Cuéntanos las noticias, forastero;
el tono de los iris en tu pueblo;
la dirección del aire y los caminos.
Dinos las piedras, el cansancio, el sueño
y la dicha secreta del que espera.
Dinos qué arroyos hay como azogados;
cuántas horas dibujan las candelas,
qué aromas de la piel,
y cómo riega el agua las mejillas;
y qué dicen los peces; y qué piensan las culebras.
Dinos también las fábulas lejanas
y qué techos resguardan la vigilia;
qué corazones hay y qué osamentas,
cuántos cristales, cuántas melodías
vagan entre los árboles y rocas.
Cuéntanos, además, si a tu retorno
habrás de ver mejor o estar ya ciego.
Empiezo con este poema del libro Tienda de ultramarinos de José Ruiz Rosas, mi padre, limeño de nacimiento y arequipeño de adopción, que descansa en paz en esta ciudad desde 2018. Fue miembro de la Academia Peruana de la Lengua en mérito a su poesía e impregnó el quehacer cultural y literario de esta ciudad a la que dedicó sesenta años de su vida. Él nos inculcó el amor por nuestro mestizaje lingüístico y cultural y el profundo respeto por el otro y su sola palabra. Habría sido inmensamente feliz de vivir este magnífico congreso en Arequipa, iniciativa de su hijo, también poeta, mi hermano Alonso. En su memoria van estas reflexiones.
He nacido y vivido en la Ciudad Blanca hasta los 19 años. Cuando viajaba a Lima, desde niña, el habla me sonaba extraña, me faltaban los diminutivos y me preguntaba si era que nadie me querría. Me fui enterando de que se debía al sustrato del aimara y quechua del español arequipeño, y que en las lenguas vernáculas hablar así era la expresión de su cortesía; y observaba que las diferencias de vocabulario, las morfológicas y sintácticas aumentaban en número a medida que la migración de las zonas más altas del departamento de Arequipa crecía, así como de los aledaños, en especial de Puno, y de Ayacucho, Apurímac, Cusco y Moquegua.
Esa falta de homogeneidad, supe más adelante, iba consolidando el castellano andino, aprendido como segunda lengua por hablantes de quechua y aimara, que en mi infancia y adolescencia eran en su mayoría de extracción social baja y escolaridad e instrucción incompletas, lo que suscitaba comentarios despectivos entre gente de lengua materna española y economía boyante y cierta pátina de habla culta. Actitud que en casa no se aprobaba, a diferencia de ambientes escolares privados. En nuestra librería familiar «Trilce» se ofrecía los escasos libros que podían conseguirse sobre quechua y aimara hasta que la librería cerró. Esto, a fines de los años sesenta.
En 1975, de estudiante en Budapest, asistí a poco de llegar a una exposición sobre el apartheid en Sudáfrica. Fue entonces que entendí de golpe cuán racista era el Perú que acababa de dejar y qué papel sutil jugaba el uso «correcto» de la lengua española en esa discriminación. Hacía tres años que el gobierno de Velasco Alvarado había oficializado el quechua. Pero persistía el desprecio a lo largo y ancho del país, velado o no, de parte de quienes dominaban la norma del español frente a quienes lo «malaprendían», entre otras razones por ser a menudo analfabetos en sus lenguas maternas, y tener las consiguientes deficiencias gramaticales y dificultades fonéticas que configuran el dejo delator en primer lugar. Por sus prejuicios, los privilegiados hablantes de lengua materna española, se arrogaban superioridad y su uso del idioma era una clara herramienta hegemónica de poder frente a los otros.
Medio siglo después, en términos absolutos, la alfabetización ha aumentado de manera notable; oficialmente, solo 5 % de peruanos no saben leer ni escribir. Aun así, hay diferencias escandalosas entre la población masculina y la femenina, y la urbana y la rural y amazónica. Al empezar el nuevo siglo, 70 % de la población iletrada eran mujeres, más marginadas, aferradas a sus hábitos tradicionales y ajenas al mundo occidental.
