Columnas>Memorias del escribidor Archives - El Buho http://localhost:8000/elbuho/seccion/columnas/columnasmemorias-del-escribidor/ Fri, 06 Mar 2015 00:00:00 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=6.0.2 http://localhost:8000/elbuho/wp-content/uploads/2022/10/favicon.png Columnas>Memorias del escribidor Archives - El Buho http://localhost:8000/elbuho/seccion/columnas/columnasmemorias-del-escribidor/ 32 32 Libertad de expresión, ¿pero no tanta? (II Parte) http://localhost:8000/elbuho/2015/03/06/libertad-de-expresion-pero-no-tanta-ii-parte/ http://localhost:8000/elbuho/2015/03/06/libertad-de-expresion-pero-no-tanta-ii-parte/#respond Fri, 06 Mar 2015 00:00:00 +0000 Memorias del escribidor]]> http://localhost:8000/elbuho/?p=7417 Réplica a Charlie Caballero  La prensa de la dictadura nazi operaba teledirigida desde las más altas esferas del poder y formaba parte del plan Nacional Socialista, en donde la propaganda contribuía a los objetivos políticos y se impartía a la masa sin resistencia alguna. Ciertamente, los medios de comunicación fueron fundamentales para esparcir el mensaje […]

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Réplica a Charlie Caballero

 La prensa de la dictadura nazi operaba teledirigida desde las más altas esferas del poder y formaba parte del plan Nacional Socialista, en donde la propaganda contribuía a los objetivos políticos y se impartía a la masa sin resistencia alguna. Ciertamente, los medios de comunicación fueron fundamentales para esparcir el mensaje del régimen en la vida pública alemana. La revista Charlie Hebdo, en comparación con la prensa nazi (a propósito del paralelo que establece Charlie Caballero en su artículo[1]), se publica con financiamiento privado y fue creada por caricaturistas en su empeño por ironizar, semanalmente, sobre los sucesos nacionales, teniendo como blanco de sus críticas tanto al Gobierno francés como a los principales actores de la vida cultural y religiosa de la sociedad, logrando traspasar fronteras y apuntando cada vez más lejos con su sarcasmo. Como se comprende, no hay asideros para la semejanza.

Caballero olvida que Charlie Hebdo no sólo ha sido ácida en sus caricaturas contra el islamismo, o más específicamente, contra quienes usan dicha fe para someter al mundo a un monismo intransigente. Y lo olvida convenientemente porque en ninguna parte de su texto hace referencia a la serie de números o portadas que la revista le ha dedicado al catolicismo a través de sus figuras representativas, generando así la impresión que Hebdo posee y alimenta una cruel ojeriza a la que él denomina “islamofobia”. Viene a cuento lo dicho por Fernando Savater cuando nota que quienes detestan ver sus opiniones ridiculizadas, lo atribuyen a una determinada “fobia”: “Llamarla así es una forma de convertir cualquier animadversión, por razonada que esté, en una especie de enfermedad o plaga social. Pero, como queda dicho, la fobia consiste en perseguir con saña a personas, no en rechazar o zarandear creencias y costumbres.”[2]

En sociedades tan diversas como las europeas, y a pesar de que sus culturas en vez de enriquecerse mutuamente, en trágicas ocasiones, ponen en relieve las fracturas de su convivencia; es allí que gracias a que no se respetó la aureola de las creencias religiosas, la comisión de torturas y las condenas a muerte junto al calor de las piras se abolieron. La libertad religiosa como manifestación de una mayor como la de expresión se erige para albergar en su seno a los que creen y a los que no creen, y entre ellos a los que expresan su creencia con fervor y a los que blasfeman o satirizan los credos. El problema no es la libertad de expresión “absoluta”, sino el poder absoluto, ése que con tiranía suprime la libertad, dirige la existencia de sus ciudadanos y decide por sus vidas. Lo que Caballero identifica como ramificación de la libertad de expresión, el racismo o la discriminación sexual, pues concretamente son delitos, y los delitos se denuncian y se juzgan en una sociedad libre de fundamentalismos religiosos y políticos. Confundir la libertad de expresión con la licencia para vulnerar los derechos humanos es un enorme desatino.

Dejar inadvertido el tono victimista del discurso que utiliza Charlie Caballero, que responsabiliza a los medios de comunicación multinacionales, como las grandes editoriales, de incitar odios, venganzas y hasta ajusticiamientos; no correspondería al ojo de un diligente observador. La verdad es que el repertorio de información que ofrecen los medios escritos o audiovisuales (incluida la internet), pertenecientes o no a grandes corporaciones, no detonan cruzadas modernas o guerras santas en contra de grupos religiosos, etarios o sexuales, entre otros. La discriminación o el miedo cerval hacia el que se expresa diferente en alguno de estos aspectos es un problema cultural, no de mercado; por eso no se entiende que se pretenda apelar a las restricciones de propiedad o de contenido informativo –que es lo que se huele tras las acusaciones de hegemonía en las noticias u opiniones–, para condicionar el uso de la libertad de expresión y desconfiar de ciertos consensos como el demostrado por cinco importantes diarios europeos en la publicación conjunta del mismo editorial[3] un día después del atentado contra Charlie Hebdo, solidarizándose con las víctimas y reafirmando su defensa al pensamiento libre, guste o no, en un espíritu de apertura.

Raoul Vaneigem en Nada es sagrado, todo se puede decir (Melusina) se expresan razones poderosas para considerar las virtudes de expresarse en libertad como el camino hacia el progreso intelectual que hoy nos define y alecciona. Savater, compañero de Vaneigem, resume el libro en una sola línea: “No hay un uso bueno y malo de la libertad de expresión, sólo un uso insuficiente.”[4] No puede estar mejor dicho.

 

Arequipa, 20 de febrero de 2015.

Twitter: @jorgeluisod

 

[1] Artículo publicado en el diario digital El Búho, con el nombre Ser (o no ser) Charlie, el 02 de febrero de 2015. Ver en http://elbuho.pe/2015/02/02/ser-o-no-ser-charlie/

[2] El texto completo se puede leer en el artículo Fobia a las fobias, publicado en el diario EL PAÍS, el 16 de enero de 2015. Ver en http://cultura.elpais.com/cultura/2015/01/13/babelia/1421165743_643061.html

[3] El editorial lleva por nombre Seguiremos publicando y fue publicado de manera conjunta por los diarios Le Monde, The Guardian, Süddeutsche Zeitung, La Stampa, Gazeta Wyborcza y EL PAÍS, el 08 de enero de 2015. Ver en http://elpais.com/elpais/2015/01/07/opinion/1420663829_356628.html

[4] El texto completo se encuentra en el artículo Comicadictos escrito por Fernando Savater, publicado en el diario EL PAÍS, el 26 de enero de 2015. Ver en http://cultura.elpais.com/cultura/2015/01/26/actualidad/1422296841_628831.html

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Libertad de expresión, ¿pero no tanta? (I Parte) http://localhost:8000/elbuho/2015/02/24/libertad-de-expresion-pero-no-tanta-i-parte/ http://localhost:8000/elbuho/2015/02/24/libertad-de-expresion-pero-no-tanta-i-parte/#respond Tue, 24 Feb 2015 00:00:00 +0000 Memorias del escribidor]]> http://localhost:8000/elbuho/?p=7322 Réplica a Charlie Caballero  “Si la libertad de expresión en Occidente es tan importante es porque no representa, en absoluto, una amenaza para el poder. Si en esa democracia todos pueden decir lo que quieran, es porque lo que dicen no representa nada trascendente”[1] dice Charlie Caballero en su artículo sobre la discusión generada alrededor […]

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Réplica a Charlie Caballero

 “Si la libertad de expresión en Occidente es tan importante es porque no representa, en absoluto, una amenaza para el poder. Si en esa democracia todos pueden decir lo que quieran, es porque lo que dicen no representa nada trascendente”[1] dice Charlie Caballero en su artículo sobre la discusión generada alrededor de la libertad de expresión en razón a lo ocurrido en París con el asesinato de doce personas, dos de ellas policías, en el ataque terrorista a la sede de la revista satírica Charlie Hebdo, perpetrado a inicios de este año. Es una frase poco seria, porque lo dicho no corresponde al valor que dicha libertad le ha otorgado a las democracias para defenderse de los autoritarismos de que son capaces los gobiernos cuando los límites de su poder se desbordan, dando señales inequívocas de represión.

