésima vez el precio de una edición nacional del “Made in Japan” de Deep Purple. De esa época dorada (a principios del milenio) datan muchos discos de rock clásico que hoy tengo un poco olvidados en mi estante. Así pude hacerme, por ejemplo, de una edición venezolana primero, y una edición americana después, de Aqualung. No recuerdo bien cuándo me cayó la versión en CD, pero sospecho que fue adquirida en el viejo puesto de mi amigo Carlitos, allá en El Hueco.

Antes, incluso, cuando Internet empezaba a hacer furor en Lima y en cada esquina una sala de alquiler de computadoras era el nuevo emprendimiento de muchos peruanos, recuerdo los foros virtuales y las nutridas comunidades de usuarios unidos por una obsesión. El foro de tullianos era entonces muy activo y ponía en apuros mi dominio del inglés, máxime entre furibundos muchachos cuyo juego favorito los obligaba a maldecir a viva voz cada diez segundos. Yo empezaba entonces en este mundillo de los vinilos y para mí Aqualung es, además de un grandioso álbum de los setenta, mi primera tornamesa Sony (que luego cambiaría por una Technics), un cumpleaños de mi viejo en el 2003 o 2004, cuando con el Negro Ernesto y mi cuñado Estuardo nos quedamos hasta el día siguiente escuchando vinilos, mis escapadas a La Parada los domingos para pescarle algo al finado Laureano, mis paseos por Quilca, donde el Sensei o Walter me recibían siempre con generosas recomendaciones e incluso con algún disco que habían guardado especialmente para mí.

Si me remontase a tiempos todavía más seminales, me veo en el parque “Colchón”, en 1994, compartiendo con Eduardito y Rudy una caña mientras en una vieja boombox (que Eduardo conectaba, con riesgo de su vida, a los cables de un poste de luz) sonaba “In the Court of The Crimson King”. Nos maravillaba esa atronadora oscuridad y no podíamos entender que, en aquellos años y bajo esos mismos cielos grises de Inglaterra, Ian Anderson pergeñaba una obra muy distinta a la que requería aquel país convulso. Visto después, en perspectiva, en realidad, “Aqualung” sí tuvo una conexión directa con su tiempo y circunstancia porque mientras King Crimson hablaba de una pavorosa deshumanización del hombre, Anderson hacía el trabajo de campo, presentándonos a un horrible vagabundo con tendencias pedófilas al que, sin embargo, había que llamar “my friend”, es decir, la otredad como aspecto esencial de la experiencia humana, un tema del que nos ha hablado Sartre, Buber o Lévinas. Rizando el rizo, podríamos decir que “Aqualung” no sólo es un disco sobre la otredad, sino también sobre la rebelión a partir de la visibilización de la marginalidad. Ese regodeo en lo grotesco y esa identificación del desposeído que “afea” el romántico panorama de un atardecer en el parque, los encontraremos después, en las primeras bandas de punk y del NWOBHM. Después de todo, quizá Jethro Tull se merecía realmente ese Grammy de 1989 que los Metallica y el mundo entero sintieron como un robo.

Por aquellos años noventa, el famoso riff de “Aqualung” evocaba en mí un sentimiento de impotencia por aquel primer concierto en Muelle Uno, en 1993, al que no pude ir. Impotencia, pero a la vez majestuosidad y fantasía seductora que empezaba a hacerse carne en mis gustos de aquel entonces (parafraseando a Nietzsche: “pero nadie adivina qué aspecto ofrecíais vosotros en vuestra mañana, vosotros chispas y prodigios repentinos de mi soledad, ¡vosotros, mis viejos y amados gustos perversos!”)

Hoy, ya bastante lejos de aquellos días, sin prisas ni ansiedades, qué descanso tan estimulante es descorchar un Anakena y girar “Aqualung”, dejándose llevar por los recuerdos.

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