Historias de Arequipa: ciudad donde se izaban pendones y se veneraban cañones

«el viernes 30 de enero de 1885 un gentío procesionó marcialmente, trasladando los famosos cañones ´de a 9´ de la maestranza ferrocarrilera al cuartel de artillería»

Por El Búho | 22 febrero, 2026
Arequipa historias

En la Arequipa del siglo XIX no sólo se izaban pendones (en las picanterías) sino que se hacían cañones (en la maestranza del ferrocarril). Los cañones que se hicieron a fines del ’84 y principios del ’85 fueron objeto de la veneración pública. Así, el viernes 30 de enero de 1885 un gentío procesionó marcialmente, trasladando los famosos cañones “de a 9” de la maestranza ferrocarrilera al cuartel de artillería, no sin antes pasearlos –como trofeo del avance tecnológico- por las principales calles de la ciudad y rematar el acto con un lunch popular, ofrecido por los oficiales de artillería.

El 22 de febrero del mismo año, hubo un paseo militar, en que una brigada de artillería exhibió 4 flamantes cañones, con su respectiva “dotación de artilleros y buenas mulas”; y una compacta multitud aplaudió los artefactos guerreros.

La prueba de fuego de los cañones arequipeños se realizó el martes 24 de febrero en la pampa de Miraflores, cuando el Presidente de la República –general Cáceres- presidiendo un concurso exclusivamente militar, presencia los primeros disparos de las novísimas armas. La prueba tuvo éxito: los cañones dispararon. Y seguramente después de algunos ajustes, los artilleros dispusieron la realización de una exhibición pública de tiro que se efectuó el 17 de abril. ¡Nada menos que en la Plaza de Armas (no se asuste estimado lector de Texao, que la Catedral quedó indemne, pues los disparos, apadrinados por el alcalde Luis Llosa, fueron sólo con pólvora y no con bala).

La prueba pública con balas di ‘a’ verdá se realizó el sábado 2 de mayo en el Cerro Colorado. Allá fueron el Ministro de Guerra, autoridades locales y centenares de arequipeños que quedaron boquiabiertos con los estruendosos disparos, que para felicidad máxima, no sólo impulsaron las balas de acero, sino que dieron en blanco desatando interminables vítores de los testigos.

En esta ocasión, después de un suculento lunch, que seguro comieron entre el olor a la pólvora, artilleros y testigos regresaron a Arequipala ciudad. Precedidos por una banda de guerra, pasearon los exitosos cañones por las calles céntricas. Estas estuvieron atestadas de paisanos que no pudiendo ir hasta el Cerro Colorado, recibían alborozados a los que presenciaron el triunfo de la tecnología casera. Mi estimado lector: hoy que los arequipeños –en materia de tecnología bélica-no hacemos ni cachas, haga el favor de cerrar la boca, quítese el sombrero, métase al túnel del tiempo y aplauda a José Morales Alpaca y a los técnicos y operarios de la maestranza ferrocarrilera.

(En las citas textuales de esta obra se respeta la ortografía de los originales)

Juan Guillermo Carpio Muñoz

Texao. Arequipa y Mostajo. La Historia de un Pueblo y un Hombre.

TOMO III. Págs. 33 – 34

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