En su opinión, si la libertad de expresión no es interpelada, es porque quizá es funcional al poder. Es decir, y desde una lógica inversa, cuando la libertad de expresión es puesta contra las cuerdas por sus “excesos” gracias a la acción oportuna de los burócratas, significa entonces que ésta no respondería a intereses subalternos ni actuaría en complicidad con el poder, porque, precisamente, su beligerancia no tendría por qué serle útil. Caballero, con esta premisa, sólo es capaz de concebir y hacer patente la libertad de expresión cuando está bajo el dominio de alguna dictadura que pusiera a prueba su razón de ser. No la imagina igual de crítica, incómoda o puntillosa en un marco de Estado de derecho, tolerancia y pluralidad, porque de serlo, según su criterio, podría ser sospechosa de contubernio con el gobierno de turno.

Nada más falaz que aquello. En efecto, la libertad de expresión es un puntal insoslayable en la defensa de los valores democráticos que, en regímenes autoritarios –siendo fuertemente amenazada–, también luce con mayor nitidez, por contraste, las armas para desenmascarar su naturaleza arbitraria en una confrontación desigual, en donde el Estado para arremeter contra la libre expresión puede valerse, además de artilugios legales, del uso de la fuerza pública sobre la que conserva el monopolio; frente a la investigación, probidad, opinión y sátira que son las únicas pero vigorosas herramientas con que cuentan los medios de comunicación para ofrecer resistencia a la censura y al vilipendio estatal. Sin embargo, gobiernos de seña democrática también se han visto seriamente interpelados por el ojo minucioso de la prensa el que, a través de pesquisas, ha descubierto negocios ilícitos, prácticas de espionaje, colusiones y demás casos de corrupción de los que no está exento ningún gobierno, pero que sí pueden denunciarse y sancionarse allí mismo, donde la institucionalidad se ve favorecida por los límites que se impongan al poder. No sólo un orden constitucional sirve para tal propósito, también se vuelven imprescindibles el celo profesional de los medios y la constante alerta ciudadana.

El acontecimiento más emblemático es el escándalo Watergate, el que llevó al Presidente Nixon a dimitir al cargo una vez que todas las pruebas lo inculparon y las instancias políticas y legales resolvieron que había razones suficientes para responsabilizar al Jefe de Estado del espionaje llevado a cabo desde la Casa Blanca contra sus opositores, y de obstrucción a la justicia para entrampar la investigación. Carl Bernstein y Bob Woodward, dos periodistas del Washington Post, jugaron un papel relevante en el desvelamiento de los sucesos, porque sus indagaciones condujeron a identificar a los artífices del espionaje telefónico y al respaldo que el propio Nixon puso sobre estas malas prácticas.

Otro suceso muy sonado recientemente es el que vincula al partido de Gobierno brasileño y a sus aliados con Petrobras, donde fuentes periodísticas dieron cuenta de la red de corrupción política por la que millones de dólares de la empresa sirvieron para alimentar las ambiciones personales de varios miembros del PT y de la dirección de la compañía; inmoralidad y hecho gravísimo que de no haber sido denunciado por la prensa hubiera, quizá, permanecido más tiempo en las sombras y pasado por la displicente mirada de las autoridades judiciales que, debido a lo escandaloso del asunto, ahora vienen investigando.

Carece de pertinencia, como hizo Charlie Caballero, trasladarse en la historia para observar lo ocurrido durante el régimen nazi y comprobar lo que la propaganda de los medios, al servicio del Führer, hizo en favor del antisemitismo; y colegir, a partir de esto, que la prensa y su libertad de expresión “absoluta“ es capaz de alentar tropelías y masacres; asumiendo que, en la actualidad, la irrefrenable vena satírica de Charlie Hebdo es comparable a lo incurrido por la maquinaria propagandística que contribuyó a llevar a millones de judíos a los campos de tortura y exterminio. Aunque el afán de encontrar similitudes en estos casos persiga el asombro y el fácil asentimiento, lo cierto es que la comparación es caprichosa porque se sustenta en una irreflexiva deducción.

No podemos hablar de libertad de expresión, ni de refilón, en un contexto cuyas condiciones no permiten ejercerla y sí, por el contrario, la suprimen totalmente. El régimen nazi acabó con todas las libertades que pudieran entrañar un cuestionamiento o la negación a su vocación: el afán expansionista y la búsqueda de supremacía desde políticas segregacionistas y nacionalistas. Aquella persona u organización que osara colisionar con sus ambiciones terminaba emparentada a las millones de víctimas del holocausto. Por lo tanto, colocar en una misma línea de hechos a la prensa nazi con Charlie Hebdo, esta última nacida en el seno de una sociedad plural como la francesa y regida por gobiernos democráticos es, por decir lo menos, afiebrado.

Twitter: @jorgeluisod

*Imagen tomada de http://www.larepublica.pe/27-06-2012/muestra-libertad-para-los-lapices-en-semana-internacional-de-caricaturas-y-libertad-de-expresion

[1] Artículo publicado en el diario digital El Búho, con el nombre de Ser (o no ser) Charlie, el 02 de febrero de 2015. Ver en http://elbuho.pe/2015/02/02/ser-o-no-ser-charlie/

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Yo soy Charlie … Sheen http://localhost:8000/elbuho/2015/02/12/yo-soy-charlie-sheen/ http://localhost:8000/elbuho/2015/02/12/yo-soy-charlie-sheen/#respond Thu, 12 Feb 2015 00:00:00 +0000 Memorias del escribidor]]> http://localhost:8000/elbuho/?p=7228 La muerte anunciada de Two and a half Men para este mes me ha dejado triste. Aunque ya la mitad de esa pena se había consumido con el último capítulo de Charlie Harper. Y lo que sucede es que el fin de la serie se me presenta, digamos, como la despedida de un tío afectuoso […]

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La muerte anunciada de Two and a half Men para este mes me ha dejado triste. Aunque ya la mitad de esa pena se había consumido con el último capítulo de Charlie Harper. Y lo que sucede es que el fin de la serie se me presenta, digamos, como la despedida de un tío afectuoso y comprensivo que, alguna vez, vino desde lejos a pasar una breve temporada en casa e inesperadamente terminó quedándose bastantes años mientras padecíamos o disfrutábamos juntos mis momentos de orfandad, fracturas emocionales e insospechadas resurrecciones anímicas; todos con sus cuotas de abatimiento, ironía y desparpajo.

La serie debutó en la televisión en 2003, pero el zapping me la presentó varios años después, una noche en la que luego de una semana particularmente agitada de trabajo, con las únicas fuerzas para tomar un baño y envolver mi sueño y cansancio bajo las sábanas, el control remoto interrumpió mi abulia cuando hizo aparecer en escena a Alan Harper, cabizbajo e inconsolable en casa de su hermano Charlie, aguardando el albergue que la separación conyugal le había arrebatado. Mi realidad, en ese entonces, no era muy distinta a la de Alan. Las semanas previas a mi divorcio hicieron mis días de oficina doblemente azarosos. Ya me había mudado con cierta anticipación. Y aunque no tuve hermano que recibiera los despojos de mi ánimo quebrado (él apenas comenzaba la secundaria), sí sobrellevé varias mudanzas invadido con la resignación de un fracaso tan anunciado como el vía crucis de Alan post Judith, como se llama en la serie la que sería su futura ex esposa, abrumado por el miedo, la culpa, la rabia y el desconcierto.

La poca suerte de Alan para las conquistas, luego de su separación, se compensaba muy bien con su talento para ponerle buena cara al infortunio con las ocurrencias de alguien que se propone rehacer su vida aunque disimulando bien, no siempre con éxito, las heridas del abandono. Él no rehuía a su duelo, se entretenía con éste; le hacía bromas de doble sentido; algunas veces, en efecto, brotaba el dolor, pero él salía airoso motivado con cada aventura propuesta o accidental de Charlie: el desenfado hecho carne y hueso.

