Un necesario y esperado deslinde. Gustavo Petro, presidente progresista de Colombia, ha dado un nuevo paso decisivo: de no reconocer los resultados de las elecciones presidenciales de 2024 ha pasado, el pasado 16 de diciembre, a sostener que «Maduro (presidente de Venezuela) es un dictador por concentrar poderes…» (Infobae, 17/12/25).
Empero, para diferenciarse del relato de la administración de Donald Trump, hizo una precisión sustancial: «No hay ninguna evidencia en Colombia de que (refiriéndose a Maduro) sea narco. Esa es la narrativa de los EEUU». (Ibíd.). En síntesis: el gobierno de Maduro es una dictadura porque no hay separación e independencia de los poderes, mas no un narcodictador.
Esta caracterización sobre la naturaleza del régimen de Maduro ha sido el corolario de una larga indefinición no solo del gobierno de Gustavo Petro, sino de la mayoría de la izquierda progresista latinoamericana y nativa. Esa parte de la izquierda sigue atrapada o anclada en la defensa del chavismo y del mal llamado «Socialismo del siglo XXI» que, en los hechos, devino en una dictadura.
Ahora, esto hay que reconocerlo sin ambages. Si bien esta caracterización estaba implícita al no reconocer los resultados de las elecciones de 2024, Petro no dio el paso siguiente. Esto, pese a las evidencias de que el régimen de Maduro era una dictadura, en declarar —como sí lo hizo Boric de Chile— que las pasadas elecciones fueron un fraude. El gobierno de Maduro nunca mostró las actas electorales. En consecuencia, Maduro es un dictador.
En Petro predominó el silencio, la omisión, la evasión. Queda claro que, al igual que su propuesta de «Paz Total», la cual tuvo que —en el transcurso de este año— abandonar por la imposibilidad real de negociar con los múltiples narco-grupos armados (las disidencias de las FARC, el ELN, los Comandos de Frontera, etc.) porque pasaron a una lógica de confrontación contra su gobierno, Petro ha abandonado la indefinición de la naturaleza del gobierno de Maduro por la vía de los hechos, la presión internacional y los medios.
En esa línea, con este cambio sobre la naturaleza del gobierno de Maduro, Petro ha demostrado moverse con el método del realismo social o realismo sociológico de Durkheim. La sociedad es una entidad objetivamente real que existe independientemente y de manera autónoma de la voluntad de los individuos. Es decir, la realidad de la sociedad manda sobre los puntos de vista individuales y colectivos.
¿Qué debe hacer un presidente como Petro, que ha ganado un peso regional innegable y tiene la amenaza de Trump de ser el siguiente objetivo después de Maduro, cuando se enfrenta a la disonancia entre indefinición y silencio y la realidad sociológica? Solo le queda recurrir a la realpolitik. En otras palabras, es readecuar su posición política en consonancia con las circunstancias y factores dados y/o reales.
El resto sería una insensatez. ¿La adopción de esa caracterización, el gobierno de Maduro es una dictadura, significa avalar la designación del régimen venezolano como una «organización terrorista extranjera» por Trump y, en consecuencia, el «bloqueo total y completo» de los buques petroleros que salgan de Venezuela? Para nada. Ni tampoco una intervención militar a Venezuela con la mayor flota militar gringa en el Caribe.
Es solo un reajuste conceptual inconcluso sobre la naturaleza del gobierno de Maduro. Algo que —sin duda alguna— tendrá un impacto en la izquierda prochavista. Pero esto no implica ponerse de costado frente a la asfixia económica. Y frente a una eventual intervención imperialista por el petróleo y recursos minerales con el relato del narcoterrorismo. O esa entelequia llamada el «cartel de los soles» encabezado por Maduro.
Ambas dinámicas en despliegue merecen la mayor condena y, de producirse una intervención militar, movilización. Pues, en verdad, estamos ante un regreso de una política exterior neofascista de la doctrina Monroe. Esta se resume en «América para los americanos» (1823). O, más claro, América para los EEUU. O, mejor aún, el petróleo, los minerales y los recursos naturales de este hemisferio para los «americanos gringos».

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