Vuelta de tuerca Archives - El Buho http://localhost:8000/elbuho/seccion/vuelta-de-tuerca/ Tue, 18 Feb 2014 00:00:00 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=6.0.2 http://localhost:8000/elbuho/wp-content/uploads/2022/10/favicon.png Vuelta de tuerca Archives - El Buho http://localhost:8000/elbuho/seccion/vuelta-de-tuerca/ 32 32 Una sensibilidad dispersa http://localhost:8000/elbuho/2014/02/18/una-sensibilidad-dispersa/ http://localhost:8000/elbuho/2014/02/18/una-sensibilidad-dispersa/#respond Tue, 18 Feb 2014 00:00:00 +0000 http://localhost:8000/elbuho/?p=5304   Si hay un fenómeno que ha jugado un rol determinante en el proceso seguido por la modernidad después de la segunda guerra mundial es la irrupción de las masas y, junto con ella, el de los medios de comunicación masivos. Esto generó una extraordinaria demanda en el ámbito de la cultura que fue satisfecha […]

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artículo de Pedro Cornejo

 

Si hay un fenómeno que ha jugado un rol determinante en el proceso seguido por la modernidad después de la segunda guerra mundial es la irrupción de las masas y, junto con ella, el de los medios de comunicación masivos. Esto generó una extraordinaria demanda en el ámbito de la cultura que fue satisfecha con el surgimiento de lo que se ha dado en llamar una “cultura de masas”. El nuevo protagonismo de las masas y la difusión de una cultura al alcance de todos, pareció ser coherente con el proceso de democratización de las sociedades avanzadas luego de la segunda guerra mundial.

No obstante, no todos compartían el optimismo respecto a la emergente sociedad y cultura de masas. Desde la Escuela de Frankfurt, pensadores como Theodor Adorno y Max Horkheimer fustigaban implacablemente el nefasto papel de lo que ellos denominaron “industria cultural”, para hacer referencia justamente al sello indeleble de mercancías producidas en serie que, según ellos, tenían los productos de la cultura de masas.

Le correspondió a Walter Benjamin otro filósofo alemán ligado inicialmente a la Escuela de Francfurt la tarea de entender el proceso de recepción de los productos de la cultura de masas como una nueva forma de apropiación de los objetos culturales. En efecto, Benjamin hablaba de una percepción distraída o dispersa que se acostumbra, subrayando así el colapso de toda una manera de relacionarse con la cultura basada en la concentración intelectual y el recogimiento espiritual y el surgimiento de una nueva sensibilidad que poco a poco se habitúa a asimilar los estímulos que la rodean de una manera fundamentalmente dispersa, sensorial, múltiple y simultánea, con resultados obviamente distintos pero no necesariamente mejores ni peores que la anterior sensibilidad a la que pensadores como Adorno y Horkheimer se aferraban.

“Comparemos”, dice Benjamin, “la pantalla sobre la que se desarrolla una película con el lienzo en el que se encuentra una pintura. Este último invita a la contemplación; ante él podemos abandonarnos al fluir de nuestras asociaciones e ideas. Y en cambio no podremos hacerlo ante un plano cinematográfico. Apenas lo hemos registrado con los ojos y ya ha cambiado. No es posible fijarlo”.  Es decir, la actitud contemplativa y de recogimiento no caben dentro de la experiencia perceptiva de la cultura de masas. Por la sencilla razón de que, como dice Iain Chambers, “la cultura popular moviliza lo táctil, lo incidental, lo transitorio, lo desechable, lo visceral”.

Lejos de condenar sin reservas la actitud dispersa y disipada de las masas frente al cine, la radio o, más tarde, la televisión, Benjamin descubre que lo que está surgiendo allí es un nuevo tipo de percepción que “no sucede tanto por la vía de la atención como por la de la costumbre”. En efecto, Benjamin sostiene que “también el disperso puede acostumbrarse”. Más aún, que sólo cuando se ha acostumbrado a la dispersión, es decir, a la percepción simultánea de diferentes estímulos transitorios e incluso efímeros, es capaz de asimilarlos y apropiárselos.

Con el desarrollo de la tecnología digital y de la electrónica, las imágenes de nuestro mundo que proveen los medios masivos de comunicación son crecientemente transitorias y fragmentarias. La información que ellas transmiten es rápidamente consumida. Su circulación es correspondientemente forzada a acelerarse. El tiempo entre recibir y procesar la imagen es progresivamente eliminado. Pero esto no significa que las imágenes dejen de ser procesadas por el espectador que es, en última instancia, el que les da significado a los mensajes producidos por las máquinas. Y ese significado es, más allá de las apariencias, un significado personal en la medida en que responde a las interrogantes, preocupaciones y demandas de cada uno.