Yo fui Alan Harper. Mis flaquezas se camuflaban en algún coctel de trabajo, extraviadas entre las sonrisas de protocolo y las conversaciones de rutina. La torpeza para entablar algún diálogo o planear extrañas “coincidencias” en algún bar con una mujer en apariencia interesante, me perseguía en la cola del supermercado y en cualquier fiesta de cumpleaños. Los desgarros íntimos se olvidaban temporalmente con visitas al mall y algunos viajes cortos. No es que deseara el júbilo, tan sólo evadirme de mí mismo. Alan y yo hablábamos el mismo lenguaje, el del sarcasmo y la fruición por no mirar atrás, el lenguaje que lo lleva a uno a intentar sacarle la vuelta a la tragedia personal. Ambos con hijos: él con Jake, pequeño regordete, insolente de frases ingeniosas que creció frente a la teleaudiencia hasta su temprana juventud; y yo con Valentina, hoy una niña conversadora aficionada a los cuentos de los hermanos Grimm y al ritmo de Maroon 5 y Bruno Mars.

La melancolía se llega a domar con el tiempo. Pero nunca estará de más un Charlie Harper alcanzando una mano amiga, o hermana en su caso, al caído en batalla pasional. Su desembarazo e irreverencia jugaron de aliados en el desahogo de Alan para alcanzar el sosiego que le era esquivo, áspero. Su rebeldía cuarentona no admitía tibiezas: “No permitas que una mujer controle tu vida, sin importar lo estúpida o autodestructiva que esta sea. Somos hombres solteros, vamos a donde queremos, cuando queremos y con quien queremos”, dijo en algún episodio a modo de mantra. La frescura de sus decisiones lo empujaba a los linderos de un nihilismo emancipador que podía confundirse o interpretarse insuficientemente como el origen de un materialismo misógino.

Lo cierto es que su vida licenciosa, opuesta a la de Alan –tan lleno de reparos y titubeos, hasta un límite oportunamente trazado por Charlie–, lanzada como salvavidas a un naufragio sentimental, me granjeó la posibilidad de enterrar veinte metros bajo tierra y boca abajo mi fracaso en el matrimonio. Y lo que siguió fue inevitable: repartí invitaciones a cenas románticas (y postres de madrugada), participé de lujuriosas conversaciones telefónicas (tan duraderas como las erecciones de los monjes de monasterio), disparé incitantes miradas en restaurantes (y puse las carnes rojas sobre la mesa), bebí todos los mojitos, margaritas y gin&tonic que se acomodaban en todas las barras que visitaba (los orgasmos los preparaba y bebía en casa); y luego que el festín se hubiera consumado, en la mañana siguiente, aún sin terraza en la playa, ni piano en la sala, ni abultadas cuentas bancarias; una media sonrisa se componía en mi rostro, mientras con un ojo abierto revisaba el caos de las ropas desperdigadas en la alcoba. Y así también fui Charlie Harper, lo mismo que Charlie Sheen, sólo que sin millón de dólares por programa, ni luces de moderno estudio alumbrando. Por lo demás, Ashton Kutcher sucks.

Twitter: @jorgeluisod

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Aliados http://localhost:8000/elbuho/2015/01/31/aliados/ http://localhost:8000/elbuho/2015/01/31/aliados/#respond Sat, 31 Jan 2015 00:00:00 +0000 Memorias del escribidor]]> http://localhost:8000/elbuho/?p=7139 Su primera irreverencia fue en su propio bautizo, al que accedí no con alegría pero sí convencido de contar, en ese trance, con una tregua familiar, un cese de hostilidades que nos permitiera deponer las armas para celebrar una tradición (insufrible, por cierto) con la parafernalia sosa a la que son sometidos niños y niñas […]

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Su primera irreverencia fue en su propio bautizo, al que accedí no con alegría pero sí convencido de contar, en ese trance, con una tregua familiar, un cese de hostilidades que nos permitiera deponer las armas para celebrar una tradición (insufrible, por cierto) con la parafernalia sosa a la que son sometidos niños y niñas sin su consentimiento ni comprensión. Así lo sintió Valentina, así lo padeció. Y la mejor forma de expresar su hastío e intolerancia con la oscura solemnidad de aquella ceremonia fue moviéndose de una banca a otra sin que nadie le pudiera detener o lograra persuadir para que se calmara. Por debajo de los asientos y entre las piernas de las abuelas y las tías, Valentina, con casi dos años, se abría camino para combatir el agobio de esa mañana calurosa. Todos estaban atentos a sus dribleos, huidas y veleidades. No recuerdo qué la detuvo por unos instantes, pero allí no terminó su revuelo. Ya a esas alturas el cura había expresado en más de una oportunidad su humor ácido y dictatorial. En mis brazos, Valentina jugaba con mi cabello y la corbata. Sus gracias me rescataron del tedio que gobernaba cada respiro mío. En medio de las distracciones, el cura empezó a masticar la hostia que antes había venerado e hizo resonar en el templo, gracias al micrófono que tenía colgado del cuello, su santo jamar. Mientras el cura devoraba a Jesús y lo trituraba lentamente, a Valentina ese sonido crujiente le resultó muy familiar, tanto así que en un respingo, rompió la quietud del momento y exigió con voz de protesta y gesto inconforme: Papá, yo también quiero mis papitas Lay’s. El auditorio reprimió sus risas, pero el cura no hizo lo mismo con su iracundia. Allí entendí que Valentina no sólo era mi hija; comenzaba a ser mi aliada.

Valentina y yo hemos alimentado la costumbre de aprovechar los fines de semana para distender los cuerpos en cualquier parque decente que nos permita, a ella, entregarse a la libertad de las acrobacias y, a mí, disimular el sedentarismo. En una ocasión, cuando hacía sus aspas de molino, una paloma blanca e inquieta bajó de alguna rama y se posó a unos pocos metros de donde estábamos. Valentina al percatarse de la pequeña ave que picoteaba el césped se acercó muy sigilosamente adonde me encontraba, recostado como morsa dejando que mis pliegues se acomodasen en la escabrosidad de alguna roca en medio del mar, y me preguntó ¿sabías que el espíritu santo es una paloma? Le dije, luego de algunos segundos, que sí, que así lo retrataban en los libros de la escuela. No quise añadir más, sólo sujetarme a una breve verdad que no pudiera, por ahora, ya a sus seis años, confundirla o impresionarla inoportunamente. Vendrían mejores momentos para hablar de lo que creemos, lo que no entendemos y lo que aceptamos. Su mirada y su sonrisa me presagiaron algo inesperado, una reacción que no vi venir: ¿La espantamos?, me dijo con un tono travieso. ¿Por qué?, me extrañé. ¿Qué puede estar haciendo aquí si vive en el cielo? Vamos a espantarla para que regrese a su casa, ordenó segura de poner las cosas en su lugar.

No sé qué camino elijas Valentina entre la creencia y la duda. Pero te advierto: tu derecho a insubordinarte a cualquier creencia podría traer consigo no pocos muertos y bastantes heridos, desde tu mamá hasta la bisabuela. Podría granjearme (por considerarme mala junta) miradas acusadoras, atenciones hostiles y mensajes acabronados. A pesar de ello, deseo que el camino que tomes no te conduzca a destinos de obediencia, culpa y sumisión. Que no exista mayor autoridad mental en ti que la que provenga de la autocrítica y la desconfianza de la moralina: ya irás aprendiendo a descubrirla, a detectarla. Que predomine tu individualidad, la conciencia de saberte irrepetible; y sabrás reconocerte ajena a cualquier pensamiento masificado. Déjate acompañar por la perplejidad cuando enfrentes (sin ambigüedades) a cualquier demostración de poder, venga de donde venga: del púlpito, de la escuela, del escritorio de algún burócrata o de la tradición familiar (la infértil y sinsentido). Tu juventud, la del espíritu que es la que importa, dependerá de tu inconformismo. Vives en un país adolescente, que se excusa permanentemente y embadurna de epítetos el diálogo para encubrir su falta de argumento. La diferencia la harás tú cuando seas original con tu punto de vista; la creatividad te hará ganar no seguidores, más importante aún: cómplices. Si consigues de los otros, enséñales a interactuar sin percepción de jerarquías, será un buen inicio para aprender a hacerse responsables de todas sus decisiones.

