Recuerdo claramente estar sentado en un bar una tarde soleada del verano de 1993 y escuchar con infinita emoción los primeros acordes de “Aviones Plateados”. ¿Qué día era, qué hice aquella mañana, con quién estaba en ese bar? No recuerdo nada de eso, mi memoria sólo ha retenido aquel mágico momento. En ese instante no asocié la canción con El Último de la Fila porque “Enemigos de lo ajeno” era un álbum que no había escuchado completo, a pesar de que en ese año “Astronomía razonable” había sonado mucho en casa: mi hermano acababa de regresar de España, después de vivir allí un tiempo, y se había traído consigo una buena cantidad de discos y casetes.
1993 fue el año de la sobreexposición de “Como un burro amarrado en la puerta del baile”. Cuántas veces habremos bailado y cantado esa canción en familia, en fiestas y reuniones espontáneas, pero poco o nada sabíamos de “Enemigos de lo Ajeno”, el álbum con el que EUDLF había alcanzado la fama en 1986. Seguramente, ahora que lo miro en perspectiva, “Insurrección” o “No me acostumbro” sonaron alguna vez por la radio a fines de los ochenta, son clásicos tan arraigados en el imaginario colectivo que cuesta un poco rastrear su génesis en la memoria.
A mí, “Enemigos de lo ajeno”, del primer al último track, me lleva inmediatamente a un periodo de mi vida inmensamente feliz, entre mis diecisiete y veinte años, más o menos, etapa de juventud, de inconsciencia, de candor. El sentido un poco naif del álbum (lo es claramente si lo comparamos con otros artefactos oscuros de aquella época, como, por ejemplo, “El Acto” de Parálisis Permanente o “Alas Sobre el Mundo” del Aviador Dro) y la voz juvenil de Manolo García dan en el blanco de ese gusto adolescente.
La cara A se abre con “Lejos de las Leyes de los Hombres”, un tema que atrapa desde el primer riff y desde el primer “oouuuo” con el que Manolo alarga el primer verso tras la palabra “creación”. Pienso que en ese momento aún no sabemos por qué la canción nos subyuga y suponemos que es por su ritmo de batería de 4/4 y el potente y claro riff. Después viene “Insurrección” que se abre con una guitarra de palo que hace brotar unas límpidas notas opuestas al pesado riff anterior. De hecho, “Insurrección” puede entenderse como una contraparte de “Lejos de las Leyes de los Hombres”, si esta es atronadora y grave, aquella es distendida y lírica. Cuando Manolo ataca los versos “Barras de bar, vertederos de amor…” es un momento altamente emotivo que se convierte en llanto espasmódico cuando llega a aquello de “retales de mi vida, fotos a contraluz…” Yo he visto a muchas personas cantar esa línea llorando a lágrima viva en el concierto que dio Manolo en el María Angola, en el 2007. No podré negar que a mí también “se me piantó un lagrimón”, como dice el tango.
“Insurrección” dura apenas dos minutos y luego viene “Mi Patria en mis Zapatos” que juega con las mismas ideas del track inicial, pero que contiene dos elementos importantes: la letra como declaración de principios de Manolo y Quimi Portet y unas curiosas, pero bien encajadas castañuelas que complementan la percusión. Y el cuarto track del lado A es “Aviones Plateados” y creo que aquí se revela por qué este disco nos gusta tanto o, en todo caso, se revela cuál es la sustancia estética del álbum. Se trata del viejo y querido postpunk, pero muy “a la española”, con sonidos aflamencados puestos aquí y allá, con criterio y proporción. Las filigranas de la guitarra española que suena a mitad de la canción y esos versos “Ropa sucia, cuadros que he pintao/ Discos viejos, to’o por ahí tirao” no dejan duda: es postpunk entendido a la española. Es postpunk arropado en el calor del alma catalana. Manolo y Quimi son dos golfillos que entonan su cante pensando en Joy Division y en Echo & The Bunnymen. Sacan sus guitarras andaluzas, pero piensan que un reverb o un delay no le vendrían nada mal. El cierre del lado A, “Zorro Veloz” cifra, en sus cuatro minutos, los hallazgos, las ideas y la impronta de esa cara y nos deja un resabio muy agradable entre gitanería y rock ochentoso, entre música arábiga y minimalismo postpunk.
En el lado B lo arábigo se hace más evidente al iniciarse “Las Palabras son Cansancio” que directamente nos presenta una escala menor armónica, un tono melismático y un rasgueo de cuerdas abiertas que nos trasladan a la magia de Oriente. Sin embargo, esta canción, precisamente por su cuidada ornamentación, me suena poco espontánea. La siguiente, “Soy un Accidente”, sí que es una maravilla. Ese arreglo instrumental del sintetizador que acompaña la voz de Manolo cuando canta “Soy el salvaje/ que derriba tus dioses…”, plegándose a la melodía, es fascinante. Manolo juega a la anáfora repitiendo la palabra “soy” en tono descendente, por eso cuando más adelante exclama, cambiando el tono, “Soy el hombre que veis…” nos sobrecoge y embriaga con su ritmo. Aquí también las castañuelas, la caja y la límpida guitarra flamenca juegan un rol preponderante en el concepto de fusión.
En fin, “tan lejos son ya lo recuerdos de días felices y extraños” que pasamos con este disco que siempre será una fiesta volver a ponerlo en la bandeja, descorchar un tinto y hacer que gire. Apenas empieza a girar, recuperamos instantáneamente algo a lo cual, a falta de mejor nombre, podemos llamarle felicidad.

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