Columnas

Arequipa: Una emergencia no puede durar doce años

Pobre Arequipa: tan lejos de Dios, tan cerca de sus autoridades. Una ciudad que no ha previsto reformas reales de su habitabilidad ahora se enfrenta a los embates feroces del cambio climático

Por Efraín Rodríguez | 24 febrero, 2026
No. Esta imagen no es de los ingresos de las torrenteras de estos últimos días, es del aluvión del 8 de febrero de 2013. ¿Qué ha cambiado? Foto: La República

Para quienes superan los cuarenta años, la última desgracia por lluvias se remonta al 8 de febrero de 2013. Aquella tarde de verano llovió, en pocas horas, lo que debió llover durante un mes. En ese momento, se registró una lluvia dantesca con un dato que parecía a todas luces inverosímil: la ciudad había recibido 124 litros de agua por metro cuadrado, en forma de gotas gigantes, según el Senamhi. A simple vista era como si llovieran monedas de un sol durante más de tres horas.

La magnitud de las precipitaciones fue tan potente que la ciudad se vio sumergida en un caos brutal. Todo el sistema de torrenteras se activó porque el caudal bajó desde las montañas con una furia imprevisible. El conducto de la torrentera de la avenida Venezuela encauzó el agua y los escombros dentro de sus límites diseñados por el catastro urbano. Pero, en determinado momento, la naturaleza buscó su cauce natural y produjo los daños que los periódicos nacionales publicaron en portada al día siguiente: cuatro muertos, 4,000 casas afectadas, tres puentes dañados, kilómetros de calles anegadas y una ciudad entera en shock.

Aquel 8 de febrero de 2013 fue el parteaguas, un antes y un después en la vida de la ciudad. El fenómeno de esa tarde agregó un factor capital: el cambio climático en la región. Con una tromba de esa magnitud -tanta lluvia en tan pocas horas-, los tiempos del calentamiento planetario habían desembarcado en Arequipa con la advertencia de que se iba a repetir —y se viene repitiendo—.

Pero para las autoridades, a quienes el cambio climático les ‘sonaba a cantonés’, el tema no había calado. Al contrario, la ciudad continuó con su vida normal e incluso empeoró. Se entregó a la deriva política y al sentido del humor arquitectónico de los ilusionistas de las alcaldías y la Región. Nadie se puso a reflexionar —que alguien me corrija si es lo contrario— en una política integral entre calentamiento climático, adaptación ecológica y prevención de desastres.

Al contrario, la película de horror se repite desde hace doce años. Desde 2013, Arequipa tiene “veranos complicados” cuando se trata de lluvias peligrosas producto del calentamiento climático. En lado más anecdótico, los bypasses se convierten en verdaderas piscinas por la aparente ausencia de drenajes (resulta pertinente preguntarse si los ingenieros de Arequipa conocen ese mecanismo de evacuación). Todos los años surgen esos balnearios al paso. En el lado más lamentable, pasan estos desbordes que vivimos durante estos días. El mantenimiento de las torrenteras es apenas una rutina anual que no está acompañada de una planificación real de la urbe y los condicionamientos que exige el cambio climático. Además nos estamos dando cuenta que muchas partes de los cauces de las torrenteras se han transformado en bonitos departamentos con vista al Indio Dormido.

Y la emergencia regresa. Pero una emergencia no puede ‘regresar’ todos los años desde 2013. Si vuelve a pasar, ya no se trata de emergencia sino de desidia. Desidia de unas autoridades que se han entregado —muchas veces— a la incompetencia, al robo o al facilismo de los mecanismos de “Obras por Impuestos”, para que las grandes empresas ejecuten infraestructura: un modo tramposo de exonerarse de sus tareas de gestión y gobernanza. Desidia colectiva de una población que no presiona a sus autoridades para que tengan una visión integral.

Lo terrible es lo siguiente: se va a repetir y con más frecuencia. Basta observar la interesante recopilación de los aluviones hecha por el periodista Jorge Turpo con datos del arquitecto William Palomino. Hemos pasado del aluvión de 1910 al de 1951; después al de 1980; luego al de 1990; al de 2013; al de 2020; y ahora al de 2026. Cada vez son más próximos, con intervalos de cinco a cuatro años, con las mismas características: quebradas activadas, arrastre caudaloso de rocas, agua y lodo, destrucción de casas y muertos. Ojalá que esta lluvia nos despierte. Que no venga otra que nos haga el amargo favor de despertarnos o matarnos entre rocas.

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