Sobre el volcán

El Titanic andino: democracia y falsa representación

«¿Qué peruano, que no haya perdido la razón, puede decir que los congresistas representan los intereses y el sentir de sus representados?»

Por Juan Carlos Valdivia Cano | 30 enero, 2026

Es desesperadamente urgente pensar en un medio para tener mejores representantes. Lo primero que proponemos es re-pensar el concepto de democracia, para justificar la necesidad de considerar requisitos o condiciones para serlo. La segunda es más brava:  sugerir como grupo o individualmente las posibles condiciones o requisitos idóneos y posibles. El problema no es sólo que una enorme cantidad de electores elige mal, sino que casi no tienen a quien elegir. Esto, apesar de la enorme cantidad de candidatos salvo uno o dos que incluso pueden pasar desapercibidos.  Una vez que los partidos eligen candidatos ya es muy tarde: en la segunda vuelta sólo quedan el cáncer o el sida.  

Cuando se sugiere que debería considerarse algunos requisitos mínimos para ser congresista ante la desastrosa perfomance de nuestros congresos y en especial del actual que nos ha llevado al abismo ético político  -tal  como se exige para otros cargos estatales como el de juez, fiscal, magistrado constitucional,  profesor universitario, etc.-  casi siempre se suele  responder que eso no sería democrático. Pues discriminaría a los ciudadanos que no cumplieran o no pudieran cumplir con esas condiciones. Pero nunca hacen explícito el concepto de democracia en que fundan su oposición a todo requisito para cargo público tan determinante como el de congresista.   

Lo único que señalan es que los congresistas se eligen directamente por el pueblo y lo representan. Y dan por sentado que por ello, automáticamente, representan sus intereses y sus anhelos. Y que esa elección tiene mayor valor o peso democrático que los sistemas de elección o nombramiento de las autoridades que citamos (juez, profesor, etc.). Ello, según la famosa teoría del “contrato social” que dio origen al Estado moderno. Se confunde así la ficción conceptual con la realidad. El ideal con la vida concreta. El deber ser con el ser, cuando es solo la teoría de un individuo: J.J. Rousseau.    

Pero después de dos siglos de (inadecuada) aplicación de las ideas rousseaunianas a unas realidades tan poco modernas e ilustradas como la nuestra, ¿qué peruano, que no haya perdido la razón, puede decir que los congresistas representan los intereses y el sentir de sus representados?  Y si no es así y en el Perú estamos convencidos que no es así ¿cómo queda la idea de la democracia en el sentido rousseauniano, si Rousseau mismo consideraba ilegítima una representatividad mal ejercida cuando no toma en cuenta los intereses de los representados, salvo por raquítica excepción?  Sin hablar de la secular crisis de representación, que no es solo privativa de la política.   

El mismo Rousseau, en sensata previsión a una posible mala representación, postulaba la democracia directa, que en las sociedades complejas es casi imposible (16 millones de electores no caben en el local de Abancay). O de alcance extremadamente limitado. O caldo de cultivo para plebiscitos cesarianos. También planteaba la rendición de cuentas y la revocatoria de los malos representantes, que en el Perú no se ejerce porque se ha convertido en un cheque en blanco que es casi un permiso para matar, en cuanto no existe el mandato imperativo que Rousseau postulaba.    

¿Y dónde queda la ficción según la cual los congresistas gozan de mayor alcurnia democrática por ser elegidos directamente por el pueblo, si éste anda altamente manipulado por su magro nivel de consciencia cívica y educativa?  En efecto, las ideas del Contrato Social de Rousseau que se impusieron en la revolución francesa y luego en la mayoría de los estados occidentales de cultura latina fueron eso: ideas humanas. Y como todas las ideas humanas, de carácter histórico producto de condicionamientos de tiempo, lugar, grado de desarrollo, cultura o idiosincrasia, etc. No   verdades eternas y perfectas.

La idea de democracia que nosotros seguimos mimética y dogmáticamente es solo una idea moderna. Una idea que implica y requiere ineludiblemente un cierto grado de educación o de consciencia (como el de la burguesía francesa de la Ilustración) sin lo cual no es una elección democrática “firme” (sino “bamba”), como lo señaló expresamente Norberto Bobbio (Perfiles Liberales no. 147, Bogotá, 1996).

Si el argumento es que todos tienen derecho a elegir sin discriminación ni selección alguna, podemos aplicar perfectamente el argumento jurídico ad absurdum (por el absurdo) y preguntar: ¿por qué no permitir el voto de los niños o de los locos?   ¿no es el mismo problema que generan los millones de peruanos que votaron por Pedro Castillo y su vicepresidenta Dina de Perú Libre?  ¿o prefirieron a Fujimori que a Vargas Llosa? ¿o desdeñaron a Pérez de Cuellar o a Valentín Paniagua?    Porque la diferencia entre los niños y los pueriles electores es de grado, no de natura.  

Muy distinta fue la idea de democracia de origen griego (Isonomía). Y ya que fueron los griegos que la inventaron deberíamos tenerlos en cuenta si queremos remitirnos a “modelos”, máxime si este es el original. Y tenemos que reconocer que de los griegos a nosotros (los países como el Perú) ya no se puede hablar de una evolución o superación del concepto de democracia, solo porque no todos los griegos podían votar y entre nosotros sí, hasta los analfabetos. Al contrario, permitir que todo el mundo vote con sólo tener dieciocho años, sin capacidad de discernimiento, madurez o el mínimo de calidad educativa ha sido suicida para el Perú. Por lo que se puede hablar de una involución más bien.   

A ellos, a los griegos clásicos, jamás se les ocurrió la idea errada y nefasta que todos los seres humanos somos o debemos ser iguales. Y que por tanto, todos tienen derecho a elegir. Esa idea fue posible después de dieciocho siglos de judeo cristianización occidental, de internalización política de las ideas religiosas: la igualdad de todos los seres humanos ante Dios y como hijos de Dios, que ahora ha llegado al extremo feminista de negar toda diferencia entre hombre y mujer, incluidas las diferencias biológicas; o el lenguaje inclusivo, que raya en el retraso mental o anda muy cerca.

 ¿Cómo se puede exigir maestría obligatoriamente para ser profesor universitario, mientras que para ser congresista o presidente de la República nada, salvo la edad? Si los seres humanos crean sus sistemas políticos según sus intereses y necesidades, éstos pueden y deben cambiarlos si provocan más daño que bienestar. Como está ocurriendo ahora. Lo dice el sentido común. La democracia se ha hecho para el hombre, no el hombre para la democracia.

La democracia peruana no es del “pueblo”, que solo es una abstracción. Ni “por el pueblo”, porque las leyes son hechas por un grupo de facinerosos que solo ven exclusivamente sus inmundos intereses. Ni “para el pueblo”, porque en lo que menos piensan los delincuentes que han tomado el congreso y el ejecutivo gracias al voto popular, es en los intereses y necesidades de los peruanos.

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Juan Carlos Valdivia Cano

Abogado y escritor con diversas publicaciones que combinan la filosofía y el derecho, tales como “Cultura y Derecho”, “La Caja de Herramientas”, “Fundamentos de los derechos humanos (una visión heterodoxa)”, “Now, historia, poder y resentimiento”, “El caso de Adán: Ética moderna y moral tradicional en el Derecho Peruano”, entre otras publicaciones.