Valentina, sea cual fuese el camino que escojas, ya cuentas con tu primer aliado. Uno incondicional que te mira fascinado cuando le devuelves al tonto y contradictorio de tu padre una sonrisa que lo resuelve y alivia todo. No sé si he sido destruido; la cobardía me ha vencido en muchas batallas, me ha lanzado a la oscuridad y he habitado en ella. Pero si ser tu aliado significa, para comenzar, irritar a todos los curas del mundo y mandar a volar al espíritu santo, entonces, aunque destruido mil veces, como diría Hemingway, no estaré hecho para la derrota. No lo estaremos.

 

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Leer para la batalla http://localhost:8000/elbuho/2014/12/13/leer-para-la-batalla/ http://localhost:8000/elbuho/2014/12/13/leer-para-la-batalla/#respond Sat, 13 Dec 2014 00:00:00 +0000 Memorias del escribidor]]> http://localhost:8000/elbuho/?p=6845 Aprender a leer es la cosa más importante que me ha pasado en la vida, dijo muy conmovido Mario Vargas Llosa en el discurso del Premio Nobel que le fue concedido en el año 2010. Y tiene razón, porque toda esa magia que envuelve la vida de un niño creada por las palabras que construyen […]

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Aprender a leer es la cosa más importante que me ha pasado en la vida, dijo muy conmovido Mario Vargas Llosa en el discurso del Premio Nobel que le fue concedido en el año 2010. Y tiene razón, porque toda esa magia que envuelve la vida de un niño creada por las palabras que construyen historias con personajes de ensueño, convierte la vida de ese mismo niño en una realidad insuficiente, poco satisfecha, llena de vacíos y carencias que sólo la literatura sabe cubrir y saciar pero que, a la vez, paradójicamente, va alimentando en ese ser un espíritu de inconformismo a perpetuidad.

Estoy seguro que para Gloria Álvarez, la joven guatemalteca que ha propiciado una extensa y prolífica discusión sobre el populismo en nuestros países a partir de un discurso que dio en el primer Parlamento Iberoamericano de la Juventud celebrado en Zaragoza, aprender a leer ha sido –al igual que para el escritor arequipeño– la mejor de sus conquistas. Es indudable que a estas alturas, gozando de una admiración creciente, quizá más notoria fuera de su país que dentro de él, se aborde el protagonismo de la licenciada en Relaciones Internacionales desde su postura política, fortalecida con una oratoria inteligible y un razonamiento audaz. Sin embargo, y dada la velocidad de la información con que los medios digitales y audiovisuales, especialmente, se han referido a su participación en este importante foro español, han obviado –o quizá, subestimado–, el verdadero origen de su talento para la disertación: la lectura, apasionada y constante, impostergable y placentera.

He tenido la oportunidad de ver en el programa de internet, La Ciudad de los Libros, las presentaciones que ella hace, junto a otras desenvueltas conductoras, de algunas obras literarias que, según su opinión, merecen nuestra atención no sólo por sus cualidades estéticas, sino, sobre todo, por su fertilidad interpretativa. Resulta emotivo, por ejemplo, encontrar en las amenas explicaciones de estas jóvenes, motivaciones intelectuales para ponerse a leer Rebelión en la granja del británico George Orwell sin que esto signifique tarea o sacrificio, sino cultivación en el placer. Allí radica la claridad de las ideas y la sublevación de la persona: en el fuego de la literatura, el que incendia todo arquetipo de pasividad. La lectura, claro está, es un acto solitario que demanda exclusividad y que, como en el caso de Gloria –con una personalidad en donde la disponibilidad para el debate ha devenido inmanente–, prepara para las más duras batallas en el campo de las ideas.

Las controversias que ha logrado desatar, por supuesto, le han granjeado enemigos inevitables en algunos casos, e inesperados en otros. Los primeros son aquellos que, con hambre de poder y prácticas tradicionalistas, han visto en ella, no una potencial amenaza para sus pretensiones políticas, por ahora, dada su temprana aparición y su aún no consolidada presencia en los fueros políticos de su país; pero sí una interlocutora con la que preferirían no encontrarse en algún intercambio de ideas. Los segundos, apabullados por las cualidades discursivas de Gloria y negados para el razonamiento mínimo, se han encargado de vilipendiar su innegable protagonismo con dardos envenenados de mezquindad y hasta de racismo. Algo que, al parecer, no ha afectado la lucidez y el objetivo de esta resuelta polemista: ser parte de la construcción de una sociedad abierta a partir de la generación de una comunidad de lectores.

Ella sabe muy bien que, al contrario de lo que en otros tiempos pregonaron y practicaron algunas corrientes artísticas, la literatura, en la actualidad, no configura un motor para las revoluciones sociales ni es el fusil con que se pueden derribar regímenes autoritarios o desmantelar ideologías totalizadoras. No obstante, Gloria es consciente de los alcances individuales que ésta produce, porque ella misma es fruto de sus efectos, comprobados en la autonomía de criterio lograda y en la percepción afinada de la realidad que ha conseguido. Medios indispensables que esta librepensadora utiliza para erigirse en la duda y la reflexión madura, y para apartarse del adoctrinamiento, que suele volverse peligroso cuando la popularidad encumbra, haciéndose seductora y dando nociva prioridad a lo inmediato, como el poder, dejando en el camino la voluntad para el aprendizaje y la autocrítica.

Complace sobremanera su presencia en el terreno del debate. Su plena desconfianza en el poder la vuelve una aliada idónea de la democracia en su país y en toda la región. Pero, antes que todo eso, desde mi humilde opinión, el mundo no se compondrá si en la agenda de la joven libertaria por hacer más próspera a la gente, no está programada, primero, una conversación literaria con este escribidor, alrededor de unas tazas de café y un par de libros sobre la mesa. Sería deleitable.

Twitter: @jorgeluisod

*Foto: Luis Soto.

Imagen extraída de la página: http://www.contrapoder.com.gt/es/175/sociedad/1723

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El cura y la candidata, en privado http://localhost:8000/elbuho/2014/11/19/el-cura-y-la-candidata-en-privado/ http://localhost:8000/elbuho/2014/11/19/el-cura-y-la-candidata-en-privado/#respond Wed, 19 Nov 2014 00:00:00 +0000 Memorias del escribidor]]> http://localhost:8000/elbuho/?p=6611 Sabes que hay que proteger a la familia de estas absurdas iniciativas que agreden su naturaleza, le dijo el cura mayor, sentado muy derecho sobre el asiento forrado en terciopelo rojo. Lo sé arzobispo, dijo ella, dudando sobre si dirigirse a él llamándolo su santidad o simplemente padre. Como futuras autoridades tenemos la obligación de […]

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cura

Sabes que hay que proteger a la familia de estas absurdas iniciativas que agreden su naturaleza, le dijo el cura mayor, sentado muy derecho sobre el asiento forrado en terciopelo rojo. Lo sé arzobispo, dijo ella, dudando sobre si dirigirse a él llamándolo su santidad o simplemente padre. Como futuras autoridades tenemos la obligación de preservar los valores de la familia, añadió. Sería una tragedia que ese proyecto del matrimonio gay se apruebe, dijo el arzobispo rozando varias veces con el dorso de la mano su barbilla. Aunque fuese aprobada, padre, cuente conmigo para cualquier actividad que le recuerde a la población su deber como católicos, dijo la candidata con una seriedad inmaculada. Eso quería escuchar de ti, criatura del Señor, con tu fe y devoción refundaremos la Roma del Perú, pronosticó el prelado.

Mi hija tiene todo muy claro, padrecito, dijo la madre de la bisoña candidata al Gobierno regional. Ella ha sido educada en valores y respeta mucho la tradición católica de la ciudad, afirmó la señora muy contemplativa, sentada al borde del asiento, como haciendo equilibrio entre el peso de sus piernas y su abultado trasero. No lo dudo señora, dijo felicitando el de la sotana. Estoy seguro que la formación en casa ha sido vital, agregó convencido. Imagínese arzobispo, interrumpió el papá de la candidata, si la viera cómo lee la biblia esta muchachita luego de sus marchas y debates, añadió orgulloso el caballero. Me alegro escuchar eso. Hija, no hay mejor plan de Gobierno que el que está contenido en ese libro sagrado, dijo el cura dirigiéndose a ella. Claro que sí, padre, por eso después de cada debate, me voy directo al Apocalipsis, dijo apurada. Pero hija, replicó el cura, también hay libros con mejores augurios como Proverbios o Hechos. Pero padre, le contesta de inmediato ella, el Apocalipsis dice que en los tronos celestiales sólo se sentarán los que reciban la facultad de juzgar, es decir los que no adoraron a la bestia ni recibieron la marca en sus frentes, dijo reflexiva. ¿Eso dice, hija?, le pregunta y se le abren los ojos al sacerdote, adelantando ligeramente su rostro hacia ella. Todos los que reniegan de la Iglesia llevarán esa marca, su santidad, aseveró ella. Léetelo completito entonces, dijo menos angustiado el prelado, allí está nuestra salvación.

