Concurso Literario

Este es el cuento ganador del XIV Concurso Literario «El Búho»

«Ah, bueno. En tu departamento hay cuchillos de acero, puedes elegir uno y cortarle la cabeza—improvisé como un colosal imbécil»

Por El Búho | 22 marzo, 2026

En diciembre de 2025, el jurado calificador del XIV Concurso Literario «El Búho» dio a conocer su veredicto en la categoría Cuento. El ganador fue el escritor trujillano Víctor Andrés López Gonzales, con su obra Bienvenidos.

El jurado compuesto por los reconocidos escritores María Teresa Ruiz Rosas, Bladimiro Centeno y Hugo Velazco Flores, tuvo un arduo trabajo para esta decisión, declarando además tres menciones honrosas. Estos trabajos serán publicados en las próximas semanas. La categoría Crónica fue declarada DESIERTA.

Hoy presentamos el trabajo ganador en CUENTO.

Sobre el autor del cuento ganador

Víctor Andrés López Gonzales (Trujillo, 1996) es abogado, magíster en Derecho Constitucional por la Universidad Privada Antenor Orrego) redactor SEO, asesor de contenido de publicaciones académicas y
escritor literario.
Ganador del Concurso en Memoria de Germán Patrón Candela (CEPROCUT, 2017); del I Premio Literario de Trujillo en la categoría Cuento (Municipalidad Provincial de Trujillo, 2019); del Concurso Literario Provincial ‘Entre la Identidad y la Existencia’ (Municipalidad Provincial de Trujillo, 2021); y del Concurso Literario ‘El Búho’, en la categoría Cuento (El Búho, 2025); Autor de los libros Las llaves (Orem, 2106), Agnósticos (Exlibris Editores, 2018), Designios (FEMT, 2019), Las muertas y los griegos (Letra, 2020), María en tres días (Letra, 2023) y Se anuncia el suspenso (Letra, 2025).

El cuento ganador: Bienvenidos

—No quiero que nos veamos más. Dejémoslo aquí.

Te habías demorado casi una hora en bajar. Yo esperé paciente en el umbral del edificio; para no sucumbir al nerviosismo, mentalmente jugué a ordenar las canciones de Paul Anka de manera alfabética. Cada diez minutos te escribía al celular para asegurarme de que todo estuviera bien. No respondiste. Esperaba, jugaba, escribía, miraba las pinturas del cielo.

Cuando por fin bajaste, en lugar de apresurarme para llegar a tiempo al cine, te apoyaste en el borde de un macetero. Luego vendrían tus palabras terminantes y fatídicas: «Dejémoslo aquí». No supe qué contestar; me limité a observar tus ojos siempre serios y tus pómulos enrojecidos por el fastidio. Al acomodar tu cabello, revelaste un enorme hematoma en tu ceja.

—¿Deseas que me vaya ahora? —interrogué compungido.

—Sí, por favor. Y ya no me hables. Adiós.

—Correcto.

Te abandoné en la entrada del edificio, junto al hipócrita tapete que rezaba Bienvenidos. Dos cuadras de lejanía me bastaron para, terco, girar y retornar hasta el sitio donde aún te encontrabas. Impávida contemplabas un caminito de hormigas; algunas subían por tu polo negro, se confundían con el estampado. Las más libres y desafiantes fueron aplastadas.

Te sentaste en la vereda. Habituado a tus rarezas, te imité.

—Vaya tarde. Qué gris se ha puesto el cielo.

—Quiero matar a mi padre—murmuraste.

—Ah, bueno. En tu departamento hay cuchillos de acero, puedes elegir uno y cortarle la cabeza—improvisé como un colosal imbécil.

—No, esos cuchillos no. Si tuviera un revólver, le dispararía y listo—reflexionaste.

Con mi mano hice la forma de una pistola y la puse sobre tu muslo. Tu efímera sonrisa fue la señal del ablandamiento de tus emociones.

—Yo estoy matando a mi padre —dije.

—¿Cómo?

—Con la memoria. Le devuelvo el favor.

Mi desnuda sinceridad provocó otra sonrisa. Entonces, mencionaste que podíamos ir a deambular por los parques, comprar helados, burlarnos de la gente que sale desmoralizada de sus oficinas. Me paré y te ayudé a ponerte de pie.

Cada paso era un martirio para ti. Te costaba mantener el equilibrio, aunque lo disimulabas haciendo comentarios sobre las pistas. Después de llegar a la avenida, vi la angustia rasgando tus ojos. No pedí permiso: descendí hasta tu cintura y palpé tu cuerpo; no opusiste resistencia, dejabas que actúe como un impetuoso detective.

Subí tu falda. Arañazos.

Plegué tus medias. Marcas sanguinolentas en tus tibias.

Cara a cara, otra vez. Te observé cuidadosamente; además del hematoma en la ceja, tenías partido el labio superior. No respirabas bien.

Sin ninguna coordinación previa, ambos viramos en dirección al condominio. Regresamos. Silenciados por nuestras propias cavilaciones, nos detuvimos en el umbral. Pasaron diez o quince minutos. Ensimismada, susurraste palabras que no logré entender. No te despediste, solo cruzaste la puerta principal rumbo al ascensor. Pude percibir que tus piernas temblaban por el dolor y la ira.

De nuevo, en la entrada, jugué a ordenar alfabéticamente las canciones de Anka, incluso silbé un par de ellas. Alguien me dijo, hace varios años, que a mi padre le encantaba Paul Anka, pero eso no me importaba. Nunca me importó. No quería pensar en él ni en ti, tampoco en lo que ocurriría en las próximas horas.

Asomaba la noche. Para combatir el gélido viento, decidí cantar a viva voz. Intentaba afinar, dar con el tono y el ritmo exactos de cada tema. Unos transeúntes me lanzaron monedas. Reí. Luego, cuando recordé que papá solía cantar antes de agredir a mi madre, callé. Me mordí la lengua, volví a pensar en ti.

Lo primero que hiciste al salir del edificio fue sentarte en el suelo. Te imité. Ambos tiritábamos. Por necesidad, juntamos nuestros cuerpos y nos acomodamos sobre el tapete. Bienvenidos, qué hipócrita.

Vislumbré tus gestos todavía atados a la juventud. No me prestabas atención. Con tus manos cubiertas de sangre, dibujaste en el aire los contornos de un pájaro. También trazabas personitas escuálidas que corrían una detrás de otra. Aquello te entretuvo por extensos minutos. Fueron tus últimos vestigios de inocencia antes de la catástrofe.

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El Búho

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