Educación virtual

Trocha urbana

Los estudiantes están más acostumbrados que sus profesores a interactuar con una pantalla de celular o computadora. Muchos han interactuado así, con más comodidad que en la vida real, durante toda su corta existencia. Son los mayores los que, a veces, creen que se interactúa con un aparato ignorando la realidad que subyace detrás de ese artilugio. Y no lo digo por los docentes; pues muchos de ellos, en su labor, enfrentan la necesidad de entender este nuevo sistema llamado “educación virtual”; trabajan mucho en adecuar el modelo presencial a las nuevas herramientas y se ven, de pronto, acomodando un espacio de sus casas para recibir digitalmente a sus estudiantes. Con internet que no carga o perros de casa que ladran en plena exposición, se llega a buen puerto. Porque hay que mantener a los estudiantes en actividad, para que la sensación de “tiempo perdido” se esfume y no se postergue más el futuro. Y los tropiezos se aceptan, como el precio a pagar por la dificultad de lo imprevisto.

Pero, cuando no hay un reto educativo de por medio, todo esto es más difícil de entender. Eso sucede con algunos padres de familia que consideran que la educación a distancia no amerita una remuneración y se niegan a pagar pensiones aduciendo que no se utilizan las instalaciones del colegio, sin darse cuenta de que, con tal afirmación, están ignorando el trabajo docente por completo.

La situación es crítica, todos lo sabemos, y es difícil distinguir la paja del trigo; pero, más que nunca, todos dependemos de la buena fe de los demás.

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