Defensores y villanos

"en nuestro país, por lo general, los resultados de las elecciones terminan sorprendiendo a casi todos. ¿Qué es lo que sucede?"

Trocha urbana

Fue el político italiano Joseph de Maistre (1753-1821), quien acuñó la frase: “cada pueblo o nación tiene el gobierno que merece”. Más de un siglo después, sería el francés André Malraux (1901-1976), quien la modificaría a: “la gente tiene los gobernantes que se le parecen”. Y, en mi modesta opinión, el caso peruano no se ajusta a una ni a la otra suposición. En el Perú, los gobernantes no son lo que merecemos ni se parecen a lo que, en su mayoría, somos. La cosa no es tan clara, porque en nuestro país, por lo general, los resultados de las elecciones terminan sorprendiendo a casi todos. ¿Qué es, entonces, lo que sucede?

En la República independiente del Perú, los resultados electorales son el producto de un amasijo intrincado de factores que emulsionan al calor pasiones del momento, odios históricos y diferencias estructurales. De allí que, los últimos 30 años de elecciones democráticas continuas coincidan con resultados en las urnas que dejan sorprendidos a los protectores del status quo y acentúan la polarización en el país. La situación, desde el 2016, tiene el agravante del surgimiento de una clase política dispuesta a echarse abajo sin disimulo todos los principios democráticos para hacer prevalecer sus intereses.

Esa clase política es la que mantiene un sistema electoral y de partidos que no permite salir a la ciudadanía de ese círculo vicioso de indiferencia y corrupción; que la conduce siempre a una mala representación. Por ejemplo, con 15 mil 693 votos, Esdras Medina, un homófobo fundamentalista, antiderechos y antieducación sexual es representante del millón y pico de habitantes arequipeños. ¿Cómo es eso posible? Pues, con más de 120 candidatos al Congreso, la votación se atomiza, más la mágica cifra repartidora, resultamos “eligiendo” a alguien que la mayoría desconoce.

Algunos dirán que e resultado de las elecciones es responsabilidad de los votantes por no darse el tiempo de conocer a todos los candidatos; pero, la información, si bien es muy importante, no lo es todo al momento de tomar una decisión. La modalidad del voto preferencial, por ejemplo, provoca la falsa expectativa de un voto selectivo; pero, ya se ha visto que un candidato muy votado se queda sin curul cuando su partido no alcanza el porcentaje suficiente a nivel nacional. En resumen, nuestro voto al Congreso, aún mayoritario, no determina quién nos representa. Por ello, en lo personal, considero que la responsabilidad de nuestros pésimos representantes recae tanto en las personas como en el sistema; o, en otras palabras: sí nos merecemos algo mejor.

Un ejemplo de ello es lo que actualmente sucede en la Defensoría del Pueblo. Esta institución, que ha sido víctima en los últimos años de las famosas “repartijas”, ha tenido a la cabeza personajes que han respondido más a agendas políticas que a la defensa de derechos humanos y civiles. No obstante, hoy en día, que se ha quedado sin un Defensor oficialmente designado, son sus trabajadores -ciudadanos comunes- los que están tomando protagonismo para pedir, por ejemplo, que la elección del próximo Defensor del Pueblo sea transparente.

En términos de cómic, podríamos decir que los ciudadanos de bien son más que los villanos; pero, no cuentan con el impulso suficiente para hacer que el sistema ruede hacia el lado de la equidad, la solidaridad y el desarrollo. El espacio para tomar impulso es todavía imperceptible y quizás tengamos que soportar a más malos representantes antes que un sacudón nos despabile y demos el gran salto.  

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