Columnista invitado

La inutilidad de la escritura

«Hace cuarenta años, cuando ya carcomido por el virus de la creación, anuncié a mis allegados mi deseo de consagrarme a la actividad artística, la respuesta fue un mohín de incredulidad»

Por Juan Carlos Rodríguez Farfán | 17 noviembre, 2025

Los aborígenes australianos tienen un concepto muy particular de la topografía y de la realidad. Las colinas, los ríos, las planicies, los bosques, los peñascos no existen por sí mismos. Solo pueden existir si hay un poema, un canto o un relato que los nombre. La realidad física está determinada por el poema. Si no hay poema, no hay realidad. Un río no existe si antes no se le ha cantado, una pradera no existe si antes no se la ha descrito en palabras.

Así, en estos espacios culturales, siempre vigentes en el siglo XXI, se va constituyendo con el transcurrir del tiempo (que en este caso son milenios) una topografía generada por palabras. Los poetas, los trovadores, los narradores, como es de suponer, merecen una alta consideración. La elaboración de un canto está por supuesto sujeta a parámetros y leyes estrictas. La tradición ha ido esculpiendo estéticas, estilos y léxicos sofisticados. Y no podía ser de otra manera: el diseño de un territorio es asunto delicado. Imagínense la existencia de un valle estéril por obra de un poema mal escrito, o peor, que un río, cuyo cauce no desemboque en el mar.

La importancia y consideración del escritor en el Perú del 2025, está muy alejada de sus pares aborígenes en Australia. Si no veamos cuál es la situación de los artífices de la palabra, a la luz de unos cuantos ejemplos. Cuando la vecina del barrio lo interpela sobre su profesión y usted responde: soy escritor, la primera reacción será de asombro escandalizado.

¿Escritor? ¿Y de qué? Cuentos, poemas, obras de teatro, novelas… a medida que va desglosando los géneros literarios, el asombro inicial se irá convirtiendo en desaprobación irreductible. Sin necesidad que lo verbalice, la vecina está pensando “qué manera más tonta de malgastar su tiempo”.

En el Perú del 2025, ser escritor es cualquier cosa, salvo un oficio respetado y prestigioso. Pero si a la misma interpelación inicial de la vecina, usted responde “soy ingeniero de minas”, la actitud de la interlocutora oscilará entre  la  admiración  y  la  envidia.  Pero  aunque  parezca  extraño,  esta desconsideración del escritor viene de lejos. El trabajo literario o intelectual es considerado con desdén. En tiempos recientes, cuando usted decía que su hija o hijo eran abogados o médicos, era motivo de sobra para sacar pecho por la familia entera.

Y un poco más atrás, en el tiempo, decir que su familiar, hermano, primo, era militar, lo catapultaba a usted a un rango de élite. El prestigio de ciertos oficios y profesiones tiene que ver con los modelos ideológicos imperantes en una sociedad dada. Ser ingeniero de minas en el 2025 es ser “ya no ya”, es vestir el traje del perfecto triunfador. Lo que suelen olvidar la sociedad y los hacedores de prestigios es que la posición expectante de este oficio depende de la fluctuación de los comodities en el mercado mundial, que es ahora favorable, pero puede igualmente descender.

No olvidemos que en el fondo este modelo de éxito es una creación de propagandistas de un capitalismo extractador, que no tiene mayor inventiva ni innovación y solo se complace en vendernos un dudoso héroe flanqueado de camionetas 4X4, lentes Ray-ban y billete como cancha para gastar en alcohol y diversiones. Esta imagen del triunfador está atornillada en nuestras mentes, pero oculta las condiciones de cuasi esclavitud en la cual viven estos “triunfadores”, que aceptan sin chistar cadencias de trabajo infernales, gracias al señuelo del grueso salario y del prestigio social.

La incomprensión del oficio de escritor de parte del común de la gente tiene que ver con el concepto de utilidad. ¿Para qué sirve escribir poemas o historias de ficción? Un abogado nos arregla entuertos legales, un médico nos sana de una dolencia, un panadero nos da de comer. Pero un escritor no calma el hambre con el mejor de los poemas, ni resuelve problemas de gasfitería con un sofisticado cuento. El escritor no sirve para nada. El arte es inútil.

Y, sin embargo.

