Este ensayo es una protesta por esos compatriotas que se niegan a conocerlo o reconocerlo por rechazo o antipatía, que creo tiene que ver más con el resentimiento que con Mario Vargas Llosa (MVLL). Se trata de lo que esta actitud de rechazo revela respecto a la idiosincrasia, a la identidad cultural de este pueblo, que es el suyo.
I
El rechazo ideológico y empático a MVLL, incluso de parte de sus paisanos, se manifiesta como comentario espasmódico, diatriba mal o bien racionalizada: la frase hipocritona cuando se trata de su persona, de su carácter (sí, escribe bien… pero). Esa mala voluntad para (re)conocer no sólo sus esplendidas virtudes como ser humano, sino el carácter de estas virtudes y su sentido, que se expresa en su vida y en su literatura.
Sin embargo, muchos de sus paisanos lo detestan abierta o veladamente o a media voz, en su propia ciudad. Solo dos ejemplos, que no me parecen excepcionales: una alta autoridad educativa que lo miraba de pasada en la televisión comentó con fuerte voz: “¡otra vez el sabiondo¡”. Un reconocido intelectual recibiendo gratuitamente la copia de un artículo de Vargas Llosa sobre Bob Marley, el reggae y el cannabis, espetó: “¿de todo se ocupa este tío, no?” Tratándose del más famoso de los escritores peruanos en este siglo y en el anterior, ¿no vale la pena preguntar por este rechazo evidente y oculto a la vez?
La mala y escasa lectura en el Perú afecta, es un hecho evidente para quien está vinculado a jóvenes entre 16 a 24 años, pero también las ingenuidades como la de creer que un escritor de talla mundial, con Nobel o sin él, es solo alguien que escribe bien, independientemente de su preparación, su talento, sus valores personales y su peso ético y político especifico. Vargas Llosa está lejos de ser sólo un paisano que escribe bien y nada más.
Si fuera una simple cuestión técnica, se podría llegar a ser un escritor de esa talla con unos buenos cursos de redacción o algo semejante. Pero eso no explica por qué escriben muy bien muchos escritores que no han seguido ningún curso de redacción, ni explica sobre todo, de manera suficiente, la antipatía al escritor que escribe magníficamente bien y que probablemente tampoco ha seguido un curso de redacción en su vida.
Sospecho que también interviene en ese rechazo un resentimiento más o menos profundo contra lo que el escritor peruano representa como persona, como ser humano, seña por seña. Rechazo que no habla de Vargas Llosa sino de la idiosincrasia de los peruanos que opinan sobre él. Apenas es necesario demostrar que en el Perú el resentimiento es una conducta muy extendida socialmente. Está en el aire que se respira. Y no es un simple sentimiento, sino la compleja consecuencia de la impotencia, la pobreza mental, la menesterosa capacidad crítica y autocrítica, los prejuicios y supersticiones: un boomerang envenenado que se lo dispara uno mismo. Una conducta tan extendida como ignorada y no sólo por la multitud, sino también por los muchos intelectuales que no la han abordado como tema de sus pesquisas científicas. Habría que empezar por casa. Solo la literatura lo ha podido expresar crudamente.
¿Qué es más lejano al hombre peruano de a pie, que un hombre muy bien cultivado, independiente, democrático, disciplinado, creador, triunfador, millonario y guapo? Tal vez lo que provoca ese rechazo es precisamente lo que otros ricos y famosos no tienen: la singularidad de la visión, la actitud y la alta conciencia crítica y cívica, el espíritu de rebelión, la originalidad, etc. Es el valor de los seres que se atreven a ser y decir las cosas como son, sin pensar si eso los favorecerá o no, los hará más o menos populares o no. Actitud que es, en el fondo, mal vista en una comunidad que tiene todavía varios rezagos ideológicos premodernos… y más que rezagos.
Aun reconociendo errores y rechazos políticos pasados. ¿Cómo explicar el resentimiento o la antipatía a un ser lleno de cualidades humanas? ¿Por qué tantos peruanos disimulan o niegan esas cualidades como si no existieran, como si no le fueran inherentes? Se le mide sólo por sus supuestos defectos. Hay derecho a sospechar que no es sólo ignorancia. Lo que más sorprende es cierta imagen social sobre el escritor peruano y la manía de no ver lo que no se quiere ver: esa multiplicidad de cualidades que explican una sólida consistencia y su espléndida unidad de estilo: el pensamiento, la creación literaria, la apasionada preocupación política y la coherencia ética, contra viento y marea. Y casi sin defectos humanos, si lo comparamos con otros grandes escritores. Salvo el de no saber hacer nada, como ha denunciado cariñosamente su esposa Patricia.
