No había terminado de leer “La Tía Julia y el escribidor” sino hasta ayer, domingo, en la madrugada. Una vez, hacia mediados de los noventa, empecé con las dos o tres primeras páginas, pero lo dejé porque me pareció un poco predecible y plana. A los veinte años uno está en busca de una literatura vibrante que lo haga estremecer hasta la médula y “La Tía Julia” no cumple con esas expectativas. Ahora, después de casi treinta años, mi impresión no ha cambiado mucho y trataré de explicar(me) el porqué de ese desencuentro. Y creo que para ello es necesario explayarme un poco sobre dos asuntos: los diálogos de la novela y el asunto de los radioteatros de Pedro Camacho.
1. LOS DIÁLOGOS. MVLl confesó que, tras mudarse a París, en 1960, perdió contacto con la palpitante realidad peruana y, sobre todo, con el lenguaje tan peculiar de sus gentes. Contó que en sus retornos esporádicos al Perú (una vez al año entre 1960 y 1977 que es cuando se publica “La Tía Julia”) aprovechaba esa circunstancia para recorrer calles y lugares céntricos y así empaparse de esa voz tan esencial para sus personajes. Yo creo que eso explica por qué los personajes de esta novela tienen un lenguaje tan artificial y fingido. Un modo de hablar que quiere sonar criollo y señorial cuando los personajes son de clases sociales altas, y humilde y provinciano cuando hablan los pobres. El habla de esta clase social, según el novelista, es homogénea: no importa de dónde proceden o cuál es su nivel de educación, nunca advertimos en sus entresijos las huellas de un idioma nativo o las características de pertenencia a una comunidad sociolectal determinada. Todos hablan igual. Hasta Pedro Camacho (quizá porque sea boliviano) habla como pobre, incluso los muchachotes argentinos que quieren dar una paliza a Camacho hablan como él (quizá porque son sólo unos simples matarifes).
Se dirá que este uso de esta forma era regla en la Lima de los años cincuenta, pero yo he conversado con muchas personas mayores de distintas clases sociales y nadie hablaba con esos giros tan pintorescos ni con esos peruanismos sacados del diccionario de Arona. En realidad, sólo los personajes de las películas de Pancho Lombardi hablan así y, por consiguiente, casi todos los personajes de nuestra acomplejada industria cinematográfica limeña adolecen de esa artificialidad e impostura rayana en la ridiculez. Se entiende que un escritor que no vive en un país sobre el cual escribe, fracase a la hora de dotarle voz a sus personajes, sobre todo si recurre al dudoso expediente de -como un Tamerlán en traje sastre- recorrer villas y ciudades para hacerse del preciado botín del habla popular.
Ha escrito también MVLl que “jamás viviría en el Perú, es un país de gente triste”; no discutiremos ese dictamen (no sabemos tampoco si siguió pensando así hacia el final de su vida, aunque una lectura rápida de “El Pez en el Agua” y un examen superficial de las preferencias políticas del novelista nos lo corroboren) porque basta con notar las connotaciones peyorativas que tiene la frasecita de marras.
2. LOS RADIOTEATROS DE PEDRO CAMACHO. Si se supone que Pedro Camacho es una caricatura del escritor a destajo, una parodia del escritorzuelo campanudo y quintaesenciado, ¿por qué nos endilga Mario páginas y páginas de esa mala literatura? No se puede negar que algunas de las historias de Pedro Camacho son interesantes y están bien contadas (la del tipo que combate a las ratas y que muere como una de ellas es excelente y el recurso final de confundir historias y personajes en un maremágnum delirante también deleita al lector), pero no se puede uno olvidar de que son parodias y, como tales, bastaban con dos o tres para comprender la intención del autor.
Y, por otro lado, ¿no es sumamente curioso que MVLl haya terminado convirtiéndose, treinta años después, en el propio Pedro Camacho? Bastó con verlo con su ridículo traje de filigranas doradas y su espadita al cinto para sentir un poco de vergüenza ajena o con verlo enmedallado recibiendo de manos de Dina Boluarte un diplomón absurdo (mientras por las calles de Lima aún no se disipaba el olor a pólvora) para estremecernos de pesar. ¿No es, por último, “Los cuadernos de don Rigoberto” la obra cumbre de Pedro Camacho? La caricatura ficticia vuelta realidad en un juego de espejos que Borges incluiría en su Historia Universal de la Infamia.
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Por otra parte, todo sea dicho, hay cosas que sí me han gustado de “La Tía Julia”. Lo principal: el tono flaubertiano de la novela. A mí, todo lo que ha escrito Flaubert me parece una maravilla. Y “La Educación Sentimental” está entre las novelas que amo y amaré toda la vida. En “La Tía Julia y el Escribidor” está presente ese Flaubert que se detiene en la cotidianeidad de las relaciones humanas y que narra el drama de su Bildungsroman con la fría objetividad del sujeto razonable que no quiere incomodar con expresiones de dolor.
MVLl alcanza ese estilo sobre todo en la parte final de la novela, cuando Pedro Camacho ya no nos importuna con sus tremebundos radioteatros y el novelista da rápida cuenta de las peripecias que debe pasar para lograr por fin casarse con la tía Julia. En esas últimas páginas no hay lugar para la fabulación exagerada ni para demostraciones magistrales de manejo de registros literarios. El autor se concentra únicamente en los hechos y nos lo cuenta a un ritmo presto (o prestissimo) que es de agradecer.
Por supuesto, todo lo que cuenta Mario está teñido de cierta ficción, pero el matrimonio con Julia Urquidi y el noviazgo posterior con Patricia tienen el encanto de lo reconocible como realidad objetiva y cercana. No importa mucho cuánto hay de verdad y cuánto de ficción en la novela; nadie en su sano juicio coge una novela esperando encontrar “la verdad” sobre la vida de un escritor. Verdad y ficción son asuntos secundarios al momento de evaluar una obra. “La Tía Julia y el Escribidor” brilla por otras razones ajenas al tema que se relata, pero también tiene sus zonas de penumbra. Lo cual sería de lo más normal si no mantuviéramos, obstinadamente, en la memoria la magistral novela que fue, sólo ocho años antes, “Conversación en la Catedral”.

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