Hace cuarenta años, cuando ya carcomido por el virus de la creación, anuncié a mis allegados mi deseo de consagrarme a la actividad artística, la respuesta fue un mohín de incredulidad. Y no por mi eventual falta de talento, sino porque pensaban que mi empresa no llegaría a buen puerto. “No vas a vivir de tus poemas” fue la lapidaria sentencia. “Estudia Derecho, u otra profesión liberal. En tus tiempos libres escribirás cuantos poemas quieras y mientras tanto no te morirás de hambre”.

El amigo que me aconsejó esta estrategia, cimentada en el mejor sentido común y en su propia experiencia, ya había publicado un notable poemario, siendo abogado en ejercicio. Por un tiempo seguí las consignas del poeta-abogado, estudiando Derecho, intenté escribir con la intermitencia que permitía el aprendizaje y ejercicio de la profesión, hasta el momento en que tuve que admitir que la creación artística me reclamaba una dedicación a tiempo completo. A quien adhiere al esquema diletante promovido por el amigo, en francés lo denominan “peintre de dimanche”, pintor de domingo. Que yo sepa Van Gogh, Cezanne, Picasso, Francis Bacon no fueron pintores de domingo. Fueron pintores los ocho días de la semana y las veinticuatro horas de sus vidas… Había que apostar a la creación artística exclusiva y excluyentemente. Y desde entonces esa ha sido mi apuesta en los últimos cuarenta años.

Por su parte, el amigo poeta-abogado, luego de su prometedor y magnífico primer libro, no publicó un segundo, ni menos un tercero. Su estrategia de fusil a dos cañones, es decir, la combinación de la vía alimentaria y la vía creativa, no le resultó a él mismo.

Pero volvamos al concepto de inutilidad del arte. Con riesgo a ser paradójico, creo que es en la atribuida inutilidad del arte donde reside su grandeza y en donde además puede asentar su capacidad de resistencia. El capitalismo mundializado que nos gobierna ha convertido todo en mercancía. Todas las esferas del quehacer humano están sujetas a la sacrosanta ley de la oferta y la demanda. A la antigua felicidad ahora se la nombra con el bastardo término de rentabilidad. Los valores como libertad, igualdad y fraternidad enarboladas por la Revolución Francesa de 1789 ahora se pueden reducir a “capacidad de compra”. El ciudadano ya no es el alma y sujeto de la República, ahora acabó reemplazado por el omnipotente consumidor. La satisfacción inmediata y compulsiva de los instintos se ha convertido en la búsqueda ontológica del ser humano posmoderno.

En ese contexto es natural que la poesía aparezca como fuera de juego. El libro impreso es un objeto huachafo. Escribir poesía, o cuentos, o novelas u obras de teatro resulta, por lo tanto, actividades huachafas. Pero es en este grosero pragmatismo orquestado por las élites mundiales y repetida luego por el pueblo-consumidor, donde radica la nobleza del arte de escribir. Escribir poemas, cuentos o fábulas es probablemente el último reducto de resistencia frente al cretinismo galopante. Es una mueca de burla frente a este sistema que solo aprecia la ganancia contante y sonante, es un gesto insolente al monstruo formateador, es una arenga por la fantasía.

Escribir es un contrafuerte contra las iglesias castradoras, es una invitación a la preservación de nuestro imaginario personal e intangible, es un pare a la ignorancia arrogante de nuestros gobernantes, es un espacio de diálogo de corazones y cerebros, es una búsqueda de armonía esencial, más allá de proclamadores a la crema chantilly. La escritura es lo que nos ha constituido como pueblo, como país. Y me refiero a las múltiples escrituras, a la que se hace en un papel con la intermediación de vocablos y fonemas, pero igualmente a las grafías provenientes de las culturas precolombinas, a los cantos surgidos desde tiempos inmemoriales y que moldean nuestros sueños y anhelos.

Como los aborígenes australianos, los andinos hemos cantado a nuestros cerros y valles, a nuestros lagos y nevados y en ese cantar hemos constituido una topografía espiritual muy propia y original. Que el imperio tecnológico y mercantil no nos aleje de nosotros mismos. El arte es el último bastión. Su inutilidad es hoy más que nunca de extrema utilidad.

*Texto leído con motivo de la presentación del libro “El amor, un rito funerario” de Juan Carlos Rodríguez Farfán, en el Festival Internacional de Literatura P. Teodoro Sakata Andrade Juliaca, el 24 de octubre 2025.

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Juan Carlos Rodríguez Farfán

Escritor, músico y artista visual. Arequipeño que radicó por una década en Francia. A su retorno, fue director de la Biblioteca Regional Mario Vargas Llosa y actualmente ejerce su arte de manera independiente