Entre la fiesta y el caos: así transcurrió el esperado Corso de la Amistad por el 485 aniversario de Arequipa

El corso de aniversario volvió a teñir de música y color, pero también de desorden, las calles de Arequipa. Un espectáculo que mezcla orgullo, descontrol y una inevitable cuota de desvergüenza popular.

Por Cielo Gallegos | 17 agosto, 2025
Arequipa

El amanecer del 15 de agosto no es uno más de los feriados del calendario en Arequipa. Mientras los primeros rayos del sol se esparcían por la campiña, cientos de ciudadanos ya estaban apostados en la avenida Mariscal Castilla. Querían un buen sitio para ver el Corso de la Amistad. Algunos llevaron sillas propias, otros despertaron con la sorpresa de que sus veredas ya tenían dueños: los famosos comerciantes de espacios.

La municipalidad prometió orden, pero la realidad fue otra. Desde temprano, discusiones, empujones y acusaciones de abuso marcaron la jornada. Los comerciantes exigían entre 70 y 100 soles por una silla, como si la calle les perteneciera. Los inspectores municipales intentaban desalojarlos, pero recibían la manida excusa: “Estamos guardando sitio para la familia”.

El corso inició puntual, algo que la organización celebró como un triunfo. La ruta, más corta que en años anteriores, buscaba terminar antes de las 7:30 de la noche. Una medida razonable para evitar el desborde nocturno. Pero esa reducción también trajo consigo un problema: menos espacio para miles de personas. La multitud se comprimía, se empujaba y buscaba resquicios para respirar.

La primera delegación arrancó aplausos. El público olvidó por un instante las peleas por los asientos. Wititis, carnavales y montoneros volvieron a brillar, pero esta vez acompañados de tijeras, turcos y marineras. El desfile se vistió de diversidad, demostrando que Arequipa no es solo tres danzas, sino un mosaico cultural. Hasta delegaciones extranjeras como Bolivia y Eslovenia se unieron al espectáculo.

El carro alegórico de la Universidad Católica Santa María destacó con su homenaje al Congreso de la Lengua Española. Libros gigantes, un Vargas Llosa en estatua y el orgullo académico desfilaron con solemnidad. No ganaron, pero dejaron huella. En las graderías, las reinas saludaban, las empresas regalaban souvenirs y el público, agradecido, levantaba las manos como si atrapara tesoros.

Sin embargo, la postal perfecta no duró mucho. Hacia la avenida Mariscal Castilla, las rejas se desvanecieron y el orden también. Niños se lanzaban a los carros a pedir regalos, padres los empujaban sin remordimiento y la policía apenas podía contener la marea humana. Los bailarines, con trajes pesados y sonrisas cansadas, esquivaban cuerpos y botellas.

El calor fue cómplice del desorden. La cerveza corría como agua y más de un asistente cambió el aplauso por un grito ebrio. El corso, que debía ser celebración, se convirtió en un campo minado de excesos. A cada paso, la tensión entre la fiesta popular y la seguridad se hacía más evidente.

Así, el Corso de la Amistad resultó ser un espejo de la ciudad: reflejó lo mejor de su cultura, pero también desorganización y falta de civismo. Un espectáculo que emociona y avergüenza en partes iguales.

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Cielo Gallegos

Comunicadora en formación con certificado en Community Management. Interesada en periodismo cultural, derechos humanos y conflictos sociales.