Luego recorrieron juntos los recuerdos de Camaná, los veranos familiares en sus playas y las francachelas de la candidata con sus amigos del colegio en la plaza principal. En el Callao, conocí a una camaneja, más chiquilla que tú, que casi desvía el camino hacia mi ordenación, dijo el arzobispo. Yo era muy joven e inquieto, pero ya estaba convencido que mi destino era el del Señor, agregó nostálgico. ¿La muchachita no logró conquistarlo?, preguntó muy curioso el papá de la candidata. Casi. Era una tentación que el Espíritu Santo alejó de mí a tiempo, confesó el cura sonrojado: “Esa paloma de mierda, entrometida hasta el final”, pensó el clérigo mientras iba sintiendo cierta rigidez en su entrepierna al recordar la curvilínea figura de la bella muchacha.

Padre, dijo repentinamente la candidata rompiendo el hechizo del pasado, usted sabe que cuento con su apoyo y que mi familia siempre estará dispuesta a colaborar con la Iglesia. Gracias hija, dijo el cura ajustándose el reloj dorado en su muñeca, tenemos que unir esfuerzos para impedir el avance de la falsa modernidad que nos quieren vender estos réprobos que hablan de homosexualidad y aborto. ¿Y en ese tema, qué vamos a hacer padre?, preguntó alarmada la candidata. ¿En cuál?, ¿en el aborto?, confirmó el sacerdote. Sí padre. Acuérdese que han aprobado ese manual diabólico que acabará con la vida de miles de niños en las pancitas de sus mamás, dijo ella con un tono mustio. Pues no hay peor batalla que la que no se libra, respondió algo enojado. No saben lo que han hecho. Han firmado con su propio puño su renuncia al cielo, afirmó el arzobispo y los colores se le subieron a la cara. Padre, eso es peor que cualquier pecado capital, dijo la candidata pensando aliviada que había peores culpas que su gula en tiempos de campaña. Hay que dividir la batalla en tres frentes, dijo el cura estratega. Primero el frente legal. Tenemos un bufete de abogados que nos apoyan permanentemente en nuestras demandas, añadió animado mencionando algunos nombres de los que la candidata nunca escuchó hablar, pero fingía conocerlos asintiendo con la cabeza. No sólo eso, continuó el cura, mi buen amigo congresista, el que siempre me visita cuando llega a la ciudad, va buscar la manera de objetar la constitucionalidad de esa norma, explicó. Es que se trata de un asesinato, dijo la madre de la candidata, ¿atentar contra la vida de un bebito?, se preguntó indignada. Y que no me vengan con ese cuento de que cada uno es dueño de su cuerpo, se exasperó el prelado, nadie como los que te cuidan y quieren, como la Iglesia o la familia, saben mejor qué es bueno para uno, afirmó, pero ¿y el Estado?, añadió con poca calma, el que nos tiene que proteger a todos es el primero que quiere que nos matemos, exclamó el cura y los ojos se le encendieron.

¿Cuáles son los otros frentes, padre?, preguntó la joven con el gesto de quien está haciendo apuntes en su cabeza. El frente de la Iglesia, dijo el cura golpeando un puño contra la palma de su mano. Ya sabes hija que ahora quien no está en los medios y en los espacios públicos no existe. ¿Has leído mis artículos en los diarios?, le preguntó con algo de vanidad. Por supuesto, padre, mil veces mejor empezar el día con sus sabias palabras que con las encuestas de las elecciones, señaló la candidata mientras repasaba con enfado la caricatura que un diario local había hecho de ella, correteando detrás del segundo puesto en las preferencias electorales: el voto viciado. Pues eso, no desperdiciaré ningún espacio en los diarios, en las entrevistas, en las misas, en las adobadas y en cuanto evento sea invitado para recordar que cualquier ley que apruebe el aborto es una amenaza a nuestra existencia como especie, afirmó el cura. Ya todos los párrocos están bien instruidos para hablar del tema y solicitar el rechazo de la feligresía; nuestra arma será la persistencia, dijo enfático. ¡Claro!, se sacudió la candidata iluminada por una idea, también podemos pegar la imagen de un bebé sobre las cajitas de fósforos y decir ¡No al aborto!; no sabe cuánto nos ha ayudado en la campaña esa estrategia, aseguró ella. La gente no lee programas de Gobierno, no escucha debates. La gente fuma, la gente cocina, la gente enciende velas y en esos momentos, en los más minúsculos y cotidianos, hemos estado nosotros, acompañándolos desde una cajita de fósforos, añadió. Sí señor arzobispo, dijo el papá de la joven, si nos hubiera visto amaneciéndonos pegando la foto de mi hija en cada cajita.

¿Padre, y cuál sería el último frente?, quiso conocer, inquieta, la candidata. El tuyo pues hija, respondió como ordenando. Desde tu puesto vamos a convencer a los médicos, a los gremios profesionales, a las mujeres de los conos, y a todos los alcaldes que estas leyes pro-muerte son inviables e inhumanas. Tú tan guapa e inteligente, ¿crees que alguien se va a resistir a tus sugerencias o discursos?, preguntó el cura sin buscar ser respondido. Ya el que será tu antecesor nos ayudó mucho con este tema y otros. Pero tú, dijo acentuando su mirada en ella, conservas una fe inquebrantable en nuestra institución. Tú sí eres una sierva fiel a tu Iglesia. No te temblará la voz a la hora de preferir y valorar tus creencias, la elogió. No lo dude padre, así será, dijo muy convencida. Mis mujeres, esas que me acompañan día y noche en la campaña nos apoyarán sin condiciones, sentenció la candidata. Imagínese, su santidad, que hasta las feministas de esta ciudad van a votar por mí, dijo con entusiasmo. Ellas con tal de ver a una mujer como gobernante que les dé espacios en la gestión pública, van a apoyar nuestra candidatura. ¡Cuidado, hija, con ese grupo!, luego no vayan a traicionarte con reclamos indecorosos, advirtió el prelado. Eso mismo le he dicho, dijo como reprendiendo la mamá de la candidata, que no se fíe de esas mujeres que hablan todo el día de género, empoderamiento ¿qué serán esos rompecabezas?, y a veces, hasta tergiversan el rol de la mujer en la casa, creo que ni a misa van, se han olvidado de sus deberes como madres y esposas, protestó la señora. No es tanto así, mami, dijo la joven cogiéndole las manos a su progenitora, son un poco rebeldes pero son muy buena gente, no sabes la cantidad de organizaciones que pueden movilizar y que nos serán de gran apoyo para las elecciones, dijo tratando de apaciguarla.

Bueno señor arzobispo, no queremos quitarle más tiempo, dijo el papá de la candidata fingiendo desprender pelusa de su pantalón. ¿Qué?, ¿ya nos vamos, cariño?, le dijo su esposa, sin poder encubrir con éxito su reclamo con un tono de ternura. Sí, mami, dijo la candidata regañándola con la mirada. Le agradecemos mucho su paciencia padre, por escucharnos y alentarnos, dijo con suavidad la candidata. No hija, ¿cómo vas a decir eso?, le reconvino con afecto el arzobispo. Soy yo el que tiene que agradecer su visita y recordarles que siempre estará la puerta de esta Iglesia abierta para ustedes y para tu Gobierno, jovencita, dijo alegre, mostrando todos sus dientes. Ha sido un gusto, señor arzobispo, conversar con usted, dijo el caballero extendiéndole la mano. Por favor, dijo el cura y llamó a uno de sus monaguillos para entregarles un obsequio, llévense estos rosarios en memoria de este día de reflexión y A-C-U-E-R-D-O-S, recalcó. Muchas gracias, padrecito, le dijo la señora despidiéndose del cura con un beso en la mano. ¡Ah hija, y a ver si convences a este alcalde que eso del monorriel es un absurdo!, ¿cómo va a malograr así nuestro centro histórico?, dijo el religioso desde el centro de la sala a los visitantes que ya se encontraban bajo el dintel de la puerta. Muy bien, conversaré al respecto con él. ¿Qué sugiere usted, padre?, preguntó la candidata. Lo más sensato pues hija, ese monorriel debe construirse para llevarnos de la ciudad hasta el santuario de Chapi, ¿no crees?, dictaminó el cura. Por supuesto, padre, por supuesto.