Esa plenitud se expresa, en síntesis, en su pasión ciudadana que se dilata con la gran inteligencia, la rica imaginación y una fuerza que se traduce en su rigurosa disciplina profesional, en su gran capacidad de acción y producción, en sus múltiples actividades por todo el planeta, en la enorme calidad de su obra, en su tenacidad y consecuencia. Por él sabemos que eso no significa estancarse en los dogmas de la infancia y la adolescencia, sino en el aguerrido afán de cambio y libertad.
Aquí llamamos potencias a esas virtudes para no confundirlas con cierta moralina bobalicona que llama virtud a la bonhomía, a la debilidad, a la falta de carácter o voluntad, a la humildad y a la resignación: el pobre de espíritu. Eso que en peruano se llama «buena gente», que no es más que un adjetivo a punto de hacer sinonimia con la estupidez. Mientras que «virtud» empieza con un prefijo latino («vir») que significa fuerte, resistente, de «material noble», no «buena gente».
Pero hay otra explicación adicional al rechazo antivargasllosiano: su cosmovisión es opuesta y no sólo distinta a la de la mayoría de sus tradicionalistas paisanos, en todos los grupos sociales, porque es uno de los pocos peruanos y el más representativo de lo que supone un liberal genuino (que no tiene que ver con el «neoliberalismo») un demócrata y un republicano. Y eso implica su preocupación auténtica por la «cosa pública», por la res pública. Esto, en una República que debería ser laica, un estado que debería ser ideológicamente neutral. Lo único que ha hecho Vargas Llosa es modernizarse, vivir a la altura de su tiempo y por delante del tiempo peruano, que es aún el pasado, la costumbre, la tradición, contra una genuina modernización ideológica, política, social, etc.
II
Se derivan de lo dicho anteriormente algunos malentendidos que explican también el rechazo en relación a la personalidad de nuestro escritor, que tienen que ver con la diferencia de perspectivas valorativas. Los valores vargasllosianos son incompatibles con los valores reales de la mayoría peruana católica, que nunca se ponen en cuestión, así como los principios o fundamentos de los cuales se derivan esos valores. Eso debido a las características propias de nuestra compleja idiosincrasia peruana predominantemente premoderna y también a la cantidad y el peso de los poderes interesados en que ese examen crítico no se haga jamás: el peso del catolicismo en la cosmovisión de los peruanos y sus consecuencias.
Lo que mostró Mario Vargas Llosa, con la prueba irrebatible del tiempo es un espíritu que se renovaba constantemente a fuerza de creatividad, de producción, de acción gozosa estimulante y estimuladora, en medio de todos los problemas que se ha comprado a lo largo del mundo, pudiendo muy bien darse la «gran vida». Era un joven de 80 y tantos años en la plenitud de sus facultades y de su potencia. Y es el ejemplo viviente para las generaciones presentes y futuras, del humanista que desarrolla todas sus carismas y capacidades.
No es ético negarlas u ocultarlas o rechazarlas, sobre todo cuando se dan juntas en un sólo ser y ese ser es un arequipeño. No es saludable ignorarlo socialmente porque desperdiciamos un personaje valiosísimo y muy nuestro, con inmejorable potencial motivador, es decir, un educador, un gran maestro para las actuales y las nuevas generaciones.
El rechazo de sus paisanos sólo puede ser explicado por la envidia impotente que provoca el tipo humano fuerte y poderoso cuando, además, posee éxito novelesco, riqueza material y espíritu crítico, y que vivió haciendo lo que más le gustaba. La envidia y el resentimiento parecen hipótesis inevitables. Vargas Llosa no podría ser profeta en tierra tan poco liberal, tan poco democrática y tan poco republicana.