 

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El arte de vivir http://localhost:8000/elbuho/2013/12/23/el-arte-de-vivir/ http://localhost:8000/elbuho/2013/12/23/el-arte-de-vivir/#respond Mon, 23 Dec 2013 00:00:00 +0000 http://localhost:8000/elbuho/?p=5117 Basta con darse una vuelta por las principales calles de nuestra ciudad para constatar el continuo ajetreo en el que viven inmersas las desconcertadas gentes que la habitan. Todos corren de un lado a otro como si siempre les faltara tiempo. Y entonces se agitan, aceleran el paso, se atropellan –si van a pie-, tocan […]

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el-arte-de-vivirBasta con darse una vuelta por las principales calles de nuestra ciudad para constatar el continuo ajetreo en el que viven inmersas las desconcertadas gentes que la habitan. Todos corren de un lado a otro como si siempre les faltara tiempo. Y entonces se agitan, aceleran el paso, se atropellan –si van a pie-, tocan la bocina, gritan desaforados, hacen rugir sus motores –si se desplazan en auto- en pos de esos segundos o minutos que, a toda costa, intentan ganar. El tiempo es oro, dicen, y fieles a esa ecuación, hacen lo imposible por convertir cada instante en dinero o algo que se le parezca: algo, en todo caso, que pueda ser ahorrado, acumulado, guardado para mañana. Están convencidos de que así están aprovechando al máximo el tiempo de vida que el destino les ha asignado.

Ya lo dijo Séneca, el gran filósofo romano: “Andan empeñados en demasiadas tareas para poder vivir mejor, equipan la vida a base de gastar vida, dirigen sus pensamientos a la lejanía. Pero, claro el mayor desperdicio de vida es la dilación: ella anula cada día, escamotea lo presente en tanto promete lo de más allá. El mayor estorbo del vivir es la expectativa que depende del mañana y pierde lo de hoy”. Obsesionados con anticipar y planificar el futuro, como si éste fuera algo tangible que uno pudiera modelar a su antojo, no se dan cuenta de la futilidad de su carrera contra el tiempo. Sencillamente porque el tiempo ni se gana ni se pierde: se vive. Y la peor forma de hacerlo es sacrificando nuestro presente en función de un hipotético porvenir que puede no llegar nunca.

Y es que ¿hay algo más incierto que el futuro, incluso el inmediato, ese que parece estar al alcance de nuestras manos? Urdir planes con el falaz propósito de controlar lo venidero nos obliga a ingresar en una vertiginosa espiral de acciones que sólo cobrarán sentido si dichos planes se llevan a cabo, es decir, si el futuro, siempre impredecible, se pliega a nuestros ambiciosos designios. De este modo, el presente se nos escapa de las manos sin que siquiera nos percatemos de ello. Carpe diem, pues, como decía otro gran escritor romano, el poeta Horacio: aprovecha el día y no te fíes del mañana. Porque no hacerlo es tener la ilusión de que vamos a vivir siempre olvidando –o mirando de soslayo- el hecho definitorio de nuestra humana condición que es la mortalidad. En consecuencia, hay que vivir cada día como si fuera el último por la razón elemental y concluyente de que efectivamente puede ser el último.

Pero vivir el día no es lo mismo que vivir al día. No se trata de exaltar la insensatez ni el inmediatismo. Tampoco de renegar de la previsión y la prudencia. Se trata, más bien, de apurar el trago del presente hasta la última gota y de disponerse a afrontar lo que vendrá con tanto ímpetu como serenidad, para lo cual ciertamente deberemos estar en óptimas condiciones. Eso implica cuidarse y tomar ciertos recaudos pero no para dilatar indefinidamente la vejez y la muerte ni para conjurar la incertidumbre del porvenir –ambas cosas totalmente ilusorias- sino para vivir bien el tiempo que nos quede por vivir. No vaya a ser que a la hora del balance final constatemos que de todos los días que vivimos son pocos, muy pocos, los que vale la pena evocar con alegría. Y que todos esos magníficos proyectos en los que consumimos nuestras energías no son otra cosa que el triste recordatorio de lo que dejamos de hacer por pensar desmedidamente en el futuro.

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