El Verdugo: una tragicomedia genial de Berlanga y Azcona

«No es de extrañar que molestara al franquismo, pues mira con sorna sus viejos mitos como el deber y el patriotismo. El deber para José Luis es asesinar y su patriotismo consiste en servir a una nación insensible y sádica».

Por Manuel Rosas Quispe | 27 octubre, 2025
El Verdugo

Después de rodar dos películas emblemáticas del cine español con Marco Ferreri (El Pisito y El Cochecito), el genial guionista logroñés Rafael Azcona empezó una serie de trabajos esenciales con Luis García Berlanga: Plácido, primero y El Verdugo, después. Más adelante llegarían otras obras igualmente cruciales como, por ejemplo, la trilogía de la familia Leguineche que empieza con “La escopeta nacional” y termina con “Nacional III” en 1982.

Pero centrémonos en “El Verdugo” de 1963. Se trata de una producción hispano-italiana, de allí que el título original también sea “La ballata del Boia”, La Balada del Verdugo, título acaso un poco más poético que la sencilla versión en castellano, y de allí también que el rol protagónico lo desempeñe Nino Manfredi, estrella entonces en ascenso de la comedia italiana que, aunque aún no había hecho “C’eravamo tanto amati”, ese magnífico ejercicio de amarga melancolía pergeñado por Ettore Scola, ya había participado en varias obras maestras de Dino Risi.

Manfredi es José Luis, un empleado de pompas fúnebres que no ha conocido el amor debido a su mortuorio trabajo. Su suerte cambia cuando conoce a Carmen (Emma Penella, para más señas, la divertida Doña Concha de la serie “Aquí no hay quien viva”), ella ha sufrido una suerte similar a la de José Luis porque su padre es el verdugo oficial del estado y debido a ello no ha tenido nunca pretendientes serios. Llevados por ese amor fortuito y muy oportuno, Carmen queda embarazada y para que ambos puedan vivir juntos deciden aprovechar un programa estatal inmobiliario según el cual, al padre de Carmen, por ser funcionario, le corresponde un departamento en un edificio de la ciudad. El problema es que el padre está a punto de jubilarse y ya no es accesitario a ese departamento. Pero no hay problema: José Luis puede heredar su cargo (que además nadie quiere) y todo quedará resuelto. A José Luis se le abre un profundo dilema moral: ¿será capaz de, fríamente, accionar el garrote vil para acabar con la vida de infelices desgraciados? ¿Podrá, en todo caso, sin dinero ni trabajo, abandonar su vida de plácemes con su amada Carmen y su pequeño hijo?

Tras ver la película, es inevitable preguntarse cuánto de Azcona y cuánto de Berlanga hay en ella. Echando un vistazo somero, la película se inscribe dentro de esa saga de “tragedias inmobiliarias” que Azcona escribió con Ferreri a partir de “El Pisito” (1959). Cuando la cámara recorre la Plaza de España o la Gran Vía, con el fondo sonoro de la voz enronquecida de Pepe Isbert, uno se siente dentro de esas tragedias familiares de la clase media madrileña venida abajo que, con humor chispeante y corrosivo, dibujó Rafael Azcona. Se siente casi como una continuación de la tragicomedia de Don Anselmo en “El Cochecito”.

Una escena, por ejemplo, muy “azconiana” y bella es la escena de la boda de José Luis y Carmen. Como son pobres, se casan después de la ceremonia nupcial de una pareja rica. Aprovechan las flores, los adornos, los inciensos, las velas, en fin, todo el atrezzo que ha quedado disponible. Pero lo deben hacer rápidamente ya que los monaguillos empiezan a desmontar el escenario. Al final, los novios se casan prácticamente a oscuras, con un sacerdote apurado por concluir con ese paripé y con los invitados cariacontecidos. Lo sorprendente del asunto es que una boda similar se efectuó entre María Jesús Manrique y el propio Berlanga en 1954. Lo que parecía (a mí, por lo menos) una típica escena esperpéntica de Azcona, es en verdad una experiencia real de Berlanga.

En su libro “Berlanga. Vida y cine de un creador irreverente” (Tusquets, 2021), Miguel Ángel Villena cuenta la infancia y juventud del director español fuertemente impregnadas de la influencia de Blasco Ibáñez, casi como la de todos los valencianos de la Segunda República. Dice Villena: “El imaginario de la obra de Luis García Berlanga se nutre en buena medida de esa Valencia blasquista, fanfarrona y hedonista, autosatisfecha con una huerta que producía tres cosechas al año, genial pero inconstante, amante de los placeres, fenicia y tramposa, alegre y trágica a la vez.” Ese mundo de jocosidad mundana, despreocupada, pero a la vez trágica, es el que nos transmite Berlanga. En “El Verdugo”, el tema central es la pena de muerte y cómo su inexorabilidad puede hacer saltar varios límites morales. Azcona y Berlanga, funcionando como un tándem muy cuajado, oponen la risa corrosiva a ese cuestionamiento serio. Quien último ríe, ríe mejor; pero si la muerte es lo último y definitivo, quien se ríe de ella reirá mejor que nadie.

En “El Verdugo” podemos ver una de las escenas más patéticas y humorísticas del cine español: el verdugo primerizo que sufre vahídos y que es arrastrado (junto al condenado) para que cumpla su papel. Cámara un poco en picado, pabellón de ejecución en gris, y, de espaldas, los dos protagonistas de la escena dirigiéndose al garrote, uno para accionarlo y otro para morir en él. Los dos son llevados casi a la fuerza, pero quien peor lo lleva es el verdugo, José Luis, quien no puede creer que eso le esté pasando.

No hay duda, “El Verdugo” es una obra maestra. No es de extrañar que molestara al franquismo, pues mira con sorna sus viejos mitos como el deber y el patriotismo. El deber para José Luis es asesinar y su patriotismo consiste en servir a una nación insensible y sádica (como lo enuncia el propio Isbert: el garrote es “humano” porque quiebra el cuello de un solo golpe y conserva el cuerpo entero para ser enterrado). La precisa y bella fotografía es de Tonino Delli Colli (fotógrafo de Pasolini).

Si valoras nuestro contenido, hazte miembro de la #BúhoComunidad. Así podremos seguir haciendo periodismo. También puedes apoyarnos uniéndote a nuestro canal de YouTube.