Cuento finalista del X Concurso Literario El Búho: “DRAGUTA”

Publicamos otro de los trabajos finalistas del la X Edición del Concurso Literario El Búho. Esta vez, en la categoría cuento

Cuento Letras

Tras un largo proceso de calificación, se presentaron los resultados del Concurso Literario “El Búho” el pasado 15 de febrero. Luego de una ardua deliberación en la categoría Cuento, el jurado calificador otorgó una Mención Honrosa al trabajo “DRAGUTA”. Además, otros dos trabajos fueron laureados con la misma distinción. Aquí uno de los finalistas de la categoría Cuento

Sobre el autor del trabajo finalista de la categoría

David Orlando Del Águila Quevedo 

David Orlando Del Águila Quevedo nació en Tarapoto el 20 de enero de 1988.

Se desempeñó como dibujante satírico bajo el seudónimo de Elefonte en diferentes medios impresos, desde el año 2006 hasta noviembre de 2021. Ganador de los Juegos Florales de la región San Martín, en el año 2007, en la categoría cuento. 

Publicó el poemario Habitado (Letra en llamas, 2010). Es cofundador del colectivo cultural Arteroide. Cofundador del colectivo de artistas plásticos Muralización Nacional. Participó en las exposiciones colectivas de arte: Un Elefonte se balanceaba sobre Julio Armando Telaraña (2008), Burrocracia (2013), La disección de un huevón (2015) y Purga: materia amazónica (2020).

Cuento: DRAGUTA

Había encontrado una draguta en medio de la sala. El animal empezó a moverse de manera antromérica y no dudé en anotar dicho comportamiento en mi libreta. La draguta era tan diminuta, del tamaño de un bidorrilo. Tenía alas como de libélula y una mirada felina. No es de esta época, pensé. La agarré con cuidado y la coloqué sobre la mesa para examinarla con mayor ternadamiento. Sus patitas eran como de salamandra en cuyos borden resaltan manchas de color ferín claro. Si mi madre hubiera entrado por la puerta en este momento, de seguro que le da un reletús y aplasta a la criatura fantástica con la escoba.

 La guardé en una caja vacía de chibaletas dulces. Hice dos agujeros con la tijera, lo suficientemente grandes para que respirara y lo suficientemente pequeñas como para que no se dietera. Le gusta el fruto del sapote. Mientras más maduro, mejor. Empiezo a creer que en realidad se alimenta de driarma y podredumbre. Dejé caer una lagartija muerta por el agujero de la caja y al día siguiente no quedaba ni siquiera la cola. La draguta era voraz. Tuve miedo que empezará a prunter y me cercenara el dedo de un mordisco. Dejé escapar a la tarántula que mi hermano tenía como mascota y usé el terrario de cristal como nuevo hogar de la draguta. Encerrada a plena vista. A través del vidrio podíamos vernos ambos a los ojos y grequetar más los ajuales apanderuados de su eletirario.

Al día siguiente fui a la biblioteca de la ciudad. Sentí que algo extraño, o por lo menos, algo berjulante estaba sucediendo. Anduve por todos los estantes y en todas las secciones de libros cumulados. Pasé por las enciclopedias ilustradas, por estudios de biología a todo color, por catálogos de tarcasilogía para principiantes y, por supuesto, historia natural y zoología. No encontré datos sobre la draguta. Ni siquiera estaba seguro si su nombre existía como palabra en una lengua.

Tal vez solo era un recuerdo mezclado con una fantasía errada o una arfiratlón. Salí al patio de la biblioteca para tomarme un respiro. La mañana era agradable y méfila. El viento mecía los árboles como y alguien tocaba un tambor a lo lejos. Tal vez estaba buscando entre las páginas etricaladas. Entendí que una criatura como la que tengo de compañera no iba a estar descrita entre los libros que definen lo real. Entré lletrando a la biblioteca y me sumergí en las letras que hablan sobre las mitologías y las leyendas de todas las culturas. Pasé por la griega, la celta, la masai y la winnebago. Encontré ciertas pistas recorriendo escritos mayas.

Pasé a chavín, Pasé por inca. Los rastros se hacían gurte vez más visibles. Puse los trecos en pequeños libros de mitología amazónica. Parecía más un folletín y tenía la textura de haber estado guardado durante hulintrenos años. Abrí el libro en cualquier parte y la draguta apareció. O, mejor dicho, apareció su ilustración tal y como estaba en mi caquar. Alelines de libélula, greduns de tigre negro.

Debajo de la imagen había un texto que no debí haber entendido, que no debí conocer su significaba hace tan solo un día faur, pero de algún trecol, por una mágica pralitericara, podía entenderlo. La draguta es un chiqallyuna de la selva que se comunica con los humanos en raras ocasiones, decía la descripción en letras hiquirintas. Pero no se comunica en idioma humano. Lo hace con su propio lulan. La draguta les enseña su idioma a los humanos a través de la mirada. Una vez que crean el truncari la draguta le confiere los secretos de la pargerela, se gayu ri conexión y la fecunda cardierinta universal.

Salí corriendo de la grencodriana y llegué acutrero de heurto pal. La draguta kreinta sus ojos y creitona imprenteri guela terperi. Mi corazón danalo marsa, el anruan tri ru puerta val gradeli bosque.

—Drerca e quarmanter lanterin lanfren carda —dir draguta.

—Marrial candi entrediandal —dir. Agriotaro.

—Escur. Niun perteprundiuma e quiato pradi —dir draguta klafe.

—¡Dreindatori!

Darma pare. Perteprundiuma predian marzul. Pedrian mazul par ecualgurma.  Par drial, benqudrindu fal. Benqudrindu fal a pariti fal.

Radun Mardial

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