Macron empuja a Francia hacia la tentación de la extrema derecha

El presidente Emmanuel Macron facilitó la posibilidad que la extrema derecha llegue al poder. Gobernó con el discurso de la extrema derecha, con represión en las calles y con un capitalismo a ultranza. Disolvió la Cámara, pero el Rassemblement National, partido de fundación nazi, podría ganar las elecciones legislativas anticipadas.

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Por Efraín Frank Rodríguez, desde París, Francia.

Hace siete años este medio publicó un reportaje sobre el misterioso joven Emmanuel Macron, recientemente electo presidente de Francia. La expectativa -tan grande como la curiosidad- llevó a diversos medios del mundo a preguntarse quién era ese hombre de 39 años que había llegado a la más alta magistratura de la quinta potencia del mundo. Era un hombre salido de las finanzas, exministro de Economía de su antecesor, el presidente François Hollande. Ágil, inteligente, emprendedor, se lanzó a la presidencia con un movimiento creado a su medida, En Marche!, decidido a superar las viejas rencillas de la izquierda y la derecha con medidas de solución pragmática, a modernizar a Francia y, sobre todo, a evitar que la extrema derecha llegue al poder.

Fue tan grande la esperanza -o la ingenuidad- que primero un sector de la clase política lo elevó a  la categoría de ‘Napoleón’ y, por si las botas y las conquistas no fueran suficientes, después lo comparó con ‘Júpiter’, la deidad griega. Siete años después -en un primer mandato, del 2017 al 2022, y en un segundo, del 2022 al 2027-, este Napoleón con corbata no triunfó y sus ‘milagros jupiterianos’ fueron sucesivos errores en la política nacional.

Macron ha defraudado a todo el mundo. No sólo no logró modernizar al país, sino que, por el contrario, lo erosionó socialmente con medidas conservadoras y reabrió la brecha entre la derecha y la izquierda. Ahora le da la oportunidad histórica al partido de extrema derecha, Rassemblement National, de acceder al poder en 2024 con una mayoría parlamentaria, en nuevas elecciones legislativas, tras disolver  constitucional y anticipadamente la Asamblea Nacional.

Rassemblement national, un partido francés de origen nazi

Pero, ¿cómo se llegó a este punto? ¿En qué momento se perdieron todos los horizontes? Francia no es inmune a la ola mundial de la extrema derecha antidemocrática, ni a la del descontento de las clases populares ante a la política tradicional. Sin embargo, se debe agregar dos circunstancias: la existencia de un debilitado sistema político de partidos -donde la izquierda está dividida y la derecha implosionó-, y la deliberada manía de Macron en aplicar la política de la extrema derecha para tratar de ganarle votos y protagonismo a Marine Le Pen, lideresa del partido Rassemblement National. Una verdadera amenaza para la democracia.

Creado bajo el rótulo de Front National -Frente Nacional- en 1972, el Rassemblement National es un producto de Jean Marie Le Pen y de Pierre Bousquet, y de Léon Gaultier, ambos miembros de la Waffen-SS, un escuadrón nazi de operaciones militares de la Segunda Guerra Mundial, además de Roger Holeindre, miembro del grupo clandestino OAS para intervenciones de choque durante la guerra de independencia entre Francia y Argelia. Aunque el partido tuviera roles secundarios en las últimas décadas del siglo XX, este cobró especial protagonismo desde 2002 cuando disputó la segunda vuelta presidencial contra el presidente derechista Jacques Chirac. Francia comenzó a apostar por la extrema derecha ante la decepción de sus gobernantes. Hoy podría ser la mayoría en la Asamblea Nacional.

Antiguo Front National, hoy Rassemblement National (Unidad Nacional) fue fundado por miembros de la armada nazi.

En esencia este grupo se autodenomina como ‘un partido’. Pero en la práctica es una estructura donde se suman todos los racismos y xenofobias. Se rebautizó como Rassemblement National -Unidad Nacional-, bajo la tutela de Marine Le Pen, y se definió como ‘solución a todos los males nacionales’. Sus propuestas gangrenan las mentes del país, las enferman, las perturban, las trastocan hasta la angustia. Y están allí, expandiéndose.

El año de los odios en Francia

¿Por qué es tan gravitante ahora este partido? ¿Qué hizo Macron catapultarlo tanto? Todo se condensa desde 2017 cuando Marine Le Pen enfrentó a Macron en las elecciones presidenciales. Una vez electo para su primer quinquenio, el mandatario identificó al Rassemblement National y a su lideresa como su única rival política. «Mi objetivo es que la extrema derecha no llegue al poder», dijo. El país entero pensó que el presidente generaría un cerco sanitario -al estilo de la política alemana- donde se aísle toda postura, exabrupto o improperio contra los valores y los sentimientos de la nación. Sin embargo, le allanó el camino. Macron empezó a gobernar con posturas de una derecha dura.

