Nada es lo que parece: Mackendrick y la fábula inglesa de The Ladykillers

«“The Ladykillers” nos ubica en un brumoso y encantado King’s Cross, que es presentado en la película no como el típico distrito ferroviario que siempre fue, sino como un mágico bosque de cuentos infantiles».

Por Manuel Rosas Quispe | 19 agosto, 2025
Ladykillers

Alexander Mackendrick (Boston, 1912) fue un director de cine norteamericano que hizo casi toda su carrera en Inglaterra. Asociado con los legendarios estudios Ealing, rodó, de 1949 a 1955, cinco largos que son una muestra acabada de su genio y de su perfección estilística. El último de esos cinco filmes es la comedia negra “The Ladykillers”, conocida en español como “El Quinteto de la Muerte”. Cabe recordar que la década del cincuenta es precisamente recordada como la “Edad de Oro de la Comedia Cinematográfica Británica” debido, entre otros factores, al inmenso aporte de la Casa Ealing y a su planilla de talentosos directores, guionistas y actores. “The Ladykillers” fue un éxito mundial que arrastró a Mackendrick a la vorágine de Hollywood. Algún tiempo después declararía: “Descubrí que, para hacer películas en Hollywood, tienes que ser un gran negociador. No tengo talento para eso… Me di cuenta de que estaba en el negocio equivocado y me fui”. Hace algunos años (cuando TCM era un verdadero canal de clásicos) vi su última película en su incursión hollywoodense: “Don’t Make Waves” (1967), una ñoña comedia sexual que hacía agua por todos lados y que ni Sharon Tate ni Claudia Cardinale lograban salvar. Pero en 1955, Mackendrick estaba en Londres, a punto de hacer historia con una comedia largamente imitada, pero nunca igualada.

“The Ladykillers” nos ubica en un brumoso y encantado King’s Cross, que es presentado en la película no como el típico distrito ferroviario que siempre fue, sino como un mágico bosque de cuentos infantiles en el que vive una extraña viejecita sabia, la señora Wilberforce. En las clases que Mackendrick dictó en el CalArts, el Instituto de las Artes de California, sostuvo que “The Ladykillers” es esencialmente una película de ironías. El aparatoso nombre “Wilberforce” (que nos podría hacer recordar al resuelto abolicionista William Wilberforce) es la primera ironía con la que nos topamos. Esta menuda y laboriosa viejecita que encarna los altos valores de la honestidad y la bondad de los antiguos caballeros ingleses, es viuda y vive con sus cacatúas en un amplio caserón. Ha decidido alquilar un departamento de los altos a algún estudiante en apuros. Una tarde, al salir de la comisaría, una extraña y fantasmal figura sigue a la señora Wilberforce hasta su casa. La secuencia parece los clásicos prolegómenos al asesinato en una película de horror, pero el supuesto asesino es, en realidad, el professor Marcus (una magnífica interpretación de sir Alec Guinness que se merece una ovación de pie), una estrambótica eminencia gris, el cerebro de una pandilla de ladrones que ha elegido la casa de la señora Wilberforce como su centro de operaciones.

La ironía, la materia prima del guion y de la puesta en escena del film, corre a lo largo de la película y marca el derrotero por donde transita la acción. Al principio, por ejemplo, esa sombra que persigue a la señora Wilberforce no es lo que parece, cuando finalmente se presenta como un profesor de música que emplea sus ratos libres en ensayar piezas de cámara con el quinteto que ha armado, tampoco es verdad. La viejecita, menuda e ingenua, tampoco es lo que parece porque -conforme avanza la trama- se va revelando más bien como una persona enérgica que ejerce una notable autoridad sobre sus huéspedes. Los cinco truhanes frente a ella se comportan como cinco colegiales frente a un director de escuela. Y así, la película juega con las apariencias y la realidad. Mackendrick ha dicho que cuando terminó de rodar la película reparó en un detalle que le pareció sugestivo: los creadores del film, él y el guionista Bill Rose, eran los únicos norteamericanos del proyecto. Y ambos habían crecido en el Reino Unido, manteniendo sobre este país una mirada cargada al mismo tiempo de amor y de extrañeza. “The Ladykillers” es una película muy inglesa, admirablemente inglesa… hecha por un par de norteamericanos. Esa mirada de dos expatriados –so faraway so close– de un país que les resulta tan próximo como extraño, es la misma mirada impresa en el film: nada es lo que parece y en cada personaje, en cada plano y en cada secuencia nos espera una grata sorpresa.

En ese sentido, la graciosa fábula de la viejecita y los ladrones nos invita a reflexionar acerca de las apariencias, nos invita a deshacernos de prejuicios y nos hace comprender que ir por la vida ciñéndonos a estereotipos no es una buena idea. Por otro lado, la película de Mackendrick también es una radiografía de la sociedad inglesa de los años cincuenta. Tras la Segunda Guerra, el posicionamiento de Gran Bretaña como potencia imperial ya está en franco declive, la descolonización no puede detenerse y la independencia de la India es un hito histórico incuestionable. Los grandes días del imperio se habían ido para siempre y la sociedad británica veía con estupor que los mundanos problemas del resto del mundo ahora acosan su realidad sin misericordia: radicales diferencias de clases, pobreza, embrutecimiento de la clase obrera, delincuencia, pérdida de la identidad nacional, etc.

El quinteto del professor Marcus (para más gracia, apodado Boccherini) está compuesto por una selección representativa de la sociedad inglesa degradada de esos años: el “Mayor” (Cecil Parker) es una caricatura muy humillante de la clase dominante militar, “One Round” (Danny Green) es el típico tonto de las masas británicas, Harry (Peter Sellers) es un “spiv”, un joven sin futuro que coquetea con el mercado negro y la delincuencia, Louis (Herbert Lorn) es el paria que llegó del extranjero y que no encontró destino en la pérfida Albión. Y la señora Wilberforce, esa dama idealista de temple, es claramente una disminuida Inglaterra ante los múltiples problemas que la acosan. No es casual que su casa sea una antigualla en un cul-de-sac. Ella encarna la Inglaterra eduardiana y aquellos días gloriosos en que la Armada dominaba los mares. Hay un episodio gracioso y repentinamente nostálgico en el que ella, escuchando una melodía proveniente de un disco (que la banda finge interpretar), recuerda su cumpleaños número 21 interrumpido por la muerte de la reina Victoria. No lo recuerda con lástima ni queja, simplemente con una sonrisa de pudor: no se puede continuar una celebración si acaba de morir la reina. Ella está segura de eso. A los ladronzuelos y a nosotros nos causa un poco de gracia ese patético momento. Ella está enternecida. Ella encarna esos antiguos valores. De esta manera, Mackendrick y su guionista, Bill Rose, compusieron esta preciosa oda para Inglaterra, una oda en clave de humor negro, trabajada con minuciosidad y un elocuente sentido de la elegancia. Vale la pena verla.

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