Ardor y juventud en el primer álbum de White Lies

«Harry McVeigh escribe unas letras que Edgar Allan Poe reconocería como herencia suya: amantes muertos, funerales silenciosos, suicidas involuntarios, testamentos horripilantes dictados a la luz de una vela mortecina».

Por Manuel Rosas Quispe | 10 septiembre, 2025
White Lies

Ante la manida pregunta que si el post-punk sí o el post-punk no, que el post-punk sí, pero el post-punk revival no, que por qué el post-punk sí y no el punk a secas, que Marc Hogan tenía razón, pero Simon Reynolds tiene el doble de razón, mi respuesta es siempre una y la misma: A mí que me den todo el post-punk del mundo. Incluso aquel que no hace más que estirar ad nauseam la sombra de Ian Curtis sin añadirle un ápice más de nada, total, ¿para qué? Si ya todos sabemos de qué va la cosa y entre gitanos, etc…

Así que cuando los muchachos de White Lies se convirtieron en aquella mentira piadosa de North Ealing que por MySpace anunciaban liquidaciones y vueltas cíclicas para perderse la vida en algo que valiera la pena, me dije, mira, he aquí una nueva generación deprimida, unos continuadores inmediatos de Interpol o de Editors y unas baldosas más que añadirle al largo y tortuoso camino de Joy Division. Pues, qué bien. Y si, además, la producción corría a cargo de Ed Buller y Max Dingel, responsables de ese sonido brillante y fastuoso de Pulp o de The Killers, pues mejor. Y si el álbum se abre con el dilema de dilemas, perder la vida o perder el amor (Harry McVeigh enfurruñado mientras que por la sangre le corre lo mismo la angustia que el desparpajo ochentero), mejor todavía.

¿De qué se trata -después de todo- la vida cuando tienes veinte años? ¿No se trata de brillar en la noche con total intensidad hasta consumirse y ser entonces un destello que sólo vive en la memoria pero que aún enceguece la mirada? Un chisporroteo. Una lumbre satisfecha de sí misma. Después de “To Lose My Life…”, White Lies ha seguido en la brega con álbumes acaso un poco menos “adolescentes”, “As I Try Not To Fall Apart” de 2022, por ejemplo, reflexiona acerca de la pandemia, mira con ojos inquisitivos la soledad y el desamor y amalgama esos sentimientos con sonidos futuristas.

Pero en 2009, los muchachos no querían asumir esa mirada adulta, en aquel año, el deseo de ser jovenzuelos góticos jugando a ser Robert Smith era más que suficiente. Y “To Lose My Life…” es un disco así de brillante, de juvenil, de oscuro. Harry McVeigh escribe unas letras que Edgar Allan Poe reconocería como herencia suya: amantes muertos, funerales silenciosos, suicidas involuntarios, testamentos horripilantes dictados a la luz de una vela mortecina… ¿Qué puede ser más joven, más ardorosamente joven, que ese afán gótico que se resuelve en literatura de dudosa reputación?

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