Una de las críticas que suelen hacerse al cine de Robert Wise es su excesivo tecnicismo. Wise es un concienzudo artesano que realmente no deja nada al azar. Su cine, por tanto, no es personal en un sentido autoral estricto. Wise no tiene una voz ni un ideario propio que plantear al espectador. Se limita a dirigir las películas siguiendo fielmente el proyecto diseñado en el guion. Pese a ello, su trabajo es impecable y se mueve con gran soltura en el género que le pongan, ya sea terror, drama bélico o romance. Pero creo que su nicho natural es el musical. Me atrevo a decir incluso que uno de sus trabajos más célebres durante su etapa en la RKO, el montaje para “Citizen Kane”, es un trabajo “musical”. El trepidante ritmo del Ciudadano tiene los enloquecedores patrones del inicio de “West Side Story”: si Orson Welles pudo alardear de una extensa gama de interpretaciones en el Ciudadano fue porque el beat de la cinta le pone bajo los pies una pasarela.
Pero, sin duda, la época gloriosa para Wise fue la década de los sesenta. En 1961, produjo y dirigió “West Side Story”, documento que ha dictado cátedra en el colorido mundo del musical y que sigue la estela de aquellas megaproducciones coreográficas en las que Busby Berkeley derrochó todo el glamour y la elegancia que los años treinta se podían permitir. Y en 1965 llegaría “The Sound of Music”.
Téngase en cuenta el reto que suponía estrenar una gran producción musical, a sólo cuatro años del éxito sin precedentes que había sido “West Side Story”. En términos de cifras y de premios, “West Side Story” fue una avalancha indetenible. Pero quizá “The Sound of Music” lo fue incluso más, de hecho, recaudó más y la crítica y el público estaban de acuerdo en que la última película de Wise estaba destinada a ser un fenómeno cultural imperecedero.
Por supuesto, un sector de la crítica que siempre quiere preciarse de académica y rigurosamente intelectual (con Stanley Kauffmann a la cabeza) lanzó envenenados dardos contra la película y vapuleó sin miramientos la imagen de santa inocente que Julie Andrews construyó con limitados recursos, es verdad. Pero ¿desde cuándo los musicales de Hollywood tienen que ser puntuales manuales sociológicos? “The Sound of Music” es un musical brillante, cautivador y, sobre todo, muy entretenido. Si quisiéramos andarnos con exquisiteces, habría mucha tela que cortar. Los nazis, por ejemplo, son caricaturas del mal (como en Casablanca), los niños son el estereotipo de la inocencia, Maria es una santa incapaz de albergar la más mínima mala intención que cualquier ser humano común y corriente podría sentir, y el capitán von Trapp es el prototipo de una masculinidad granítica. Ayer, “sexy”; hoy, simplemente desagradable. Sí, es verdad, la película promueve los caducos “valores familiares” que Hollywood ha ensalzado siempre. Eso no es novedad. Fácilmente alguien podría sentirse empalagado al verla, como quien se da un atracón de azúcar. Pero hay otras aristas dignas de resaltarse.
A mí, el inicio de la película, con su ancho de 65 mm. y su sistema de colores DeLuxe, mostrando los fríos Alpes suizos en contraposición con la verde llanura donde Maria está transida de felicidad, en contacto con la naturaleza, me emociona y me emocionará siempre. El movimiento aéreo de la cámara que baja a ras del piso es el mismo movimiento en “West Side Story”, de las alturas inconmensurables a la realidad física y palpitante. Cuando Homero empieza la Ilíada dice: “¡Canta, Musa!” y la musa desciende del Olimpo o del Helicón para posarse a ras de tierra. Es decir, una teofanía en toda regla. Del mismo modo, los primeros minutos de “The Sound of Music” nos instalan en esa realidad divina, en ese mundo de ensueño que es Hollywood. Las monjas que no saben qué hacer con Maria, los colores grises del convento, los colores brillantes del prado, los colores pastel de las ropas de los niños, las postales de Salzburgo que se recrean como un período áureo antes de la invasión nazi, todo eso es una maravilla y una fiesta para los sentidos. Cine, en una palabra.
Las piezas musicales de Rodgers y de Hammerstein funcionan perfectamente y son ya hitos inolvidables del musical cinematográfico. Seguramente “Climb Every Mountain” o “My Favorite Things” serán siempre preferibles a “Do-Re-Mi”, pero es cuestión de gustos simplemente. Quizá también Julie Andrews tenía muy presente su papel de Mary Poppins mientras desempeñaba su papel de Maria, pero es innegable que su presencia es sustancial, es decir, sin el ingenuo candor de Maria, toda la trama perdería coherencia. El encanto de Maria sostiene la acción decidida de los niños, activa la voluntad del Capitán, revoluciona el deber político de las monjas y empuja finalmente la dirección que debe tener del final de la película. ¿Tiene caso decir que Maria von Trapp existió y que es real? Para nosotros, la única Maria posible y verdadera es Julie Andrews.

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