El domingo 1 de marzo fue un día frenético para las Cancillerías de Francia, Alemania y el Reino Unido. Mientras los Estados Unidos e Israel realizaban la operación Furia Épica contra Irán, que se saldó con la muerte de su líder supremo Ali Khamenei, Francia, Alemania y el Reino Unido calculaban el desastre que tanto temían: una guerra a flanco abierto en el Medio Oriente. Desde los ataques entre Israel e Irán en junio de 2025, en la ‘Guerra de los Doce Días’, Europa ya advertía los escenarios que se viven hoy.
Conforme fueron pasando las horas del domingo pasado, la prensa internacional habló de la ilegalidad de la intervención, según el marco del Derecho Internacional. La operación militar no había sido autorizada por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Ni tampoco tenía la validez del Congreso de los Estados Unidos. En medio de la ola de misiles en el Medio Oriente, la Comisión de la Unión Europea (UE), uno de los principales órganos de gobierno del bloque comunitario, sacó un pronunciamiento que condenaba las respuestas de Irán, pero no mencionaba las acciones de Estados Unidos e Israel que ya ha sido calificada de ilegales por los expertos. Se esperaba una acción conjunta de los veintisiete miembros. Sin embargo, las principales potencias del grupo empezaron a actuar en función de sus intereses y además por presiones de Washington.
Aunque el Reino Unido ya no es parte de la UE, su participación con el bloque es fundamental. En medio del polvorín, los británicos se sumaron a Alemania y Francia para sellar comunicado conjunto de intervención defensiva por sus aliados en la zona. «Vamos a adoptar medidas para defender nuestros intereses y los de nuestros aliados en la región, potencialmente activando las acciones defensivas necesarias y proporcionadas para destruir en origen la capacidad de Irán para disparar misiles y drones», indicaron los tres países.
Tres potencias mundiales, de las cuales dos, Francia y el Reino Unido, poseen armas atómicas, se repartían roles en el teatro bélico liderado por Estados Unidos e Israel. La noticia tuvo el efecto de una bomba entre la población europea.
Fuego en Europa
Ya con el comunicado firmado, Irán comenzó a responder con fuego contra Israel, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Qatar, Kuwait, Irak, Omán y ahora Turquía. Más de 460 misiles fueron en las primeras 48 horas hacia bases estadounidenses, ciudades de Israel e infraestructura civil de sus vecinos. Cuando un misil iraní cruzó los 1.500 kilómetros que separan a Irán de Chipre, para atacar la instalación militar británica Akrotiri en suelo chipriota, el miedo se extendió entre la población europea.
Si la tensión del sábado 28 se percibía a murmullos, el lunes 2 de marzo se materializó en miedo puro. El presidente de Francia, Emmanuel Macron, y el Primer Ministro del Reino Unido, Keir Starmer, tuvieron que dar en mensajes a sus naciones para explicar que la intervención tiene carácter defensivo. El Canciller alemán, Friedrich Merz, que estaba preparando una visita a Washington, indicó que se había sumado a las acciones de sus vecinos autorizando el uso de la base estadounidense en la ciudad germana de Ramstein. Se esperaba una acción conjunta de los veintisiete miembros poniendo sobre la mesa el tema del Derecho Internacional. Pero no hubo respuesta.
Francia alegó tratados de cooperación de defensa con Qatar, Kuwait y Emiratos Árabes Unidos. Y Reino Unido, tocado en una de sus bases, explicó que sus medidas eran preventivas. Según sus declaraciones, Francia movilizó hacia el Medio Oriente su portaaviones estrella Charles de Gaulle, aviones de caza Rafale, aeronaves de alerta E-2C Hawkeye y fragatas de defensa. Reino Unido se reforzó con helicópteros antidrones y el destructor HMS Dragon. Grecia también se sumó con material bélico y barcos.
El factor español
Pero, hasta aquí, ¿cuál era el orden legal, fijado por el Derecho Internacional, que permitía estos movimientos?, ¿cuál era la disposición del Consejo de Seguridad de la ONU? Mientras Donald Trump veía que las piezas del puzzle militar europeo se movían a favor de la Operación Furia Épica, le comunicaron que España había decidido no autorizar la utilización de las instalaciones navales de Rota, en Cádiz, y Morón, en Sevilla. EEUU tenía allí aviones de apoyo logístico.
La ministra de Defensa de España, Margarita Robles, había solicitado al Pentágono la resolución de la ONU para movilizar esos aviones. Washington no la tenía y se desató la cólera de Donald Trump. Las aeronaves fueron trasladadas a Alemania, a la base en Ramstein. Estas son piezas claves para proveer combustible a los aviones de combate que actúan en los cielos del Golfo Pérsico. Luego vino la respuesta del presidente español, Pedro Sánchez: fue un sonoro ‘‘No a la Guerra’’.
Si se observa con detenimiento, la operación Furia Épica está utilizando algunas instalaciones europeas de la OTAN, el acuerdo de defensa militar colectivo creado en 1949 y que reúne a 33 ejércitos nacionales. La UE tiene 26 países dentro de esa Alianza. Estas sirven como puntos de defensa, entrenamiento e intercambio de información. Según datos de la Alianza, EEUU tiene una parte de su material bélico e incluso cien bombas nucleares tácticas B61 repartidas en Alemania, Bélgica, Italia y Países Bajos.
La autoexclusión española, con la prohibición de bases de Rota y Morón, lleva a movilizar las bases de Lajes, Portugal, la de Ramstein, en Alemania. Y la de Fairford, en el Reino Unido. Además del material francés y griego como medida preventiva y de defensa a los aliados.
El cálculo de este adhesión de las potencias pasa por tres puntos. Primero, estabilizar el Medio Oriente. El segundo, mantener viva la Alianza de la OTAN. Estados Unidos la desprecia cada vez más porque los europeos dejaron de invertir en armas. Y EEUU tiene que ocuparse de la seguridad de todos. Y el tercero, un seguro de vida a largo plazo: obtener el apoyo de EEUU si Rusia decide atacar a Europa en un futuro conflicto. Hoy la coordinación integral dentro de la UE se ha perdido. El Derecho Internacional parece dejado de lado.

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