Quinta columna

¿Cómo será la campaña electoral del 2026?

“Una encuesta de Ipsos, de octubre de 2020, señalaba que el 74% de la población peruana ve [la televisión] al menos una vez a la semana para enterarse sobre asuntos de índole política. El 55% respondió que emplea las redes sociales»

Por Alfredo Quintanilla | 17 octubre, 2025

Giovanni Sartori fue un importante intelectual italiano, que desde un enfoque liberal estudió al Estado contemporáneo y los sistemas de partidos políticos que lo sustentan y administran. Publicó dieciséis libros que son fuente de conocimientos en las universidades del planeta, como los de su paisano Maquiavelo. En 1985 escribió que “vivimos en una cultura cuya complejidad es superior a nuestra capacidad de entenderla. La hemos construido nosotros, pero la gente que debería gestionar las sociedades liberal-democráticas, y todos sus problemas políticos, económicos y sociales, ya no tiene la capacidad necesaria para entender qué es lo que está pasando y qué se puede hacer.»

Su libro “Homo videns: la sociedad teledirigida” de 1997 es un intento de entender los cambios producidos desde la difusión de la televisión. Su conclusión es que cambió profundamente al ser humano. ¿Qué pasó? Que el animal racional que por miles de años ha sido el hombre común y corriente, que se entendía hablando, escribiendo y leyendo, ha pasado –desde el niño educado frente al televisor- a pensar y reflexionar menos, a reducir su comprensión de los textos y a creer que la verdad sólo viene de la imagen y se transmite por la televisión, sin necesidad de palabras que la expliquen o justifiquen. Esto es: el hombre se ha hecho más receptivo y pasivo, reacio a la lectura, cuando antes era más crítico e imaginativo de lo que deseaba como vida colectiva.

En nuestro país, “una encuesta de Ipsos, de octubre de 2020, señalaba que el 74% de la población peruana ve [la televisión] al menos una vez a la semana para enterarse sobre asuntos de índole política. El 55% respondió que emplea las redes sociales, mientras los diarios aparecen como tercera opción, con un 48% de usuarios.”[1]

Desde los años 80 la política pasó de la teatralización al espectáculo de masas: las tarimas que antes tenían un solo candidato-actor se llenaron de cantantes y bailarinas para atraer más espectadores y, por otro lado, las entrevistas y la publicidad televisiva fueron ocupando un lugar central en las campañas. Se afirma que los noticieros forman la opinión de las masas, pero desde la elección de outsiders quedó claro que no determinan el voto de las mayorías. No son objetivos ni neutrales: responden a los intereses de dueños y editores, de tal manera que ellos determinan lo que las masas deben ver (y creer que es cierto) y en lo que los políticos deben enfocarse.

El homo videns de Sartori ya llegó: gracias a los smartphones, el hombre y la mujer de toda edad, condición económico-social y cultural, viven sumergidos durante el día y la noche en las redes sociales creadas por las plataformas de la Internet: whattsapp, youtube, tiktok, twitter, facebook, instagram, spotify, etc. donde información, entretenimiento, música y nuevos conocimientos prácticos y teóricos están al alcance de un clic.

El efecto de todo ello en la política es que la democracia ha sido reemplazada por la videocracia, es decir la hegemonía o dominio de la imagen por encima del lenguaje (un ejemplo de ese reduccionismo es que un mensaje de Twitter-X no debe tener más de 280 caracteres). Un axioma que se deriva de esa constatación es que, en política, lo que no ha pasado por la tele o los videos de las redes sociales, no existe.

Hoy, los que saben, afirman que el buen manejo de las redes sociales permitió al equipo de comunicadores de Barack Obama sacar ventaja y ganar las elecciones del 2008 en Estados Unidos y otros dicen que la llamada “primavera árabe” que movilizó a millones de jóvenes desde Túnez, hasta Siria, pasando por Libia y Egipto y que derribó bien asentadas dictaduras, usó como vehículo comunicacional, libre del control estatal, a esas mismas redes.

