Con “El Silencio”, lanzado en mayo de 1992, no sólo se cristaliza la propuesta musical empezada por Caifanes desde mediados de los años ochenta (cuando respondían al nombre de Las Insólitas Imágenes de Aurora), sino que el rock mexicano, tras pasar por mil y un tormentos, desemboca finalmente en aquello que estaba destinado a ser. Quiero decir con esto que “El Silencio” corona un par de décadas oscuras en las que el rock hecho en México tuvo que sortear, haciendo alarde de resistencia, la prohibición y la censura.
En su conjunto de ensayos “Escenas de pudor y liviandad”, Carlos Monsiváis ofrece un examen minucioso de un “hoyo fonqui” y reflexiona con buen criterio acerca de la posición extrema a que se vio obligado el rock en México tras la prohibición de Echeverría. Acaso esa situación crítica tuvo un lado positivo: el empuje y la garra que tuvieron que mostrar los artistas para hacerse oír y el auténtico rol de “outsiders” que jugaron los promotores y amantes del rock.
No es de extrañar por eso que, a principios de los ochenta, las muestras más sólidas y con mayor acogida dentro del panorama del rock fuesen actos relacionados con el blues y el hard rock. La resistencia más básica suele vestir esos juveniles ropajes. Pero conforme se fue desarrollando la década, la influencia de grupos de la movida madrileña y de grupos sudamericanos tuvo un efecto transformador en el panorama del rock en México. Así, Chac Mool o Size ya apuntaban maneras en sus primeras grabaciones y querían escapar del molde preestablecido. “Las Insólitas Imágenes de Aurora”, por ejemplo, no publicó ningún álbum, pero grabó un videoclip de la canción “Safari” en donde Alejandro Marcovich y Saúl Hernández muestran su lado más pijo y juguetón, al mejor estilo de Kaka de Luxe o de Los Secretos.
El rock mexicano estaba cambiando y nuevos espacios se abrían para presenciar a nuevas promesas que debían cantar sus propias composiciones en español. La Sala Rockotitlán fue uno de esos espacios que reemplazó a los emblemáticos “hoyos fonqui” y trajo para la escena mexicana nuevos aires alimentados por bandas y movidas de Europa. El aura de resistencia y de resolución que tenía todo este ambiente en el DF se comprenderá mejor si se recuerda que en 1985 sucedió el terremoto funesto que destruyó, entre otras edificaciones, el legendario Terraza Casino en Colonia Nápoles (donde Agustín Lara constelaba de estrellas las noches románticas de los años cincuenta). Sobre esas cenizas se levantó Rockotitlán, en ese mismo lugar. Cuando WEA ficha a Café Tacvba o cuando Caifanes abre el concierto para Miguel Mateos en el hoy desaparecido Hotel de México, se comprendió que el proyecto “Rock en tu Idioma» estaba marchando sobre ruedas, rompiendo viejos tabúes y dejando atrás un estilo de hacer rock que bandas como El Tri todavía quería mantener vigente, pese a los pasos agigantados con que marchaba la actualidad.
“El Silencio” amalgama una apertura a la modernidad, que provenía de influencias foráneas, con la vocación íntima de conservar las líneas maestras de la identidad mexicana. La hibridez cultural fue la bandera que enarbolaron los primeros grupos de finales de los ochenta. Dicha hibridez en Café Tacvba se recargó de manierismo y exageración; en Caifanes, el áulico y discreto spleen de Saúl Hernández delineó el estilo de la banda. El primer álbum, homónimo, del 88, y el segundo, denominado “El Diablito”, me parecen una preparación para “El Silencio”. El cuarto y último, “El Nervio del Volcán”, pese a tener excelentes canciones, es más una despedida algo forzada que una propuesta sólida. Me gusta mucho “El Diablito”, me lo paso pipa con “El Nervio del Volcán”, pero “El Silencio” es el legado definitivo de Caifanes. El disco esencial del rock mexicano.
Y es paradójico que en su elaboración se sintiesen ya los resquemores de una inminente separación. El quinto corte, por ejemplo, “Nos vamos juntos”, es un desesperado llamado de Saúl a conservar aquella vieja amistad que empezaba a resquebrajarse (Vamos a abrazarnos/ a crecer en paz/ vamos a olvidarnos de flagelarnos/ para querernos…), pese a toda la magia que duró seis años, la disolución estaba sellada. Tras “Nos vamos juntos”, arranca el crudo riff de “No dejes que…”, el himno de la banda, tan coreado en los noventa y que hoy nos abruma de infinita nostalgia. ¿Sentir que es un soplo la vida y que treinta y dos años no es nada? Me acuerdo de aquel ya lejano 1989 y a cuatro muchachotes darkies entonando con estudiada displicencia “La Negra Tomasa”. Que inmediatamente después de este vídeo apareciera Pablito Ruiz con su rotundo hit La Macarena se sentía como muy natural. No podía yo saber, a mis catorce años, que para Caifanes se estaba abriendo una década gloriosa e inolvidable, una década en la que marcarían un hito en la historia del rock hecho en México y del rock en español, en general.
La excelente manufactura del álbum, empezando por su impactante portada en la que, en un rostro tripartito, se conectan imágenes iconográficas cristianas con figuras totémicas de religiones prehispánicas, es otro punto vital que hay que resaltar. La mano de Adrian Belew le confiere un aura clásica al álbum, pero también es verdad que sin su participación el disco seguiría siendo tan bueno como lo oímos.
Lamentablemente, el título del álbum ya era descriptivo del contexto en el que vivía la banda: ya no se hablaban como antes, las discusiones y los encontronazos eran el pan de cada día y la fama y la fortuna había creado entre ellos una distancia insalvable. Sólo quedaba el silencio como único vestigio de una edad dorada en la que todos fuimos felices.

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