El placer de perderse en “La conciencia de Zeno”

«La novela empieza en un presente mundano, ordinario: el doctor S. presentando al público el manuscrito de su paciente. Luego, cuando Zeno toma la palabra el tiempo se desmorona y cae a pedazos. Primero reconstruye un pasado reciente: sus intentos por dejar de fumar, su internamiento fallido en una clínica y su fuga».

Por Manuel Rosas Quispe | 17 febrero, 2026
Zeno

He terminado de leer hoy por la tarde la espléndida novela de Italo Svevo “La Coscienza di Zeno” (“La conciencia de Zeno”, Cátedra, edición de 2008 con la impecable traducción de Carlos Manzano) y aún estoy obnubilado por su brillante ejecución y su maestría. Hay dos razones por las que recomiendo clamorosamente su lectura, dos elementos de la novela que la hacen absolutamente disfrutable.

1. Los magníficos juegos con el tiempo y con la verosimilitud de la narración. La novela empieza en un presente mundano, ordinario: el doctor S. presentando al público el manuscrito de su paciente. Luego, cuando Zeno toma la palabra el tiempo se desmorona y cae a pedazos. Primero reconstruye un pasado reciente: sus intentos por dejar de fumar, su internamiento fallido en una clínica y su fuga. Sin solución de continuidad, Zeno se retrotrae a su infancia, a recuerdos imprecisos y supuestamente sepultados en el olvido. Después narra cronológicamente la muerte de su padre y los devaneos que precedieron a su matrimonio con Augusta. Todos estos episodios son recorridos con un cierto distanciamiento. En realidad, Zeno no quiere confesarse. Al momento de escribir no lo impulsa la voluntad de sincerarse sino la obligatoriedad de la terapia que está siguiendo; terapia, dicho sea de paso, en la que desconfía profundamente.

Ese distanciamiento de los hechos permite que el narrador asuma con ironía y desfachatez lo que está narrando. Da la impresión de que lo que quiere no es ajustarse a la verdad sino desbaratar la terapia psicoanalítica del doctor S. y hacerle quedar en ridículo, por eso Zeno construye un relato lleno de evasivas, recuerdos imprecisos y justificaciones ambiguas. No es una narración limpia ni cronológica, sino una reconstrucción hecha con desconfianza y burla. Ese juego de espejos distorsionados que es su memoria asombra más en la última parte de la novela cuando el doctor le increpa a Zeno por qué no mencionó en su relato un depósito de maderas que Guido Speier poseía. Esa omisión es para el doctor una prueba de que el relato es un cúmulo de mentiras. Para Zeno, siempre irónico y autoindulgente, ese dato es un detalle irrelevante. Pero, de cualquier manera, es sorprendente una novela en cuyo final alguien dude con fundamentos sobre la veracidad de lo narrado. La eficacia de esta técnica narrativa no responde únicamente a la inclusión de un “narrador poco creíble”, hay una labor de miniaturista, un trabajo meticuloso y paciente que sostiene el tono de elegante farsa con que discurre la novela.

Hacia el final hay un gozne temporal inesperado entre el presente de las memorias manuscritas y la realidad “actualizada” del narrador. Inevitablemente, la blanda alimaña que es Zeno ha resistido incólume el paso de las estaciones y ha visto morir a los suyos, más saludables y lozanos que él. Ahora, viejo, pero todavía lascivo, nos narra sus amenas tardes en Lucinico. Ese impactante presente cobra una fuerza atroz cuando estalla la guerra, las vías de tránsito se cortan y la monótona vida de las personas comunes da un vuelco angustioso.

Y para finalizar, el último párrafo que cierra brillantemente la novela es una reflexión acerca del futuro. Zeno, que ha vivido siempre angustiado por enfermedades imaginarias, se imagina una conflagración universal, un apocalipsis definitivo que destruya a la humanidad… “Habrá una explosión enorme que nadie oirá y la tierra, tras recuperar la forma de nebulosa, errará en los cielos libre de parásitos y enfermedades”, sueña Zeno esa catástrofe, la única forma de purificación. Es una visión bastante cercana a la de otros escritores de su tiempo como Thomas Mann o Hermann Hesse que también conjugaron las ideas de enfermedad y progreso para desembocar en un pesimismo existencial. Hay quienes han querido ver en ese final de “La conciencia de Zeno” una premonición de Europa devastada por la guerra. Otros, más cautos, quieren ver allí el génesis de la mala conciencia existencialista. A mí me parece que si dejamos la visión final de Zeno en el contexto mismo de la novela obtendríamos interpretaciones más productivas.

2. La figura del antihéroe. Zeno es un neurótico impostor hipócrita. Un manipulador que aparca su sentido moral cuando le pesa y que lo esgrime enérgico cuando le favorece. Un hipocondríaco autoindulgente y exagerado. Un delicado burgués presto a criticar vehemente las faltas ajenas que en él son justificables. Es perezoso, gandul y de débil voluntad. Su poco valor lo ha empujado a parapetarse detrás de su ironía. Ironiza y se burla porque es incapaz de defender nobles verdades y hacer de ellas un programa de vida. Y con todo eso… ¡Zeno es entrañable! Quizá porque se sabe un perdedor, quizá porque no oculta situaciones y hechos bochornosos que lo delatan. Uno de ellos, el más complejo, psicoanalizable y divertido sucede cuando muere su padre. Zeno narra esas últimas horas con devoción filial. Nos cuenta que su padre, con quien nunca tuvo mucha intimidad, le ha dicho que quiere decirle algo muy importante. Zeno se sorprende y se intriga. Se acerca a él, soporta su chochez y espera ansioso esa palabra que su padre va a decirle. Entre tanto, su padre le reconviene y le recuerda su poca seriedad en todos los asuntos, palabras que a Zeno no le agradan, pero que se las traga. Pasan los días y en el instante supremo de la agonía, cuando su padre está a punto de expirar, se le acerca y… le da una bofetada. Zeno debe aceptar esa última voluntad paterna y además resignarse al murmullo de los criados que comentan a sus espaldas: “¿Sabes que lo último que se padre le confió fue una bofetada?”

Por momentos, un delicado y culto burgués europeo, remilgado y convencido de que el mundo complota contra él, me ha recordado a Humbert Humbert. Ambos son narradores que construyen su relato para justificarse, manipulando al lector con su inteligencia y sofisticación. Sin duda, el estilo de Nabokov le debe mucho a Svevo. Ambos, Humbert Humbert y Zeno Cosini, tienden un manto de delicadas florituras para esconder lo que realmente piensan y lo que realmente son. En ambas novelas, el relato deviene en un palimpsesto cuya verdad es necesario rastrear. Si me apuran, diría que la buena prosa es eso: un enigma, un laberinto, un juego de leyes cambiantes. Y por eso, leer “La conciencia de Zeno” es un gran placer. El placer de la buena literatura.

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