Cuando cae la nevada (*)

"Arequipa es una de las cuatro regiones más bellas que existen en todo el planeta. He dado unas cuantas vueltas por la Tierra y he convenido conmigo mismo, como todos los arequipeños, que así es. Punto"

Columnista invitado
la nevada y Arequipa
Foto: Benjamín Dumas

Un arequipeño fuera de Arequipa es como un actor sin decorado. Suele parecerse a uno de esos personajes de Wald Disney que, sin saber por qué, sale de la pantalla y comienza a moverse sobre un fondo blanco. Ser arequipeño y vivir fuera de Arequipa, da esa sensación. Lo sé porque soy arequipeño.

Por eso en todas partes del mundo y del Perú -este último país para todo arequipeño consciente, es solo una parte del planeta- donde se encuentran arequipeños se los halla tristes y evocadores, llenos de nostalgia como un enorme “caporal” -vaso gigante en el que se bebe la chicha- sumergido en la nada.

Si hay un ser que pueda traducir con propiedad esa sutil palabra, ese etéreo concepto que, los portugueses llaman “saudades”, ese hombre es un arequipeño.

Un arequipeño fuera de Arequipa es una “saudade” viva, pensante, sufriente y, con frecuencia, lacrimosa. Todos los seres del Perú y del mundo que conocen a un arequipeño, lo primero qué notan es su tremendo regionalismo. Se sorprenden y lo acosan, se asombran y secretamente lo envidian.

Naturalmente, no falta alguien que nos pregunta:
-¿Y ustedes por qué son tan regionalistas?
Para satisfacer a tantos que me han hecho y se han hecho la misma pregunta, quisiera continuar ampliando mi tesis, con el permiso de mis paisanos.

La “nevada” viene de cualquier volcán

Decía que un arequipeño fuera de Arequipa es como un actor sin decorado. En efecto, Arequipa es una de las cuatro regiones más bellas que existen en todo el planeta. He dado unas cuantas vueltas por la Tierra y he convenido conmigo mismo, como todos los arequipeños, que así es. Punto.

No voy a hacer la apología del paisaje arequipeño, de su campiña, de sus volcanes. Eso ya lo han hecho la docena de poetas de renombre que tuvieron la suerte de nacer allí. Lo que sí quiero decir es que un arequipeño en medio de tanta belleza es el personaje de una postal. Un arequipeño en Arequipa es parte del gran espectáculo telúrico que baña sus ojos en deslumbrante belleza.

Él es y se siente parte de ese todo. Él es y vive constantemente en medio de esa maravillosa producción de Dios, en technicolor y en cinerama. Es su protagonista. Vive en medio de technicolor…

Por eso, quítesele a la concepcón de un arequipeño ese telón de fondo ¿Y qué queda? Pues eso, un hueco en una postal. Y con ese hueco camina con la vida a cuestas con perforación sangrienta en medio de su “weltanachaung” o su concepción del mundo. Entonces, ¿cómo no quieren que los arequipeños seamos nacionalistas, perdón, quise decir regionalistas? Ahora, un arequipeño en Arequipa es otra cosa.

Es orgulloso, pantorrilludo, impositivo revolucionario, seco, impenetrable, etc. Y acaso la última y peor de las etcéteras es que, de vez en cuando, le da la nevada.

¡Ah! …. la nevada. Ese famoso estado anímico de los arequipeños que es una mezcla de “malas pulgas” y ¡Sanseacabó!, “A mí no me vengan con florcitas en el ojal” y “bandangán”. Vale decir, el equivalente de un huayco psicológico de proporciones. Quizá sea un fenómeno natural.

No vamos a discutir a discutir sobre el probable origen de la nevada, (electricidad atmosférica, ozonificación del aire, aislamiento eléctrico provocado por la sequedad o cualquiera de las teorías que se han inventado hasta la fecha). No.

Vamos a aventurar sobre los probables orígenes de las ganas entre los arequipeños de “echarse” una nevada de vez en cuando por puro gusto. Y luego endosarle a un fenómeno natural.

Un arequipeño en Arequipa necesita de la nevada, como un actor requiere de temperamento. Después de todo, y él lo sabe, tiene el mejor escenario y el mejor decorado del mundo a sus espaldas.

Como en esas óperas Wagnerianas, cargadas de montaje, personajes, ferreterías, mitología, donde el tenor debe, de vez en cuando romper espaldas y gritar para hacerse notar, los arequipeños suelen lanzarse a demostraciones de gran temperamento para hacerse sentir, a ellos mismos, que no todo en Arequipa es paisaje y más paisaje.

En medio de tanta belleza deben probarse a ellos mismos que existen en medio de tanta belleza. La nevada es el grito del “ego” en medio de un ambiente que aplasta por su hermosura.
Y, si así es, ¿por qué los arequipeños se van de Arequipa? ¿Por qué si su tierra es tan linda viven desparramados en Lima y Tokio, la Patagonia y Ancash, Moscú o el río Kwai?

Todo arequipeño ante una pregunta semejante, tiene el derecho de responder con otra pregunta:
¿Y qué hacían los ingleses en la India, los españoles en América y los portugueses en África?
Pues eso mismo hacen muchos arequipeños en este planeta, solo que muchos suelen portarse como los apóstoles.
Van por el mundo revelando a la humanidad las virtudes de Arequipa y las ventajas de ser arequipeño.
No me extrañaría que de seguir la tendencia, toda la Tierra algún día, con suerte, sea como Arequipa.

(*) Texto de José González Málaga (mi padre). Fue periodista y abogado, director del diario Correo.

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