Con creciente interés he leído “33 Revoluciones por Minuto: Historia de la Canción Protesta” de Dorian Lynskey, publicado originalmente en 2011 y traducido por Miguel Izquierdo para Malpaso en 2015. Por sus 944 páginas, Lynskey hace desfilar la memoria musical viva de Estados Unidos, con detalladas incursiones por Chile, Jamaica y Sudáfrica. Como lo explica en el apéndice 1, Lynskey pudo haber empezado su monumental obra por los himnos satíricos con los que los goliardos del siglo XIII fustigaban a la Iglesia católica o quizá remontarse todavía hacia más atrás, pero en aras de la concisión se ha ceñido exclusivamente al siglo XX.
¿Qué es la canción protesta? Es aquella composición musical cuyo objetivo es concientizar al oyente sobre algún problema social o sobre alguna injusticia. La canción protesta es política esencialmente. Siempre es un vehículo de resistencia y de denuncia. Y, por supuesto, se reconoce por su cariz valiente y combativo. En tal sentido, Lynskey empieza su repaso por “Strange Fruit”, la sombría pieza que Billie Holiday grabó en 1939 y con la cual se desatarán, años después, los movimientos colectivos por los derechos civiles. La prosa clara y precisa de Lynskey nos hace sentir el impacto y la emotividad de la interpretación de Holiday quien, como aquellas mujeres cautivas en la tienda de Aquiles que lloraban a Patroclo y en el fondo lloraban sus propias penas, así también ella se aferró a esa canción para expresar su propio e íntimo sufrimiento, más allá del álgido tema que la canción denunciaba.
Lynskey no se limita al plano estrictamente musical, su mirada abarca también el aspecto social, político y cultural de cada época que toca. Por ejemplo, cuando pasa al siguiente músico estudiado, Woody Guthrie, no solo extiende ante el lector la deprimida geografía de Oklahoma en los años veinte, sino también pinta un fresco realista de las fricciones entre conservadores y colectivos civiles que abrazaron las canciones de Guthrie como suyas. Lynskey recorre con Guthrie las carreteras y poblados del sur para explicar mejor el impacto que “This Land Is Your Land» ha tenido en la memoria colectiva de los desheredados de la nación. El texto deja en claro que el cántico de Guthrie determinó que Robert Zimmerman se convirtiera un día en Bob Dylan y que, cual aplicado epígono, emprendiera también su aventura por las carreteras.
Al hablar de Dylan, Lynskey desarrolla dos temas delicados: su electrificación (es decir, su renuncia al folk) y su negativa a ser el portavoz de su generación. Este segundo punto es importantísimo porque, conforme avanzamos en la lectura, nos enteramos de que casi todos los músicos que se comprometieron políticamente con su tiempo y publicaron canciones protesta no pudieron sostener esa actitud y, con el tiempo, se convirtieron en caricaturas de sí mismos. Lennon, por ejemplo, se comprometió con diversas causas políticas, pero su música se vio seriamente afectada cuando quiso plasmar esas inquietudes en canciones. Es más, su activismo zigzagueaba peligrosamente entre el compromiso y el relumbrón. Cuando se escarbaba un poco en sus ideas políticas, en vez de encontrar fundamentos, uno se topaba con opiniones bastante antojadizas y pueriles. Ello, por supuesto, no resta un ápice de su talento y trascendencia, pero ya se ve que no es fácil auparse en brazos de las masas y entonar consignas políticas: uno termina revisando la prensa para “enterarse” de las movidas y pescar por ahí alguna idea interesante. Eso fue lo que hizo Neil Young con el tema “Ohio”, que extrajo directamente de un reportaje especial que hizo la revista Life acerca del trágico tiroteo en la universidad de Kent que costó la vida de cuatro estudiantes. Y no es que ese tipo de composición “periodística” esté mal o no sea legítima, pero deja entrever lo dificultoso que es conectar con el sentir de la población. Lennon, para no errarle, abrazó prácticamente todas las causas políticas de izquierda, ¿se puede vivir de ese modo? No, y por eso terminó también claudicando de casi todas o envolviéndolas bajo el aura de una filosofía personal y ambigua. Resulta entonces muy curioso que Dylan haya tenido la sagacidad de ver en qué acabaría su música si aceptaba ser el portavoz del sector proletario americano. Otros no lo vieron así. Penny Rimbaud, el líder de Crass, Billy Bragg, Michael Stipe o Bono las vieron canutas para conjugar el activismo con sus proyectos personales de vida. Tuvieron que buscar un tertium quid que a los sectores más enfervorizados de la izquierda les sonó (y les sonará siempre) a traición.
En la parte final del libro, Lynskey se pregunta si en vez de escribir una historia de la canción protesta no ha escrito más bien su elegía. ¿Tiene lugar en el mundo de hoy la canción protesta? ¿No será una antigualla que sólo viejos dinosaurios, como Roger Waters, se empeñan en reavivar? ¿Qué sentido tiene lo político para una generación digital hiperglobalizada y superinformada? Para que una canción protesta tenga éxito tiene que ser entonada por una multitud convencida de poder cambiar el mundo, pero es posible que hoy en día ese ideal duerma en alguna región oscura del subconsciente. Sin embargo, hace poco pudimos ver a iracundos jóvenes chilenos marchando en las calles al son de “El Baile de los que Sobran” y en Inglaterra, estudiantes británicos protestaban contra el gobierno cambiándole ligeramente la letra al coro de «Love Will Tear Us Apart». Por tanto, no es fácil afirmar tajantemente que la canción protesta esté muerta. Parecía estarlo, por ejemplo, después del 11S hasta que Rage Against the Machine arremetió contra Bush de una manera virulenta y efectiva en términos de mercadeo.
Lo bueno del libro es que Dorian Lynskey sabe de qué habla. Y hace gala desde la primera página de un gusto y una sensibilidad exquisitos. Cuando describe performances de canciones que puede que al lector no le gusten tanto (Public Enemy o Green Day nunca me llamaron mucho la atención), incluso en ese momento puede uno sentir la piel de gallina porque el autor nos ubica en la circunstancia y el contexto precisos. Nina Simone, por ejemplo, cantando por primera vez “Mississippi Goddam” o Fela Kuti interpretando “Zombie” ante una audiencia pasmada en el Berlin Jazz Festival de 1978… Son momentos icónicos en la historia de la música y que conviene, de vez en cuando, revisitar.
Si valoras nuestro contenido, hazte miembro de la #BúhoComunidad. Así podremos seguir haciendo periodismo.