Twitter: @jorgeluisod

*Ilustración de Eneko, extraída de la página: http://migenteinforma.org/?p=14306

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Conversación en la universidad http://localhost:8000/elbuho/2014/11/06/conversacion-en-la-universidad/ http://localhost:8000/elbuho/2014/11/06/conversacion-en-la-universidad/#respond Thu, 06 Nov 2014 00:00:00 +0000 Memorias del escribidor]]> http://localhost:8000/elbuho/?p=6515 Cuando sonó su celular por tercera vez respiré aliviado, recordando que al mío se lo robaron dos semanas antes de esta entrevista y me resistía a comprarme otro porque, recientemente, sólo recibía llamadas con malas noticias o indeseables augurios. Disculpa, me están llamando para organizar un evento universitario y además de ser panelista, tengo que […]

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Cuando sonó su celular por tercera vez respiré aliviado, recordando que al mío se lo robaron dos semanas antes de esta entrevista y me resistía a comprarme otro porque, recientemente, sólo recibía llamadas con malas noticias o indeseables augurios. Disculpa, me están llamando para organizar un evento universitario y además de ser panelista, tengo que coordinar con los expositores. ¿En dónde nos quedamos?, preguntó sonriente. Me decías, la puse al tanto con un tuteo que me permití breves minutos después de la conversación para ser recíproco con su trato cercano, que la educación privada le hacía una desleal competencia a la estatal. ¡Ah claro!, me respondió, con sospechoso entusiasmo. Mira, me dijo, la educación estatal en las escuelas es mucho mejor que la privada. Hay estudios que indican que en los colegios del Estado hay mejores resultados en matemáticas y su gestión es más eficiente que en los colegios privados, en donde la finalidad principal es incrementar su patrimonio atrayendo más estudiantes pero con una publicidad que sólo apunta a desprestigiar a la educación estatal. ¿Y por eso un buen porcentaje de estudiantes de colegios estatales ha migrado a colegios privados?, inquirí de inmediato. Por eso. Pero sobre todo, por sonsos. Los padres de familia se han dejado embaucar por los colegios privados creyéndolos mejores que los del Estado. Me pregunté ¿quién subestima a quién?, ¿la educación privada a la estatal, o la estatal al discernimiento de los padres?

Mientras la escuchaba apoyando sus ideas en una fe incorruptible por la educación estatal me preguntaba qué habría sido del país si ese entusiasmo hubiera ido acompañado de mejores resultados que, por lo visto, no nos ubicaban en posiciones envidiables entre los demás países en los exámenes internacionales. ¡Y no tienes que hacerle caso a esos famosos rankings que, de vez en cuando, publican!, me advirtió con contundencia. Cada país es una realidad distinta, agregó. Además, son tantos los factores para medir el desempeño educativo que no los puedes resumir en unos cuantos. Pero precisamente, refuté, como son criterios diversos, estas mediciones se concentran en los más determinantes, como la empleabilidad o las publicaciones científicas, dije moviendo las manos. La empleabilidad en una ciudad como esta no se da en relación directa con el nivel de estudios universitarios, sino por la red de contactos que uno haya desarrollado, adujo; es decir, basta con saber con quienes uno se relaciona para identificar posibles fuentes de empleo. Al final, todos van a tener trabajo, eso no va faltará, expresó sin reparos. Y, en cuanto a lo de las publicaciones, es cierto, se publica poco, pero es ahí en donde el Estado tiene que dirigir sus esfuerzos para fortalecer las editoriales universitarias y alentar los proyectos científicos, añadió.

Un país que lee poco es uno en donde también se publica poco, pensé al recordar que, en promedio, y como contraste a esta agobiante realidad, cada finlandés lee entre cuarenta y cincuenta libros al año, o que en España, en medio de una economía en crisis, se editan 76.000 títulos al año. No es vital compararnos con el resto, interviene, es un ejercicio poco útil si es que queremos mejorar la calidad sin considerar nuestra realidad, sostuvo antes de toser. Pero hay experiencias afuera que podrían ayudarnos a ser más competitivos a nivel mundial, le dije algo desconcertado a la vez que le entregaba un estudio en donde se comprobó, a través de investigaciones de campo hechas en zonas deprimidas de Ghana, Kenia, India y Nigeria, que la educación privada es beneficiosa para los pobres y en muchos casos gratuita. Allí están las evidencias, espeté.

¿Por qué no intentamos hacer las cosas distintas?, le pregunté con énfasis. ¿Hacer qué, por ejemplo?, me devolvió la pregunta. No es moral, le dije, que alguien de escasos recursos con capacidad para desarrollar talentos no sólo científicos sino también sociales, tenga que ver postergada su educación en una universidad pública porque el examen de ingreso, que sólo mide conocimientos pero no talento u otras virtudes, no se lo ha permitido, y que alguien que sí puede costear sus estudios lo haga gratuitamente, apostillé. ¿Y cómo resolveríamos eso?, me dijo con recelo. Con un sistema de voucher o bono educativo que vaya directamente al estudiante y ya no a la universidad, así se reduciría la corrupción en las universidades públicas y se haría un gasto más eficiente; además, con la posibilidad de que el estudiante elija dónde estudiar, las universidades podrían hacer las cosas mejor para atraer, en virtud de sus logros académicos o prestigio, más mercado. Imposible, negó de golpe. En esos casos, hecha la ley hecha la trampa, porque las universidades sólo se preocuparían de atraer a los que tendrían cualidades para permanecer en carrera, asegurando sus ingresos, y no a los pocos dotados de capacidades, puesto que su bajo rendimiento haría que cambiaran de institución perdiendo una fuente de ingresos, y eso no sería equitativo o inclusivo, al contrario, sería discriminatorio, explicó un poco exaltada. Pero eso se evaluaría en el proceso de formación, no antes de ingresar, rebatí. No tendría sentido aplicar este sistema aquí, sentenció. Mira lo que ocurrió en Chile; una ola de protestas por mejorar la calidad educativa sin embargar a los estudiantes. Ahora las cosas serán diferentes con sus reformas, pronosticó. Lo que va a ocurrir en Chile, pensé, es lo que ocurre en sociedades cuando atrapadas por su praxis confiscatoria, en donde todos exigen recursos gratuitos del Estado sin dar absolutamente nada a cambio, sin libertad para el intercambio, detonan por su parasitismo e igualitarismo.

Sonó su celular por cuarta vez. No contestó. ¿Cuál es tu aversión concreta contra la inversión privada en la educación?, le pregunté sin rodeos. No tengo ninguna, pero el mercado en este sector es imperfecto. Observa lo que ocurre con la educación escolar privada. Un padre o una madre de familia además de aportar un pago mensual por la educación de sus hijos, paga por otros servicios que terminan beneficiando sólo a los promotores o a los dueños de las escuelas, aclaró. Dime tú, dijo mientras se acomodaba en el asiento, que has estudiado en La Salle, ¿quién ha pagado la construcción de ese enorme coliseo?, ¿no fueron los padres de familia?, preguntó. En efecto, le respondí. Allí está, exclamó con un retintín quejoso en su voz. Ese coliseo, así como las computadoras y otras cosas más se quedaron con los dueños del colegio, afirmó convencida. ¿Y si yo decidiera que mi hija estudiase en ese colegio, todo lo que se invirtió anteriormente, no redundaría a favor de ella?, dije poniendo cara de incomprensión, ¿y aún de no ser así?, ¿acaso no redundaría a favor de quien eligiese ese colegio?, pregunté y no pude evitar inferir de todo su discurso un rechazo irrazonado hacia la educación privada, no por sus errores o aprovechamientos indebidos de varios de sus promotores, que existen, sino por lo que representa como modelo o alternativa frente al estatista.

