El homenaje realizado a Juan Guillermo Carpio Muñoz no solo invita a recordar su obra escrita, sino también a revisar su forma de entender la ciudad desde la reflexión. Sociólogo de profesión, Carpio construyó su pensamiento a partir de la observación directa de los barrios, de las dinámicas sociales y de las personas que los habitaban.
Los primeros años de su vida transcurrieron en la avenida Lima, en el tradicional barrio de Vallecito, ubicado en el límite entre la zona urbana y la campiña. Ese entorno fue clave en su manera de comprender el lugar donde vivía. No como un espacio fijo, sino como un territorio marcado por el cruce entre lo urbano y lo rural, una experiencia que más adelante influiría en su forma de pensar la identidad local como un proceso en permanente construcción.
A lo largo de su obra defendió una idea: la identidad no se explica desde la pureza ni desde una tradición inmóvil, sino desde el mestizaje. Un proceso que no se limita a lo biológico, sino que es cultural, histórico y social. En sus investigaciones sostenía que la ciudad se ha construido a partir de sucesivas migraciones y que ese proceso no representa una amenaza, sino una de sus principales fortalezas.
Desde esa mirada, advertía sobre el riesgo de perder la memoria cultural si no se transmite de manera consciente. La identidad, señalaba, no se impone ni se hereda de forma automática. Se aprende en la educación, en la música, en las costumbres y en la vida diaria. Por eso insistió durante años en la necesidad de incorporar la identidad cultural arequipeña en la formación escolar. Una herramienta para comprender el presente y mejorar el futuro.
En ese sentido, su homenaje no se limita a recordar su trayectoria intelectual. También nos permite reconocer lo que sembró y que hoy sigue vigente en quienes investigan, escriben y gestionan cultura. Su legado no es solo bibliográfico. Está presente en las preguntas, en las discusiones actuales y en la necesidad de valorar a quienes piensan la ciudad desde la curiosidad y el compromiso cotidiano.
Arequipa no es solo un discurso
María Antonieta Tejada recordó que Juan Guillermo Carpio no hablaba de la ciudad desde una sana distancia. Vivía lo que escribía. Su arequipeñismo no era una postura intelectual, sino una forma de estar en el mundo. Cantaba, celebraba las costumbres y encontraba sentido en los detalles que conforman la vida rutinaria de la ciudad.
Pablo Fernández Llerena señaló también que Carpio solía reivindicar el tiempo. Recordaba, por ejemplo, que solia decir que agosto era el mes de los vientos, de las cometas y los voladores, y reclamaba que esas prácticas no se pierdan. Para él, esto dotaba de vida a Arequipa y permitía que otros la conozcan desde sus tradiciones.

Una ciudad hecha de migrantes
Arequipa es el resultado de un mestizaje de mestizajes. Españoles que ya eran mestizos, pueblos originarios diversos y, más adelante, nuevas migraciones que siguieron transformando la ciudad.
La pregunta que queda abierta hoy es si esa forma de entender la ciudad sigue vigente. En una Arequipa más grande y compleja, donde el crecimiento muchas veces genera tensiones, la idea de una identidad construida desde el encuentro y no desde la exclusión cobra especial sentido. Carpio advertía que el problema no era el cambio, sino el olvido.
Esa mirada permite enlazar dos debates actuales. Así como resulta urgente reconocer en vida a quienes producen y sostienen cultura, también es necesario recordar que una ciudad que prospera se construye desde el entendimiento y la empatía entre quienes la habitan
Reconocer a quienes sostienen la memoria
El homenaje a Juan Guillermo Carpio Muñoz también fue un reconocimiento colectivo. Durante la ceremonia participaron escritores, historiadores, editores y gestores culturales como Sarco Medina Hinojosa, María Antonieta Tejada, Zoila Vega Salvatierra, Freddy Quito Velázquez, Yuri Vásquez, José Víctor Condori y José Córdova, además de representantes de espacios culturales locales.
Su trabajo no solo preserva recuerdos o investigaciones. También mantiene vivo el diálogo entre lo que Arequipa ha sido y lo que está en proceso de convertirse. Reconocer a quienes construyen memoria cultural mientras están presentes no es solo un acto simbólico. Es una forma de asegurar que la identidad continúe siendo pensada, discutida y transmitida. Tal como Carpio lo entendió y lo dejó sembrado en su obra.

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