Veamos un ejemplo de su personalidad, de sus rasgos éticos característicos y su actitud política, en relación con los de su colega Gabo García Márquez. A lo lejos, con la distancia que da el tiempo, se pueden ver con más claridad las actitudes políticas de los ex amigos más famosos de la literatura mundial en esa época: dos premios Nobel. Gabo aceptó la comodidad y los mimos del poder, olvidando que un intelectual (latinoamericano especialmente) no puede dejar de lado su misión fundamental de crítico del poder, de todo poder, especialmente del poder dictatorial que Vargas Llosa tuvo el valor de denunciar contra la opinión de medio mundo, desde fines de los sesenta, después del genial escritor y mejor hombre que fue Guillermo Cabrera Infante, el primer gran crítico de dicho régimen:
Tenían razón y la historia se las ha dado contundentemente, aunque nadie lo recuerde ahora. La Cuba actual es una confesión viva del fracaso anunciado por el escritor peruano ejerciendo el derecho a disentir desde 1971: «tendremos que seguir, como ayer, como ahora, diciendo no, rebelándonos, exigiendo que se reconozca nuestro derecho a disentir, mostrando de esta manera, viviente y mágica, como solo la literatura puede hacerlo, que el dogma, la censura, la arbitrariedad son también enemigos mortales del progreso y la dignidad humana (…). Nuestras sociedades deben estar alertadas: rechazado o aceptado, perseguido o premiado, el escritor que merezca este nombre seguirá arrojándoles a los hombres el espectáculo no siempre grato de sus miserias y tormentos»
Por su consecuencia y coherencia se ha hecho cientos de enemigos, como los fujimoristas, que tenían el descaro de atribuir la actitud de Vargas Llosa frente a la dictadura más corrupta de la historia peruana, nada menos que al resentimiento, confirmando la audacia de la ignorancia y la estupidez. Por eso jamás entenderán porque Vargas Llosa propugnó a Keiko contra Pedrito. Creían que actuaba por resentimiento. Pero se puede ver que otras eran sus motivaciones. El ladrón cree…¿Quién, por ventura, tendría menos razones en el mundo que Vargas Llosa para ser un resentido?
¿La derrota electoral de los noventa? Sigue odiándonos, alega Keiko, para desautorizar «moralmente» a MVLL ¿No guardó silencio Vargas Llosa durante dos años después de esa derrota política de los noventa, hasta que el delincuente japonés disolvió el Congreso? ¿Es esa la actitud de un resentido? ¿No tenía mil veces más razones para estar resentido el perpetuamente enjaulado ladrón, narco, asesino y esterilizador?
Pero volviendo al colega y ex amigo caribeño de MVLL, no hay lector que no lo quiera, que no adore a Gabo, que no disimule, olvide y perdone su actitud ético política frente a Cuba. Apoyando un sistema obsoleto y cruel para el pueblo cubano, se zurró en la democracia como única posibilidad para salir del subdesarrollo en América Latina, cuando es de verdad. Es muy fácil para un famoso ganarse el aprecio de las dictaduras y sus variadas ventajas y gollerías apoyándolas con todo, haciendo lo (que fue) políticamente correcto hasta hace poco: marketear «dictaduras buenas», como Cuba y Venezuela.
Gabo tuvo décadas para rectificarse y no lo hizo. Vargas Llosa no dudó en incomodarse e ir contra la corriente y caer pesado y hacerse odiar por muchos por defender los principios democráticos y liberales, cuando no estaban de moda y denunciar gobiernos corruptos, dictaduras y dictablandas. Ésa es la diferencia con Gabo. Desde Grecia y Roma eso se llama buena ciudadanía y, Vigil, amor a la Patria. Para lo cual no basta evidentemente con cumplir 18 años y poseer una plastificada de color piscina sucia.
III
La sociedad que no reconoce los méritos de individuos que lo merecen, la necesidad de mitos vivientes, de paradigmas de carne y hueso, de ideales vivos en la formación de niños y jóvenes, desestimula al resto, contribuyendo al caos de autoridad y dirección, sin referentes reales de carne y hueso, sin modelos de conducta, salvo los futbolistas y los esperpénticos personajes de la farándula. Así surgen dirigentes políticos que parecen brotar de la época de las hordas y salen elegidos por mayorías manipuladas desde el nacimiento y toman las riendas del poder político para hacer de las suyas, como ya sabemos los peruanos.
