Ayer viernes, mientras iba en familia a ver “Uyariy” (Javier Corcuera, 2025), una lluvia muy fina empezó a menudear a media tarde sobre las cabezas de todos los que transitábamos por la Plaza San Martín. En pleno verano y a un año exacto de los tristes sucesos ocurridos en Juliaca, que enlutaron a todo el país. Lo tomé como un puntual recordatorio y como un buen presagio de lo que íbamos a ver. La pequeña sala 4 de multicines UVK estaba completamente vacía, pero, poco a poco, fue llegando el público y cuando la película empezó a proyectarse (con un disclaimer incomprensible previo), la sala no estaba abarrotada, pero sí había un nutrido grupo de fieles espectadores.
Con el extraordinario documental “Sigo siendo” de 2013, Corcuera demostró con creces su talento narrativo y su exquisito talante estético en la dirección. Mano y ojo no le faltan ni le fallan. Sin embargo, esas virtudes no están presentes o, por mejor decir, no son los elementos visibles en este film. En “Uyariy” no encontraremos composiciones fotográficas apabullantes, encuadres sorprendentes ni texturas inconsútiles. No. “Uyariy” es sobria, serena, directa, casi ascética. Salvo en las escenas de las danzas aymaras, todo en “Uyariy” tiene el pulso del luto y del dolor.
Esta renuncia a un virtuosismo formal hay que entenderla como una forma de respeto a una herida aún abierta en la memoria colectiva. Frente al dolor de quienes han perdido a sus hijos, esposos, padres… la exuberancia estética es completamente innecesaria y aun ofensiva. Por eso -y haciendo honor al título, que se traduce como “escuchar” y que es algo que los gobiernos nunca han hecho con los justos reclamos de los pobladores de Juliaca- los austeros encuadres que abundan en la película son los de medio cuerpo, con la persona entrevistada relatando su angustia y su esperanza de hallar justicia. En esa atmósfera de recogimiento, el espectador entiende que la película no busca sorprender ni maravillar sino sensibilizar. Si experimentamos un poco, sólo un poco, de empatía por una comunidad largamente vejada y olvidada, entonces la película habrá logrado su cometido.
Una vía para alcanzar este fin -y que me resulta particularmente acertada- es desandar el camino histórico del último siglo. Corcuera, mediante amplias tomas de la serranía de Huancané, se remonta a 1923 para derivar de la rebelión de Huancho Lima el impulso enérgico del pueblo aymara en su negativa a someterse a las autoridades criollas. Entrevistas a familiares de aquellos héroes locales como Rita Poma o Mariano Paqo nos hablan de un pasado de gloriosa resistencia transmitido generacionalmente y que, evidentemente, no podía diluirse en el nuevo siglo.
Cronológicamente, el siguiente hito en la memoria ensangrentada de Puno es el de la represión de 1965, apenas un año después de la masacre matsés, lo cual, como hoy, nos permite hablar de una política sistemática y no de acciones aisladas. Las fotografías en blanco y negro de esos sucesos son estremecedoras y van en consonancia con la propuesta visual de todo el relato. La memoria del padre Luis Zambrano se erige como hilo discursivo que va uniendo estos tres hechos luctuosos mientras que los testimonios de padres, de amigos, de hermanos y hasta de “desconocidos” que echaron una mano a las víctimas en la calle, acotan detalles que nos suspenden (“¿Dónde estás, hijita? ¿Acaso ya no vas a volver?” pregunta a los cielos la madre de Jhamileth Nataly Aroquipa, asesinada a los diecisiete años; “Mi esposo trabajaba en la construcción, también era técnico y manejaba cargadores, y también hacíamos adoquines juntos para venderlos”, en esta última frase la voz se le quiebra a la esposa de Heder Mamani Luque, recordando quizá una modesta actividad que compartía con su esposo con esperanza en un futuro que ya no verán más).
El padre Zambrano, con su casi medio siglo a cuestas como párroco en Juliaca, cambia su tono de voz cuando habla de este pueblo que conoció en su juventud. Destaca su capacidad organizativa, su voluntad de resistencia (histórica, como se ha visto), pero sonríe cuando dice que también es el pueblo “más bailarín” que ha conocido en su larga carrera. Así que al final del documental irrumpen las imágenes del pueblo, con sus vistosos ropajes, bailando en las calles. El movimiento, el color, la música y la danza como formas de resistencia, como una afirmación identitaria que se planta frente a la muerte, frente a Dina Boluarte y su amarga declaración “Puno no es el Perú”, para gritar a voz en cuello: aquí estamos, esto somos, no nos callarán. Uyariy.
(Salgo con algún esfuerzo de la apretada conglomeración en la sala de cine. Afuera ha anochecido. Un joven vende posters de la película en la puerta. Tere compra uno y nos vamos. Me gustaría mucho encontrarme con esa serena imagen del lago Titicaca en la cocina. Me ayudará a recordar que, pese a los difíciles caminos que debemos recorrer para alcanzar la tan anhelada integración, en nuestros hermanos del sur tenemos una sólida base de alegría, de vida y de resistencia para lograrlo).

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