En el Perú subsisten 47 lenguas originarias. El quechua y aimara, a su vez familias de lenguas que presentan variantes dialectales(1), y 39 amazónicas agrupadas en 17 familias lingüísticas(2). La Constitución las considerada oficiales en el ámbito de su predominancia, según la Ley N° 29735 de 2011, que regula su uso, preservación, desarrollo, recuperación, fomento y difusión(3). Como fundamento de la tradición oral e identidad cultural, constituyen patrimonio inmaterial de los pueblos originarios del Perú, y están en igualdad de derechos. Esto en teoría, pues la realidad es distinta.
Difiere mucho el número de hablantes de cada una. Frente a casi 3 millones 800 mil de los diferentes quechuas y 450 mil de aimara, cuatro de las lenguas amazónicas no llegan a la decena de hablantes y su riesgo de extinción es inminente. Otras siete gozan de vitalidad, son habladas por todas las generaciones en los ámbitos de uso y es continua su transmisión de una generación a otra. El ashaninka, por ejemlo, de la familia arawak, lo hablan unos 74 mil peruanos(4). En las lenguas están codificados sus saberes, su relación específica con la naturaleza y el entorno, y cuando se extinguen, desaparecen con ellas buena parte de aquellos conocimientos ancestrales.
En su detallado Atlas Lingüístico del Perú de 2001(5), Andrés Chirinos Rivera calculó a partir de los resultados censales de 1993, además de las densidades distritales por lengua materna, el índice de sustitución lingüístico por departamentos, tanto de migrantes como de lugareños. Este llamado ISL refleja cómo en el Perú de fines del siglo xx se consideraba en términos despectivos a los pobladores que no hablaban castellano y conservaban el idioma vernáculo y las costumbres propias que los caracterizaban como «indios», y a quienes se les atribuía la condición de analfabetos. Es en ese proceso de sustitución lingüística, en aquel tránsito de abandonar la lengua materna para adoptar la de prestigio, pues implica progreso y hasta supervivencia, que se dan las múltiples variaciones del castellano como segunda lengua y las consiguientes discriminaciones veladas o explícitas hacia sus hablantes, en lugar de celebrar el enriquecimiento lingüístico que ello implica.
Desde 2008, vale decir antes de promulgarse la Ley N° 29753, el Ministerio de Educación del Perú ha ido normalizando los alfabetos de 20 lenguas originarias, lo cual implicó el reconocimiento de esas minorías étnicas y un esfuerzo para que no acaben por extinguirse, considerando que sus rasgos lingüísticos no son ni remotamente cercanos al español, lo que desde hace centurias ha entorpecido un bilingüismo o trilingüismo fluido en las diferentes zonas. Aun así, las campañas de sensibilización gubernamentales que comenzaron en 1972 y son cada vez mayores y muy loables y significativas. Desde el punto de vista sociolingüístico, no serán eficaces mientras la población no practique ampliamente, y sobre todo, no sienta el respeto a la diferencia.
También conviven en este Perú multilingüe 50 mil personas de lenguas maternas extranjeras (6). Algunos son discriminados por racismo o clasismo, como ocurre con los hablantes de las lenguas vernáculas. En otros, en cambio, cuyas lenguas maternas gozan de un consenso de prestigio universal (inglés, alemán, italiano, portugués), el acento en su oralidad española, si existe, es más un rasgo encantador.
Normalizar todas las lenguas originarias del país es inviable pues muchas se circunscriben al ámbito geográfico en que se hablan.
No obstante, un mayor aprecio por ellas en las sociedades contribuye a disminuir la discriminación e incrementar su transmisión a las generaciones nuevas. Además de valiosas ediciones bilingües patrocinadas algunas por instituciones no gubernamentales, los ministerios de Cultura y de Educación del Perú han incrementado en los últimos años acciones y estrategias para fortalecer la percepción del valor de las lenguas originarias y su contribución a la cultura del país. Incorporan la temática y la enseñanza de lenguas originarias en la educación básica regular. Las visibilizan e incentivan a quienes son agentes de promoción. Fomentan la producción de contenidos en lenguas indígenas por parte de los propios pueblos. Promueven y difunden contenidos en lenguas indígenas en los entornos digitales, medios de comunicación, industrias culturales y artes. Existe un Premio Nacional de Literatura para los géneros de novela, cuento, poesía, ensayo y literatura infantil en lenguas originarias.