Después de perder las elecciones, Marine Le Pen vio inmediatamente en la Asamblea Nacional la arena perfecta para capitalizar el rechazo. Aprovechando un calendario desincronizado -apenas después de la presidencial, Francia vota la elección legislativa-, Le Pen se lanzó como diputada junto a un grupo de militantes de extrema derecha. Un enroque maestro: no sólo fue largamente elegida sino que, fuera de todo cálculo, obtuvo el inaudito registro de 81 diputados de extrema derecha del total de 577 escaños. Nunca habían llegado tan lejos, pese a que se necesiten 289 para controlar la cámara. Macron tenía 350 diputados gracias a un sistema de alianzas y desmontaje político de la derecha y de la izquierda tradicional.

En la misma Asamblea Nacional también se presentó Jean-Luc Melenchon, un viejo cuadro de la galaxia izquierdista francesa. Se había lanzado en la misma elección legislativa -del 2017- con un partido de denominación rebelde: La France Insoumise -La Francia Insumisa-. Discrepante, disruptivo y, sobre todo, muy inteligente, Melenchon venía de las canteras del progresismo francés. Vio que ciertos cuadros de esa la izquierda tradicional se corrían a la derecha. Por eso formó La France Insoumise y dio en el clavo. Se necesitaba un espacio para sembrar un lugar con diversas intenciones progresistas.

La France Insoumise permitió darle un foco de luz a las potentes intenciones de los movimientos feministas, el Partido Ecologista, movimientos sociales y los grupos sindicales. Pero no era el momento de la izquierda porque no aglutina el descontento. No tienen un peso decisivo para hacerle frente a Macron.

En paralelo, el presidente empezó a gobernar -entre 2017 y 2022- fijando como línea política la lógica productivista y la del trabajo para todo el mandato, pero sin consolidar los aspectos sociales. Se centró en reformar el Código de Trabajo, la supresión del Impuesto a la Fortuna para los ricos y estipuló la imperativa, casi urgente, necesidad de mover la masa laboral.

El país parecía desplegarse como una fábrica. Francia ya venía golpeada por varios años de declive y por el poco afecto de los gobernantes hacia el pueblo desde los años 80. En el quinquenio de Macron ese sentimiento se agudizó porque la clase política veía a los franceses poco productivos. Sin embargo, los ciudadanos se sentían abandonados.

Sin ninguna esperanza

La vida continuó con murmullos de descontentos entre dientes, todos siempre atentos a Macron. Nadie avizoró lo que podía pasar. Hasta que algo sobrevoló entre el ambiente que desató la furia del país: un nuevo impuesto ecológico al carburante, de 44 a 55 euros por cada tonelada de carbono emitida.

Para muchos franceses de provincias los autos son importantes porque es su único medio de transporte. Un nuevo impuesto resultaba inadmisible para sus presupuestos familiares. Se sentía una suerte de injusticia en un país que tiene altos impuestos en la vida ciudadana. Además percibían un abandono histórico del Estado. Así, cansados de los reveses económicos por la crisis del 2008 y de las evidentes desigualdades entre las ciudades y los pueblos, comenzaron a protestar hasta transformarse en una impresionante masa de Chalecos Amarillos en 2018. Fue la primera gran prueba de Macron. Y debía responder a la altura, con equilibrio.

Pero el sosiego no estuvo a la altura. Sin vacilarlo, ni siquiera pensarlo, Macron impuso un shock de represión policial de alto voltaje como si diera un puñetazo sobre la mesa contra ‘esos franceses que reclaman siempre’. Las calles se electrizaron y se perdió el control social. Es así que, en el otoño del 2018, miles de Chalecos Amarillos -esa la clase media rural harta de los políticos indolentes- desafiaron al presidente se abalanzaron desde los campos colza, en la Francia profunda, hasta el Arco del Triunfo, en París, para destruirlo.

Enfrentamiento feroz entre manifestantes y la policía al pie de El Arco del Triunfo.  

El mandatario alzó la cabeza dubitativo para ver al pueblo y retiró el impuesto. Pero reprimió preventivamente con fuerza, con tufo autoritario, dejando varios heridos, en especial veintitrés tuertos que resultaron simbólicos. El Estado creador de los Derechos Humanos podía mutilar. Marine Len comenzó a observar a Macron y al descontento social con atención. Había la posibilidad de capitalizar ese descontento para la extrema derecha.