En otro momento: Si es un largo camino mejorar la calidad educativa y la competencia, ¿abrir las puertas a las universidades del extranjero, principalmente las mejor consideradas por la comunidad académica, y propiciar un entorno para que inviertan aquí con infraestructura y docencia, no impulsaría y aceleraría este proceso?, sugerí. ¿Estás hablando de sedes internacionales?, puntualizó mi inquietud. Sí, en eso estaba pensando, le respondí. Que sea posible, por ejemplo, estudiar en una sede de la Universidad de Chile aquí, en la ciudad, añadí muy animado. Pero si quieres estudiar en la Universidad de Chile, dijo, viaja a Chile, me reconvino con una risa sarcástica. Considera que para que una universidad de su vuelo venga a instalarse aquí, es porque ya lo intentó en otros lugares más apreciados, y de llegar aquí, ¿qué significaría?, que sin duda alguna, no viene con lo mejor de su repertorio, aseguró.

¿Y cuándo fue que el Estado en el Perú, hizo las cosas bien en educación?, indagué deduciendo que si actualmente la educación privada, desde su perspectiva, era un intento fallido o un modelo decadente de desarrollo, en algún momento de nuestra historia, la educación estatal funcionó mejor. Con Velasco Alvarado se hicieron las cosas mejor, recordó mientras pestañeaba muy seguido. Por un lado se descentralizó la gestión educativa, y por otro, se incrementó la inversión, expresó mirando el reloj de su celular. Dictadura y educación; tremenda combinación, le dije fingiendo escalofríos, no sólo porque intentar monopolizar o dirigir la educación desde el Estado genera, como se ha visto, mafias de sindicatos o camarillas que luchan por apoderarse de la mayor parte del dinero que deja la burocracia para conservar cuotas de poder, por más minúsculos que sean; sino, porque una reforma educativa no puede, nunca, tener como compañeras a políticas de censura y represión, pensé.

Al despedirme de la ex ministra, salí de la universidad y caminé sin rumbo bajo el sol ardiente del mediodía, abrumado por la suprema mentalidad estatista de mi interlocutora.

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Un compromiso en las cavernas http://localhost:8000/elbuho/2014/09/16/un-compromiso-en-las-cavernas/ http://localhost:8000/elbuho/2014/09/16/un-compromiso-en-las-cavernas/#respond Tue, 16 Sep 2014 00:00:00 +0000 Memorias del escribidor]]> http://localhost:8000/elbuho/?p=6082 Lucho Bustamante –con ese tono afectuoso lo llamaba el ex candidato presidencial por FREDEMO en las elecciones del Perú de 1990– hombre ponderado, presidió el equipo que diseñó el plan de gobierno que buscaba crear una sociedad en la que todos vivirían protegidos por la ley; un plan lleno de ideas, animado por la decisión […]

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Lucho Bustamante –con ese tono afectuoso lo llamaba el ex candidato presidencial por FREDEMO en las elecciones del Perú de 1990– hombre ponderado, presidió el equipo que diseñó el plan de gobierno que buscaba crear una sociedad en la que todos vivirían protegidos por la ley; un plan lleno de ideas, animado por la decisión de aprovechar todas las oportunidades de nuestro tiempo para que los peruanos pobres y pobrísimos pudieran alcanzar una vida decente. Así se expresaba Mario Vargas Llosa, en sus célebres memorias reunidas en El pez en el agua, del principal artífice del plan de gobierno que regiría, de ser elegida la alternativa liberal en las elecciones de entonces, los destinos del país por senderos de mayor justicia y bienestar individual.

Recientemente, luego de aprobarse la Guía para la interrupción voluntaria del embarazo en el Perú, la que haría efectiva una norma ya existente hace 90 años que facultaba al cuerpo médico a ejecutar dicha interrupción para evitar poner en riesgo la vida de la gestante, y que por lo tanto, atendía un reclamo de legalidad y Estado de derecho; un grupo de representantes de distintas iglesias, entre ellas la católica, la evangélica y la ortodoxa en coalición con los partidos políticos tradicionales, rancios en sus posturas e ideologías; y otros, novatos de despreciable cortedad y entrenados en la vieja escuela del cliché y la fanfarronada, firmaron un documento al que llamaron con astucia demagógica “Compromiso por el Perú” por el que suscribían, entre otros acuerdos, defender la vida humana desde su concepción hasta la muerte y promover los valores del matrimonio y la familia.

Sin lugar a dudas, dicho compromiso se firmó como respuesta a la norma aprobada por el Gobierno, la misma que busca establecer un protocolo de atención médica para, cuando la ocasión lo merezca, salvar la vida de la mujer o evitar serios daños a su salud de manera permanente, producto de su estado de gestación. En el Perú, la fuerte resistencia del poder político afín a la doctrina de la iglesia católica, la de mayor presencia entre la población, y albergada en el seno de un conservadurismo intransigente de sus elites, había trabado durante largo tiempo la aprobación de una medida como ésta por considerarla inmoral y ajena al sentido de humanidad. Lo cierto es que al respecto, la legislación restrictiva incentivó que la tasa de aborto inducido e inseguro fuera en el país una de las más elevadas en la región y, como se sabe, esta práctica llevada a cabo en la absoluta clandestinidad y en las condiciones más insalubres y peligrosas es, en realidad, un verdadero atentado a la vida de las mujeres, siendo las más vulnerables quienes carecen de los medios necesarios para una intervención médica decente y, por lo tanto, humana.

En cuanto a la protección del matrimonio y la familia, uno de los acuerdos expresados en este panfleto doctrinario, nació de la necesidad de contrarrestar un proyecto de ley valientemente propuesto por el congresista Carlos Bruce, quien hace poco declaró públicamente su homosexualidad, que contemplaba consentir legalmente la unión civil entre personas del mismo sexo, abrazando todos los derechos patrimoniales, asistenciales y los propios de una familia generados de dicha unión. Hasta el momento tal iniciativa, a diferencia del protocolo de atención para la interrupción del embarazo, padece la revisión displicente del Congreso sin ser sometida a debate en el pleno y, lo que es peor, se conoce que ya ha sufrido algunas modificaciones propiciadas por congresistas vociferantes e ideologizados, como la fujimorista Martha Chávez, que en su intento por impedir su aprobación tal y como fue presentada originalmente, han cuidado que la unión civil entre homosexuales no sea reconocida constitucionalmente como familia ni que, entre los que se unan bajo esta figura, tengan opción al cambio de estado civil; todo esto motivado por una homofobia palmaria y en desmedro de la mirada igualitaria de la ley hacia los ciudadanos.

La firma de este documento, rebosante de sectarismo –ocurrida insólitamente en las instalaciones de la Biblioteca Nacional que, como toda biblioteca, más bien debiera ser el centro de donde restallan las ideas y se exalta el saber en su diversidad– se realizó bajo la mascarada del “rescate de valores” por la que este grupo de iluminados viene alertando a la ciudadanía sobre la deformación de la sociedad por iniciativas legales como las mencionadas, que socavan la naturaleza del ser humano y vuelven conflictiva a la comunidad. Valores que, a todas luces, no tienen nada que ver con la paz o el humanismo del que dicen ser portadores; sino, todo lo contrario, con el resquebrajamiento de la legalidad, la vulneración de los derechos humanos y el detrimento de la dignidad de la persona. Así como en los regímenes estatistas se utiliza la palabra “social” para justificar su intervencionismo colectivizándolo todo, desde el aparato productivo hasta la prensa, los protagonistas de esta oscura ceremonia esconden bajo la fachada de “los valores” –sus valores, por cierto– el apetito mordaz de dirigir los destinos individuales transformando el ejercicio de la ciudadanía en una infértil práctica de servidumbre a los dogmatismos.

El liberalismo que defiendo y al que me siento muy cercano es el liberalismo que, ante todo, reúne fuerzas contra aquello que limita la capacidad para elegir, principalmente en la esfera íntima, prístino reducto de la libertad; y elegir ser libre implica asumir la mayor de las responsabilidades, porque es uno quien, dentro de un Estado de derecho, acepta las consecuencias de sus logros y fracasos, señal irrefutable de madurez ciudadana. Y actuar contra lo que restringe esa libertad de elección significa actuar contra las doctrinas que intentan encauzar la vida de las personas hacia lugares de sometimiento como al dogmatismo religioso o al nacionalismo, de donde derivan fanatismos dramáticos. No es la religión la enemiga del liberalismo al que acudo –demás está mencionar la importancia de ésta en la sociedad como soporte espiritual de la gente para definir sus acciones–. Es la indistinción entre política y religión lo que pervierte el sentido de lo público cuando las políticas de Estado se ven orientadas, promovidas o influenciadas por preceptos religiosos que, como sabemos, son necesariamente excluyentes para quien no los comparte; e históricamente, contra esta simbiosis nefasta, ha luchado el liberalismo.

