Bicentenario con casi nada que celebrar

"Y si algo faltaba para dejar muy en claro de lo que se trataba este Bicentenario, los resultados de las elecciones generales han cuestionado abiertamente el poder en el país y dejado en claro de qué se trata la Democracia"

La Isla de Jonás
bicentenario Perú

Quienes lo esperaban con aquel “espíritu marketero” deben ser los más decepcionados, pero la gran fiesta no será posible. Fundamentalmente ha sido la pandemia la que acabó con la posibilidad de los abrazos de “unidad y armonía” –“Firme y feliz por la unión”- y nos dejó el funesto escenario de realidad que vislumbramos en este bicentenario.

Doscientos años después, el incumplimiento de la promesa republicana es contundente. Y si no nos atrevíamos a hablarlo con honestidad, la pandemia terminó por obligarnos a hacerlo.

Y eso es bueno.

Estábamos listos para la fiesta, una fiesta que nos encontraba en pleno “crecimiento económico” pero llegó el virus.  Y nos reventó en la cara todas nuestras mentiras, todas nuestras diferencias, y un tal “crecimiento económico” que no era el mismo para todos. Fue un contagioso virus de realidad.

Y eso es bueno.

El acceso a los servicios de Salud, la calidad de los mismos; la precariedad de la atención, el nivel de los profesionales y servidores del sector en concordancia con el nivel de los salarios, la infraestructura, etc. ; de igual manera la informalidad de nuestra Economía, el calamitoso nivel de la Educación; por nombrar solo los 3 sectores desnudados absolutamente por la pandemia; deben ocupar todo nuestro diálogo nacional por el Bicentenario.

No tendremos una fiesta, tenemos una tarea, si es que queremos tener un país.

Un episodio fue conmocionante durante la primera mitad del año pasado, si mal no recuerdo; y fue la salida de miles de ciudadanos expulsados del centro de todos los poderes, el centro de su Republica, Lima; por el hambre y la pobreza. Miles de ciudadanos que por las evidentes restricciones de tránsito en pandemia; se echaron a caminar por las carreteras nacionales hacia sus pueblos de origen; familias enteras graficándonos dramáticamente el centralismo, la exclusión; escenas que se repitieron en otras ciudades. No somos ciudadanos en las mismas condiciones, en un país donde, repito; la República es una promesa incumplida.

Pero la pandemia no fue todo lo que nos pasó.  Y si algo faltaba para dejar muy en claro de lo que se trataba este Bicentenario, los resultados de las elecciones generales han cuestionado abiertamente el poder en el país y dejado en claro de qué se trata la Democracia.

Por primera vez el poder real en el Perú no tiene a uno de sus representantes en la presidencia de la República.  No lo tiene hoy día, lo cual no asegura que no pueda tenerlo mañana. De eso se ha tratado estos 200 años, de la seguridad que el poder jamás ha cambiado. Por ello es que Pedro Castillo representa lo inédito, lo que no ha sucedido en el país en 200 años. Por ello es que la derecha peruana, desde la más moderada, denominada “centro”, hasta la más ultraconservadora y radical, el aprofujimorismo, las tendencias neo fascistas; se mantienen hoy en estado de histeria y buscarán que traerse abajo al nuevo gobierno –y con ello al país- desde el primer día de su ejercicio.

Ha sido un terremoto de sinceridad que ha dejado caer muchas caretas.

Y eso también es bueno.

Los últimos 20 años el Perú ha vivido al acecho de una mafia política tratando de retomar el poder absoluto en el país, y todos estos años se la ha derrotado. Si es que la Democracia realmente funciona en el Perú, si la República Democrática es real, será algo que comprobaremos en los siguientes 5 años. De presentarse alguna interrupción en medio de ese periodo, nos demostrará que lo que denominamos “Bicentenario”, no es más que una farsa.

Además de la realidad que nos ha enrostrado la pandemia, y los verdaderos rostros que nos ha revelado la elección del Presidente Pedro Castillo queda aún en agenda aquella incumplida promesa republicana.

Hace 200 años aquella República criolla cerró sus puertas, fundamentalmente a 3 sectores, los indígenas, esclavos y mujeres. No los reconoció como ciudadanos sino a partir de la segunda mitad del siglo XX. Por ello es que son parte del Bicentenario también el reconocimiento de las minorías y las luchas por sus derechos. El tema Mujer, el tema de Afrodescendencia, el tema Indígena y el de minorías sexuales.  Específicamente, en el caso de pueblos indígenas, por ejemplo; cualquier intento serio por querer abordar el tema pasa necesariamente por el reclamo de sus derechos territoriales.

Estos son a grandes rasgos los puntos centrales del debate en el Bicentenario, lo que hemos generado como país. Pero hay una agenda mucho más trascendente, que debiera estar en la mesa del debate a toda hora, y que la pandemia ha revelado también sin que nos decidamos a abordarla con la seriedad que merece. Se trata de la agenda climática, medioambiental. Se trata de reconocer que la manera en la que venimos viviendo los últimos siglos, altera y daña el planeta al punto de amenazar toda forma de vida.

La agenda climática y medioambiental atraviesa la economía, el empleo, la democracia, los derechos individuales; lo atraviesa todo porque tiene que ver con la vida.  Si el debate y las acciones en el Bicentenario no integran este tema, lo más probable es que los futuros peruanos no tengan certeza siquiera de poder arribar a un Centenario más.

 La conmemoración del Bicentenario no puede ser una fiesta, sino el cumplimiento de una tarea, si es que queremos tener un verdadero país.

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