Por su parte, viendo las medidas erráticas de Macron, la bancada de extrema derecha comenzó a arrinconar al presidente con críticas y reconocer en sus actos gubernamentales los gestos de una ideología de derecha, cada vez más áspera, más dura. Esa primera gran marcha fue el divorcio en apenas en un año de gobierno.

Noviembre de 2018. Los Chalecos Amarillos tomaron París para rechazar a Macron.

Convencido de haber escarmentado a los revoltosos, el presidente continuó el juego de la purga social, la reducción de ayudas, los favores a las grandes empresas liberadas de cargas impositivas. Y, cómo no, todo revestido con su aguda arrogancia: «Los franceses son unos ociosos», dijo. «En lugar de armar líos, vayan a buscar trabajo».

Algo se había quebrado entre la gente y el presidente. La voz entubada de Macron se tornó en un histórico eco entre quienes se lanzaron a las calles a reclamar un pan y la clase política que los mandó a conseguir pasteles. Los franceses vivieron la experiencia de las protestas de los Chalecos Amarillos como un rápido quiebre con el presidente. Todo se pudrió desde entonces.

Desmontar el paisaje político

Si el primer pecado mortal de Macron fue pelearse desde el primer momento con su pueblo. El segundo fue la angurria de desestabilizar a los partidos políticos.

Enceguecido en su virilidad política, el presidente se abocó a desarmar el sistema de partidos en sus cinco primeros años de gobierno. Así por ejemplo empezó a mover los hilos del gran capital para atarantar a una derecha acostumbrada a los porcentajes altos, a la jactancia del poder y el dorado de los salones del palacio del Eliseo. Macron les dio carta libre con los poderes financieros.

La derecha -especialmente el partido Les Républicains- cayó enamorada en su verbo solvente. Casi obnubilada, enamorada de ese treintañero en la más alta magistratura, la derecha y junto al centro le sumaron así 350 diputados, el control absoluto de la cámara de los 289 que necesitaba. Macron estaba despegando hacia un gobierno sin límite de velocidad.

Nada lo detenía. Pero no le importó. La salud de su gobierno era lo último. A fin de cuentas, ser presidente de Francia a los 40 años daba cierta noción de inmortalidad e inmunidad. Si había que escarbar entre los muladares de la corrupción, lo haría. Sin ningún problema. Y lo hizo la mañana en que se alió con el expresidente Nicolas Sarkozy, líder del partido de derecha de Les Républicains, investigado y condenado por malversación de dinero público en su campaña electoral de 2012.

El país entero, aún adolorido por las primeras marchas de Los Chalecos Amarillos, por las purgas sociales y por los constantes improperios, veían que el paisaje político se borraba. Muchos comenzaron a girar la cabeza hacia la extrema derecha.

Marine Le Pen, lideresa del partido de extrema derecha, Rassemblement National, capitaliza el descontento en Francia.

Macron creía tener el control y pasó a desmontar el otro flanco. No contento con fagocitar a la derecha, miró de reojo, a la izquierda, y se propuso erosionar al viejo Partido Socialista Francés, ese gran navío de la alta política occidental convertido en un buque fantasma después del gobierno de François Hollande entre 2012 y 2017. Macron lo conocía bien por dentro, pues fue ministro de Economía en el periodo de Hollande. Sabía qué teclas interpretar -las de un mundo liberal y social mezclado- para atraer a los cuadros del partido en un baile de ilusos, sobretodo a los más confundidos, eso quienes ya no diferenciaban las medidas de la socialdemocracia y las del gran capital.

Ese quinquenio, del 2017 al 2022, fueron años de fuego cruzados. La Asamblea Nacional y el Palacio del Eliseo parecían dos discos girando a gran velocidad, a punto de chocar. La France Insoumise denunciaba la deriva autoritaria, la represión en las calles, el ajuste social a las bravas.  El partido Rassemblement National vapuleaba a un presidente cada vez más errático, más impulsivo, más desacreditado.

Las fuerzas en la Asamblea Nacional querían atenazarlo, arrinconarlo. Pero Macron se servía de sus 350 diputados, llegados de todos los horizontes, para salir airoso y aprobar las leyes rápido, como si fueran las decisiones del directorio de una empresa. Comenzó a pulsear leyes contra el asilo y alentar un odio contra los extranjeros. Empezó a metamorfosear su discurso en un campo de ensayo de extrema derecha. La intención: quería captar el espacio de Le Pen.