La Dirección del Audiovisual, la Fonografía y los Nuevos Medios también convoca un concurso de video y cine indígena y afrodescendiente comunitario. En 2023, por ejemplo, el Ministerio de Cultura publicó el relato Paco Yunque de César Vallejo en una preciosa edición multilingüe del original español y seis lenguas indígenas(7). Editoriales independientes como Pacarina apuestan por la literatura en lenguas originarias, acaba de salir una antología de poesía de la Amazonía.
Hoy en día, al menos, es políticamente incorrecto discriminar a la población originaria por su habla como se ha hecho desde hace siglos con más de una lengua. Y resulta exótico apreciar sus manifestaciones culturales y a menudo muy rentable comercializarlas, pero no está tan claro que algo o mucho del desprecio de antaño por las personas no persista en el fondo de los corazones. Ha señalado hace poco el historiador José Carlos Agüero, que el desprecio «no acaba, sino que se actualiza porque la humillación teje subjetividades a largo plazo». Y mientras siga siendo una constante, explícita u oculta, seguirá ausente el respeto a la dignidad del otro, del diferente, indispensable para una coexistencia armoniosa y productiva.
Pero también, más allá del resentimiento que se ha venido arrastrando desde el Virreinato. Un resentimiento que a veces es lo único que se tiene, dice Agüero, en el presente se observa un fenómeno más complejo. Por ejemplo, se demoniza con un solo verbo, el peruanismo «terruquear», que el utilísimo Diccionario de Peruanismos de la Academia Peruana de la Lengua aún no consigna, a quienes cuestionan cualquier injusticia cometida por el poder o simplemente simpatizan con ideas progresistas, insinuando o acusando directamente que sean allegados a la trágica y repudiable lucha armada de las últimas décadas del siglo pasado, para de ese modo restar cualquier legitimidad a sus reclamos o puntos de vista.
Y sucede que muchas de las personas que ejercen ese extendido «terruqueo» (sustantivo que también merece su entrada en el mencionado Diccionario) son de igual extracción indígena que los «terruqueados», sea en primera o segunda generación. De hecho, el racismo activo de amplios sectores de la política desde altos cargos y poderes del Estado y élites económicas o personajes informales malamente enriquecidos, sin medida ni clemencia . Y, más brutalmente, de las propias Fuerzas Armadas para tratar a los pobladores del sur del país. Pongamos por caso, como a no ciudadanos solo por ser andinos. Da fe de lo que yo llamaría «la traición étnica», algo que desde luego no es una especialidad de aquí. Se traiciona sin reparos, cuando lo natural sería una lealtad étnica de castellanos múltiples y lenguas vernáculas.
Como si bastara con haber ascendido una ñizca, como decimos aquí en Arequipa. O mucho, en la escala social, y haberse blanqueado o no una pizca o mucho y haber pulido. O ni siquiera, una ñizca o mucho ese un castellano de los múltiples, adquirido con dificultad como segunda lengua, para menospreciar a quienes están todavía a la zaga en el empeño de progresar limpiamente, que son numerosos.
Muchas gracias a los presentes por haber elegido este panel. Y a la Real Academia Española de la Lengua, al Instituto Cervantes y a la Asociación de Academias, por esta invitación que me honra y me ha permitido dirigirme a ustedes en mi ciudad natal.
Referencias bibliográficas
- Dirección General de Educación Intercultural Bilingüe y Rural, Documento Nacional de Lenguas Originarias del Perú, Lima, 2013.
- Andrés Chirinos Rivera, Atlas lingüístico del Perú, Cusco, Ministerio de Educación, Centro de Estudios Regionales Andinos Bartolomé de las Casas, 2001.
- José Carlos Agüero, Desprecio, la política del miedo en el Perú, Lima, La Siniestra S.A.C., 2023.
- Inés Pozzi-Escot, El multilingüismo en el Perú, Cusco, Centro de Estudios Regionales Andinos Bartolomé de las Casas, 1998.
