Cultura, modernidad y cosmopolitismo en “Los Europeos” de Orlando Figes

«La intención de Figes es explicarnos cómo se fue gestando, a lo largo del siglo XIX, la idea de una Europa civilizada, cosmopolita y unida. A ello contribuyeron una serie de factores sociales, políticos, económicos y culturales que el autor desgrana uno a uno».

Por Manuel Rosas Quispe | 19 diciembre, 2025
Figes

Editado por Turner en 2020, con traducción de María Serrano, “Los Europeos” de Orlando Figes desarrolla lo que reza el subtítulo: “Tres vidas y el nacimiento de la cultura cosmopolita”. Las tres vidas son la del novelista ruso Iván Turguénev, la de la soprano francesa de origen español Pauline Viardot y la de su marido, el escritor, político, hispanista y experto en arte, Louis Viardot.

La intención de Figes es explicarnos cómo se fue gestando, a lo largo del siglo XIX, la idea de una Europa civilizada, cosmopolita y unida. A ello contribuyeron una serie de factores sociales, políticos, económicos y culturales que el autor desgrana uno a uno. Empieza con uno de los inventos más notables y de honda repercusión en aquel siglo y en los venideros: el tren. Por las páginas del libro la locomotora del progreso irá derrumbando los muros del provincialismo y hará de parajes ignotos lugares de peregrinaje. Barbizon es uno de esos lugares que, antes de que el ferrocarril lo visitase, era el fuerte de plenairistas como Corot o Rousseau, el ferrocarril lo muestra al mundo y lo convierte en símbolo vivo de la cultura europea.

Si trasladásemos las reflexiones de Figes a la Norteamérica de aquellos años, también habría mucha tela que cortar, pero el autor se enfoca en Europa y si bien suelta una que otra referencia al Nuevo Mundo, su labor se centra en el Viejo. Una de las habilidades de Figes es no perder jamás el hilo discursivo. Cuando empieza a hablarnos de Pauline, por ejemplo, inevitablemente deriva hacia su famosa hermana María Malibrán y nos regala una compacta historia de la ópera en el siglo XIX, con especial mención a las escuelas italiana y francesa. Treinta páginas después, vuelve al punto en que lo había dejado, no con la brusquedad de quien se fía del copy-paste del ordenador, sino con el estilo sabio del hombre de letras que engarza ideas y conceptos armoniosamente, como un pintor que trabajase un delicado sfumato. El tren es otro concepto que va y viene a lo largo de las poco más de 600 páginas del libro. Nunca nos olvidamos que convirtió Europa en un espacio reconocible como punto de encuentro de diversas nacionalidades. La vena romántica que amaba el exotismo y el pintoresquismo nacional recibe una mortal estocada cuando el tren acerca a los pueblos y los invita a reconocerse como miembros de una cultura universal.

Otros inventos, cuyo impacto en la cultura Figes nos explica, incluyen la fotografía (que generó interesantísimas discusiones entre impresionistas y naturalistas), el telégrafo (que supuso un mejor control de los lanzamientos editoriales en diversos países) y la litografía (que permitió publicar grabados de obras famosas y convirtió el arte en moneda corriente para diversas clases sociales). El teléfono y el cinematógrafo, aunque inventos decimonónicos también, no entran en la baraja porque surgieron ya en la etapa final del XIX. No un invento, pero sí un acuerdo que cambió la faz editorial europea para siempre fue el Convenio de Berna de 1886. Figes nos relata el largo y tortuoso camino para llegar a esta situación en la que por fin se respetaba, de manera seria y obligatoria, los derechos de autor a los escritores.

Los tres protagonistas del libro no han sido elegidos caprichosamente. Los tres representan el ideal de ciudadanos cosmopolitas y los tres hicieron mucho (a veces sin proponérselo) para que en Europa se acrisole una cultura común y compartida. Los tres conformaron también una sociedad muy particular a la que creo que es inexacto llamar ménage à trois porque sus relaciones no estuvieron signadas por una sexualidad prohibida ni por un romance intenso sino por la amistad, la confianza y la solidaridad.

En los últimos días de su vida, Pauline, entonces convertida ya en un mito viviente de un siglo finiquitado, era comúnmente interrogada por todas las personalidades que su salón cobijó: Saint-Saëns, Liszt, Dickens, Delacroix, un jovencísimo Richard Strauss, pero por quien más le preguntaban era por Turguénev. Cómo era en verdad, qué pensaba, cómo se llevó con Louis, qué muestras de su genio dio en la cotidianeidad de su vida, cómo fue posible que perdiera contacto con su Rusia natal. Había un retintín de reproche en las preguntas que le planteaban. Pauline se defendía y adujo siempre que el pacto que tuvo con Turguénev y con su esposo no le concernía sino a ellos tres. Y no le faltaba razón, claro está.

Hay una fotografía, que el libro consigna, en la que se puede ver a Pauline de ochenta años oteando el boulevard Saint-Germain, acodada en su balcón. La fotografía es de 1900 y nos muestra a un ser excepcional que conoció la crema y nata de la intelectualidad europea que forjó el canon de la cultura. Orlando Figes ha querido rendir homenaje a estos tres personajes fundamentales, contándonos, de paso, el problemático devenir de la cultura en el siglo XIX. Sus abundantes digresiones para volver, tras decenas de páginas, al quid del asunto, nos propone un viaje sumamente ameno y enriquecedor. Como ese viaje que los alemanes de aquel siglo hacían a través del Rin hacia Italia: puro encanto y exuberancia paisajística. Así también nos embarcamos en un viaje excitante a través de un siglo palpitante de innovaciones. Al concluir la travesía (profundamente emocionados tras la muerte de Turguénev) nos sentimos reconfortados por esta magnífica exhortación a la razón, la inteligencia y la empatía. Ahora que pululan en el mundo discursos xenófobos y fanáticos y que parece que la charlatanería y la ignorancia se han adueñado de las plataformas de comunicación, cuán necesarios son libros como este, que aboguen por una cultura de cosmopolitismo y de diálogo. Lo vale.

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