El panorama político comenzó a dislocarse. En ese elenco se abrieron tres espacios: no había más espectro que la izquierda fuerte de La France Insoumise -con la que muchos no comulga, debilitada por peleas externas e internas-. El del detestado Emmanuel Macron y, cómo no, el partido de fundación nazi de extrema derecha: el Rassemblement National, de Le Pen. La gente hastiada y aún adolorida por la represión, los recortes y la arrogancia comenzó a mirar a la extrema derecha.

Jean Luc Melenchon, líder de La France Insoumise, junto a la coalición de izquierda Le Nouveau Front Populaire.

Pero cosa curiosa, en gesto camaleónico, Macron se parecía cada vez más a la extrema derecha. No dudó en rearmar a la policía como una fuerza de choque, esa misma que se identificada con sindicatos de extrema derecha. Su ministro del Interior, Gerald Darmanin -discreto simpatizante de la derecha dura-, cercó poco a poco a los extranjeros ilegales asociándolos con la inseguridad. La ambición era un país hecho para y por el orden. Y, cómo no, con varios de temas relegados en el tintero como, por ejemplo, la ecología o el feminismo sin ningún avance contundente.

Francia el año 2022, salto al vacío

¿Quién podía parar a Macron? Sordo a cualquier consejo, los plazos se cumplieron en 2022 y se acabó su primer mandato. Sin dudarlo se relanzó, contra viento y marea, a la reelección. El presidente aplicó la fórmula del miedo. Volvió a identificar a Marine Le Pen y le dijo a Francia: «Ella y sus ideas de extrema derecha o yo». La declaración ya parecía una broma pesada.

Como en la campaña de 2017, Macron redujo el espectro político a dos opciones, anulando a la izquierda de Melenchón. Macron decía que él no gobernaría con la incertidumbre, ni con represión, ni con racismo. Esas declaraciones a Le Pen la hacían reír. Ella tenía el verdadero activo para escalar más en el poder: el descontento contra Macron.

Y grosso modo el presidente le allanó el camino. Le hizo el trabajo sucio durante cinco años: le demostró al pueblo que se podía gobernar con posturas rígidas -orden, capitalismo desbocado, modelo anti progresista y social-.

En esa campaña de reelección del 2022, Macron cruzó desesperado un umbral funesto: comenzó a usar el discurso anti inmigrante en la campaña del 2022 para tratar de absorber votos a la extrema derecha. Los franceses fueron a las urnas y dieron por ganador a Macron. Pero el espectro político se redujo a dos opciones. La izquierda de Melenchon ni había pasado a segunda vuelta. Parecía respirar tranquilo.

Pero enseguida vino el clash: el presidente no ganó en las elecciones legislativas, votadas dos semanas después de la presidencial. De tener 350 diputados -en su primer mandato, 2018 a 2022- pasó a tener 245 -necesitaba 289 para tener el control-.

Le Pen obtuvo 90. Y Melenchon, en un esfuerzo colosal logró convencer a los partidos de la izquierda para fundar una coalición llamada la Nueva Unión Popular Ecológica y Social (NUPES) para meter 150 -esta se separaría en octubre de 2023-. La derecha de Les Républicains sacó 100. La cámara se había bloqueado. Nadie podía gobernar.

Intransigente, desesperado, casi enceguecido por su propio ego presidencial, Macron se aprestó a forzar la cámara gracias a sus prerrogativas constitucionales: empezó a gobernar a ritmo de decretazo.

Bastaba que su primera ministra de la época, Elizabeth Borne, invocara el artículo 49.3 de la Constitución y las leyes del Ejecutivo se aprobaran rápido, como si pasaran por un tubo. Una vez, dos veces, tres veces sucesivamente hasta llegar a 22 decretos saltándose la Asamblea Nacional. La gente, ya bastante cansada con el tufo represivo, con el capitalismo desbocado y la agenda social anulada, comenzó a ver que el juego democrático se convertía en una tragicomedia donde un hombre decidía solo por 69 millones de habitantes.  Y aquí se reventaron las cuerdas.

Macron reformó la edad de jubilación y dispuso que los franceses retrasaran la jubilación de 62 a 64 años. Eso provocó una urticaria en una Francia ya tratada de ‘ociosa’, que reclama el pan, pero que no sabía ganárselo. La calle se encendió y se activaron las protestas que sólo fueron contenidas con una intensa represión policial. Le Pen encendió el debate tratando de captar el descontento, la ira, la furia.