Sin embargo, los paisanos interrogados acerca de la personalidad de Vargas Llosa, responden con un estribillo muy semejante: «sí… pero…». Las clases populares no lo rechazan, pero hay muchas razones para sospechar que no lo conocen y lo leen muy poco si lo leen. Si no lo cree, haga usted mismo su muestreo entre parientes y amigos. Y los peros pueden variar de matiz, pero siempre apuntan a restar méritos, a minusvalorar, ningunear o desconocer lo que en todo el mundo, menos en el Perú —exceptuada la Universidad de Lima— se reconoce: que todo gran escritor supone necesariamente un gran hombre y por eso le dieron el Nobel y no sólo por la obra, como lo declaró expresamente el jurado.
La conducta de un gran escritor, Edgar Allan Poe por ejemplo, no siempre está al alcance de la capacidad estimativa mayoritaria, debido a la baja calidad educativa, los prejuicios y supersticiones, etc. En el caso de MVLL muchos se privan del placer de leerlo y pensarlo en sus artículos y ensayos, aunque hayan leído algunas de sus novelas. Un gran libro de artículos y ensayos, como los que produce nuestro escritor, solo pueden ser posibles gracias a una gran lucidez intelectual, que no puede desligarse de una coherencia ética y política y una preparación larga, constante, apasionada y feliz, como pocas en la literatura mundial.
La solidez cultural que se expresa como (la bien rumiada experiencia de vida que supone) la capacidad de seducción, persuasión y belleza del discurso, el sobrio e impecable manejo del lenguaje que implican su fluidez y transparencia. Todo ello no son meros datos azarosos sino los componentes y la expresión del genio moral, como decía Allan Poe, aunque no todos vean la vinculación entre una cosa y otra.
Tal vez la imagen de Vargas Llosa representa en el inconsciente del detractor, todo lo que ese colectivo apetece inconfesamente, como algo inalcanzable. Por lo menos respecto a lo que aparece en la superficie del éxito mundano (económico, social y político) sin tener en cuenta lo principal: la extraordinaria aventura espiritual y la realización personal o íntima. Todo esto es quizá demasiado en un país maltratado y frustrante: la exuberancia de vida de un poderoso escritor, en el marco de un pueblo educado en la moral del sufrimiento y del dolor, de la obediencia y de la sumisión.
Vargas Llosa es la imagen viva del exitoso, del triunfador, aunque no por el voto popular que en Perú es altamente sospechoso, sino por sus cualidades intrínsecas. Una especie poco comprendida y menos querida y emulada en el Perú: un liberal o libertario. Porque es la imagen del hombre auténticamente moderno en un país básicamente premoderno.
EPILOGO ANECDOTICO
Es absurda mezquindad no reconocer con gratitud la calidad no sólo intelectual y creativa sino ético política de Mario Vargas Llosa. Opino como lector y como testigo beneficiario desde la primera vez que, furtivamente, en clandestina tensión, lleno de temor y de deseo, leía La ciudad y los perros de la biblioteca del doctor Salazar Penailillo (en cuya oficina de Ugarte, dizque practicaba en primero de derecho). Y unos años después, en 1971, cuando lo conocimos físicamente en el auditorio de El Aquelarre en la calle La Merced, con motivo de la presentación de su libro Historia de un deicidio: su hermosa tesis doctoral sobre la obra de su entonces amiguísimo Gabo.
Recuerdo que esa noche irrepetible, fugando de la universidad con la grata complicidad de una compañera, llegamos un poco tarde cuando el auditorio estaba repleto. Lo cual aprovechamos como pretexto para instalarnos de pie, tan adelante, que terminamos a un costado del conferencista sentado solo frente a una mesa pequeña, una Socosani y un vaso, a unos pocos metros de nosotros, ocultos gracias a una piadosa columna.
Esa noche comprendí maravillado cómo se puede convertir una conferencia (actividad que yo consideraba hasta entonces invariablemente pomposa, tediosa e interminable) en una entretenida y simple conversación con un amigo de dicción perfecta, como MVLL. Yo sentía que conversaba conmigo, no que daba una conferencia.
Esa noche comprendí la noción de literatura de nuestro admirado profesor Enrique Ballón, para quien era la declaración de amor específica, de un amor específico, a un ser específico, o sea, sin caer en el estereotipo, el lugar común o la desvergüenza de repetir, como Pedro a María, o fulano a mengano: «María, te amo», «mengano te amo». Y comprendí también, algo horrorizado, por qué la literatura era, literalmente, un deicidio: la muerte de Dios en aras de la creación de un nuevo mundo.
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