- Dirección General de Ciudadanía Intercultural, Glosario: ABC de la interculturalidad [en línea, pdf], Lima, Ministerio de Cultura, 2023, disponible en: https://centroderecursos.cultura.pe/sites/default/files/rb/pdf/GLOSARIO%20ABC%20de%20la%20intercultura%202023%20-%208FEB.pdf
- Ministerio de Cultura del Perú, Lista de pueblos originarios o andinos, Lima, 2023, disponible en: https://bdpi.cultura.gob.pe/sites/default/files/archivos/paginas_internas/descargas/Lista%20de%20Pueblos%20Ind%C3%ADgenas%20u%20Originarios%202023.pdfhttps://red.pucp.edu.pe/ridei/files/2011/08/LEY-NACIONAL-DE-LENGUAS.pdf
- Pontificia Universidad Católica del Perú, Ley Nacional de Lenguas [en línea], Lima, 2011, disponible en: https://red.pucp.edu.pe/ridei/files/2011/08/LEY-NACIONAL-DE-LENGUAS.pdf
- Academia Peruana de la Lengua, DiPerú Diccionario de peruanismos en línea, Lima, 2014, disponible en: https://diperu.apl.org.pe/buscar?entrada=6930
( 1) De la familia aru o aimara han sobrevivido el aimara y el jaqaru y de la familia quechua las variantes mayoritarias del quechua sureño (de Ayacucho y Cusco-Collao) y el central (de Ancash, Huánuco, norte de Lima, Pasco y norte de Junín; y dos variantes quechuas intermedias, el huanca y el quechua norteño, el ferreñafano-cajamarquino, el chachapoyas-lamas de Amazonas y San Martín respectivamente y el amazónico de las cuencas del Napo y Pastaza en Loreto). [Chirinos Rivera, 2001, p. 35]
( 2) Arawa, arawak, bora, cahuapana, kandozi, harakbut, huitoto, jíbaro, muniche, pano, peba-yagua, simaco, tacana, ticuna, tucano, tupí-guaraní y záparo [Ministerio de Cultura, 2023, pp. 1-3]
(3) En el Proyecto de Ley de Lenguas presentado por el Ministerio de Educación al Congreso de la República figuran como oficiales las siguientes lenguas:
1. El castellano en todo el territorio peruano. 2. El achuar, el aguaruna, el aimara, el amahuaca, el ashaninka, el bora, el arabela, el cacataibo, el candoshi, el capanahua. El cashibo-cacataibo, el cashinahua, el chamicuro, el chayahuita, el cocama cocamilla, el culina, el ese eja, el huitoto, el harakmbut, el iñapari, el jacaru, el jebero, el matsigenka, el mayoruna, el nomatsiguenga, el ocaína, el orejón, los quechuas central, jauja-huanca, norteño y sureño, el resígaro, el secoya, el shipibo-conibo, el taushiro, el ticuna, el urarina, el yagua, el yaminahua, el yanesha y el yine en las zonas en que se hablen. Con la salvedad de que esta enumeración no excluye a otras lenguas que puedan ser descubiertas por futuras investigaciones lingüísticas. [Cf., Pontificia Universidad Católica del Perú, 2011, p. 5]
( 4) El nomatsigenga de la familia arawak, cuenta con casi 4 mil hablantes. El awajún y el wampis de la familia jíbaro, con 57 mil y 4 mil hablantes cada una. Y el shipibo-conibo, de la familia pano, con más de 34 mil.
( 5) Andrés Chirinos Rivera, Atlas lingüístico del Perú, Cusco, Ministerio de Educación, Centro de Estudios Regionales Andinos Bartolomé de las Casas, 2001.
( 6) Constituyen un 0,2 % de la población total según el censo de 2017. Hablan, ya sea chino cantonés o mandarín en comunidades chinas en Lima y algunas ciudades de la costa. El japonés es hablado por los nikkei en Lima, en Huaral, en el puerto del Callao y la selva de Junín. El italiano por familias de inmigrantes en Lima, Callao y La Libertad. El alemán en las comunidades de Oxapampa y Pozuzo de descendientes de colonos austríacos. El árabe libanés y palestino en comunidades de Lima y regiones del sur. El inglés es hablado por descendientes de migrantes británicos y norteamericanos. Por último, el portugués en zonas fronterizas con Brasil (Madre de Dios, Ucayali, Loreto).
( 7) Los quechuas áncash, chanca y cusco-collao, el aimara, el ashaninka, el awajún, el shipibo-conibo y el ticuna.

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