Franceses se echaron a las calles contra la reforma de las jubilaciones. Macron retrasó la edad del retiro de 62 a 64 años. Foto AFP

Luego vino la reforma de la ley de inmigración. Para tratar de tener una mayoría absoluta de 289, el presidente negoció con la derecha y obtener sus 100 diputados. Pero la bancada no estaba convencida. Macron les dio posibilidades de introducir reformas inauditas contra los migrantes.

Así se metió en un mismo saco a los estudiantes e investigadores extranjeros, ciudadanos que buscaban la nacionalidad junto los siempre castigados inmigrantes ilegales, todos marcados bajo la etiqueta una carga social. Se propuso la descabellada idea de quitarles la protección básica de salud a los ilegales. Es decir, ni siquiera serían recibidos en los hospitales. Macron no tuvo el apoyo de la derecha y la aprobó por decreto. Una vez más cabra había tirado para el monte con las medidas de extrema derecha.

Una parte de Francia entró en notables contradicciones de concepción social: un tercio de la población francesa proviene de la inmigración, según un estudio del Instituto Nacional de Estudios Demográficos. La gente se preguntó: ¿Qué hacer ante esto? ¿Cómo posicionarse? Y sobretodo, ¿puede la migración entonces representar un mal de nuestro tiempo?

Los tiempos del delirio

Las cartas estaban echadas. Macron trató de llevar el gobierno a las patadas hasta el 2024. Después de una elección europea, en junio, en la que los franceses no eligieron a los candidatos a sus para el Parlamento del continente, el presidente decidió disolver la Asamblea Nacional en búsqueda de una «clarificación» y obtener una mayoría. Reventó el delicado globo de la política francesa.

Marine Le Pen al fin se frotó las manos: comenzó otro enroque maestro. Avizorando el año electoral del 2027, se preparará para las presidenciales, pues tiene un voto duro del 35% y con una campaña podría llegar a un 50%. Para estas elecciones legislativas anticipadas puso a su delfín, un joven de 28 años, llamado Jordan Bardella, para liderar la campaña de las elecciones legislativas anticipadas.

El delfín de la extrema derecha, Jordan Bardella.

Bardella es acaso un nuevo Macron, pero esta vez de la extrema derecha. Ágil, inteligente, emprendedor -como el presidente a sus 39 años-, listo para envenenar el debate con una propuesta fuera de toda lógica: prohibir a las personas que tienen doble nacionalidad -la francesa y otra más- que trabajen en puestos sensibles de la función pública como la defensa o la diplomacia.

El futuro es incierto. Las elecciones legislativas en Francia se votan en dos vueltas eliminatorias. En la primera vuelta, si un candidato tiene más de 12% pasa a segunda vuelta. Si tiene 50% gana la elección de su circunscripción y ya no va a segunda vuelta.

El pasado 30 de junio, el Rassemblement National sacó 33% del voto con una proyección de 230 a 280 posibles diputados. Esta vez la izquierda se alió por su parte, apartando a Melenchon, pero integrando a su grupo La France Insoumise en una colación llamada Le Nouveau Front Populaire -El Nuevo Front Populaire-. Obtuvieron 28% con una proyección de 125 a 165 posibles diputados.

Renaissance -Renacimiento- el partido de Macron agoniza con 20% y una proyección de 70 a 100 diputados. La derecha de Les Républicains tiene un 6% con una proyección de 40 diputados.

Si Rassemblement National gana las elecciones -con 289 diputados y controla la Cámara- hay tres caminos posibles y uno certeros. Macron gobierna con ellos nombrando a un primer ministro -tal vez Jordan Bardella- y tratará de luchar impidiéndoles ejecutar su plan, como una metafórica lucha desde dentro monstruo, como Jonas y la ballena. Si la izquierda gana -poco probable- Macron tratará de generar un cortocircuito cerrándoles el paso desde el Ejecutivo. El otro escenario es que nadie gane la mayoría y arderá la calle hacia un rumbo impensado.

El paso certero es que Macron no ganará la mayoría. Así pagará carísimo haber subestimado a un país que le suplicaba consuelo en lugar de flagelos. Así pagará carísimo haber gobernado con las ideas de la extrema derecha. Un presidente necio que se pensó como el freno contra la extrema derecha, pero que terminó siendo la locomotora que la arrastra al poder. A estas alturas de las cosas la política francesa se resumiría en un viejo verso anónimo de su hermosa tradición literaria: «Hay que observar todos los colores del delirio para contemplar la inocencia». Pero esta vez no se sabe cuántos colores del delirio llegarán, ni cuándo volverá a pasar la inocencia frente a los ojos de este país.

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