En el Perú, hasta antes de la pandemia, había -al menos- un celular con conexión a internet en el 78 % de los hogares y “se calcula que en la última década el Perú ha pasado de seis a veinte millones de usuarios a nivel nacional”[2] de las redes sociales. ¿Se podría calcular que hoy, sólo los pobres extremos no tienen acceso a las redes sociales?

Gabriela Vega y María Claudia Augusto estudiaron el uso de las redes sociales que los equipos de campaña de las seis candidaturas más relevantes hicieron durante el primer trimestre del 2021, una coyuntura marcada por la pandemia del Covid 19 que multiplicó el uso de Internet. Así, constataron que, en conjunto, sumaron 3.3 millones de seguidores en Facebook, aunque el conocimiento, las estrategias y el uso, variaron de candidato a candidato y de partido a partido.

La ausencia de militantes en los “partidos” como reflejo del desencanto de la política, sumada a la pandemia, amplió su conversión en maquinarias electorales sin contenido programático o educativo. La campaña de las Elecciones Generales del 2021, a diferencia del pasado ya no se jugó en calles y plazas, pues, disminuyó radicalmente el número de mítines, visitas, desfiles y caravanas de los candidatos. Además, como se prohibió contratar publicidad en televisión y radio, hubo un giro casi forzado de las estrategias electorales hacia el uso de las redes sociales.

Dada la debilidad organizativa partidaria, constataron que “las redes sociales pueden funcionar como sustitutos partidarios, supliendo los vacíos de organización a través de la convocatoria a voluntarios que asuman tareas logísticas o de difusión. O generando cadenas de difusión espontáneas” (p. 271). Sin que nada de esto haya afectado o mermado el peso del caudillismo.

Interesa remarcar la última conclusión del estudio de Vega y Augusto, pues anuncia lo que puede ser la campaña electoral del próximo verano: “Las fake news pueden ganar protagonismo amparadas en cámaras de eco, bots y comercialización de grupos en aplicaciones. Las cámaras de eco impiden una percepción de la realidad en su complejidad, pero también se vuelven un espacio fértil para la propagación de noticias falsas, granjas de trolls y perfiles falsos, así como para la compra de influencers que se utilizan para la manipulación de los votantes.” (p. 298)

Si a ello le sumamos el uso de las diversas opciones de Inteligencia Artificial, podríamos enfrentarnos a un escenario dantesco. Las cuentas secretas de los partidos, y también de sus simpatizantes anónimos, producirían videos que manipulen imágenes, voces y movimientos de candidatos para crear situaciones controvertidas que afecten sus imágenes. Y que esta guerra sucia no pueda controlarse, de manera que se alimente la polarización y, a la vez, la desconfianza generalizada de la ciudadanía.

La consecuencia terrible, que podría sobrevenir, lo denunciaba la filósofa que padeció y estudió al nazismo. Hannah Arendt dijo: «Un pueblo que ya no puede creer en nada, no puede formar una opinión. Se ve privado no sólo de su capacidad de actuar, sino también de su capacidad de pensar y juzgar. Y con gente así puedes hacer lo que quieras». Solo queda, entonces, tener el ojo avizor, para descubrir los gatos que quieren ser liebres y a los lobos disfrazados de ovejas.


[1] Una campaña a tres vueltas / Verónica Ayala Richter y Enrique Patriau en Elecciones 2021. Pandemia, crisis y representación. Ed. Fernando Tuesta PUCP 2022 p. 235

[2] Presencia, uso y gestión de las redes sociales en las campañas presidenciales. Gabriela Vega Franco y María Claudia Augusto en Elecciones 2021. Pandemia, crisis y representación. Ed. Fernando Tuesta. PUCP 2022 p. 270

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Alfredo Quintanilla

Psicólogo, analista político. Ha sido funcionario de la ONPE y es especialista en el sistema electoral. Articulista en diversos medios.