La noche que se suscribió el denominado “Compromiso por el Perú” entre varias agrupaciones políticas, a través de sus líderes y representadas, la mayoría de ellas, en el Parlamento; y dirigentes de algunas iglesias, entre ellas la católica, de mayor feligresía en el país; se firmó también un pacto contra la autonomía y la dignidad de cada uno de los peruanos, porque el Estado, creación humana concebida desde la pluralidad de sus ciudadanos, estaba siendo arrinconado contra las cuerdas, presionado para que quienes operan en él, con ineficiencia y endeblez ética, puedan convertirlo en fuente de injusticia y opresión, rasgo incompatible con los fundamentos de una sociedad abierta.

Quien no podía faltar a este acto público era el arzobispo de Lima, Juan Luis Cipriani, rostro más visible de la degradación cultural y religiosa en el Perú. Y si por cultura entendemos lo fecundado por la expresión variopinta de la creatividad humana, Cipriani encarna exactamente lo que Mario Vargas Llosa refirió de él, la representación de la Iglesia más reaccionaria, intolerante y fanática que hayamos padecido en los últimos tiempos; a lo que añado, un pícaro manipulador diestro en los gajes de la comunicación para hacer política ya no sólo desde el púlpito sino, también, desde sintonizados medios audiovisuales. Pero no fue su presencia la que despertó mi atención, sentado en primera fila junto a otras personalidades de la misma seña retrógrada, sino la de uno de los que intervinieron aquella noche, en la que un halo de bellaquería cruzó el auditorio de la Biblioteca Nacional. Luis Bustamante Belaunde (Lucho, como fue recordado por el escritor en sus memorias) tomaba la palabra, como Director de Ceremonia, para unirse a la comparsa inculta y cavernaria de aquellos contra los que alguna vez dirigió sus “ideas liberales”. Ahora era uno de ellos. Quizá siempre lo fue. ¡Cuánto derroche de travestismo ideológico, Lucho, para combinar muy bien el ropaje del liberal con los harapos del troglodita! ¿De cuánta ponderación tuviste que despojarte, Lucho, para sumarte a esta declaración de intolerancia y recordarnos que persistimos en ser un país incivilizado? ¿Dónde olvidaste las premisas de ese plan de gobierno liberal por el que todos viviríamos protegidos por la ley para vivir decentemente?

Es probable que Mario no exprese su decepción o haga meridiana su tristeza, y no lo diga nunca en público porque quizá existe, todavía, un hilo muy fino de sensible cercanía que, gracias a la nostalgia, resguarda y funcione a prueba del adormecimiento intelectual de algunos de sus antiguos compañeros de batalla. Sin embargo, ex directivo del Instituto del Ciudadano, me pregunto ¿Qué habrá pasado por la cabeza de Mario al verte en las noticias, elegante, como siempre, dando un solemne discurso en ese ensombrecido auditorio, frente a los enemigos de la libertad?

De un arequipeño a otro, Lucho, si Mario –otro arequipeño–, no lo dice nunca, con humildad espero, al menos, que puedas sentir el cosquilleo de mi acusación, si alguna vez te llegase: Gran caradura y cachafaz nos resultaste.

Twitter: @jorgeluisod

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Dime qué repites y te diré por qué no avanzamos http://localhost:8000/elbuho/2014/09/03/dime-que-repites-y-te-dire-por-que-no-avanzamos/ http://localhost:8000/elbuho/2014/09/03/dime-que-repites-y-te-dire-por-que-no-avanzamos/#respond Wed, 03 Sep 2014 00:00:00 +0000 Memorias del escribidor]]> http://localhost:8000/elbuho/?p=6024 He contado las veces que se repiten en un artículo[1] publicado pocos días atrás del ex ministro de Economía y Finanzas, Luis Carranza, las palabras “crecimiento” y “macroeconomía” y no hay duda que sus 13 menciones a lo largo de sus breves párrafos dan cuenta del mensaje que el ex ministro, así como de otros […]

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He contado las veces que se repiten en un artículo[1] publicado pocos días atrás del ex ministro de Economía y Finanzas, Luis Carranza, las palabras “crecimiento” y “macroeconomía” y no hay duda que sus 13 menciones a lo largo de sus breves párrafos dan cuenta del mensaje que el ex ministro, así como de otros tecnócratas, ofrecen al país como receta o prioridad para alcanzar mejores oportunidades de bienestar. Claro que no adolece de falta de sentido que un exfuncionario de la economía y las finanzas escriba o exponga en términos propiamente de su competencia; sin embargo, resulta preocupante y decepcionante que en mitad de la segunda década del siglo XXI los principales gestores públicos, y principalmente los que definen técnicamente el rumbo de las inversiones en un país, como los involucrados en la economía, no consideren, a diferencia de muchos de sus colegas en otras latitudes, a la educación como el aspecto más relevante para superar la pobreza, escapar de la mediocridad económica, mejorar la conciencia crítica de las personas y alcanzar la competitividad a nivel global.

Haciendo su parte, Ana Jara, jefa del Gabinete Ministerial, en la presentación de su plan de trabajo ante el Congreso ha repetido, durante su intervención, la palabra “millones” en 92 ocasiones, seguida de otras como “nacional”, “país” e “inversión”, ésta última repetida 48 veces[2].

Que la palabra educación no sea insistente ni prioritaria en el repertorio de recomendaciones o análisis de los tecnócratas en América Latina se convierte en un lastre por el que los jóvenes, y peor aún los de escasos recursos, vienen postergando las posibilidades de acceder a mejores oportunidades de movilidad social. Ministros como el de Planeamiento en la India, el de Comercio e Industria de Singapur o desde la misma Presidencia en Finlandia, han colocado a la educación como centro motriz del desarrollo de sus países. Es obvio que la búsqueda de crecimiento sea deseable para que los sectores productivos puedan, sin factores externos o internos que lo dificulten sobremanera, robustecer el PBI optimizando sus cadenas de valor; pero más oportuno y desafiante para los países emergentes es conciliar esa visión económica con la herramienta de la educación para presentarnos ante el resto como sociedades atractivas para las inversiones tecnológicas y científicas, verdaderos puntales de la revolución mundial en la actualidad y no, básicamente, como exportadores de productos naturales como la uva, el café o la quinua, que si bien impulsan el valor de las exportaciones no determinan el gran salto hacia adelante.

Un reciente documento de trabajo publicado por el Instituto de Estudios Peruanos[3] junto a otras dos organizaciones internacionales de Chile y Ecuador han mostrado la evolución de la producción científica en América latina y, a pesar del incremento de ésta en los últimos años[4], el Perú está muy lejos de representar un aporte significativo en el producto latinoamericano de investigación en comparación a otros países como Colombia o Brasil. Entre los datos que este estudio presenta y que, realmente, producen escalofríos a quien los lee, son los que relacionan la economía con los resultados de la producción científica; así, vemos que en el Perú se producen 5 artículos científicos por cada 100 mil habitantes y 6 por cada mil millones de dólares de su PBI, mientras que en Chile, por ejemplo, se publican 46 artículos por cada 100 mil habitantes y 28 por cada mil millones de dólares de su PBI. Raúl Hernández Asensio, principal investigador de este estudio, ha señalado que el Perú produce 80% menos de lo que debería producir por el tamaño de su población y 68% menos de acuerdo al peso de su economía en América Latina. Algo que definitivamente no llama la atención ni mucho menos alarma al gobierno y a sus principales portavoces, considerando el despegue que han tenido economías más pauperizadas que la peruana en décadas pasadas y que han alcanzado niveles de creación de riqueza más que encomiables.

No es un asunto de “millones en inversión” por el que el Perú obtendrá mejores resultados mediante sus programas estatales para la reducción de la pobreza. Un país con mejores índices de calidad y rendimiento educativos es un país que investiga, innova, patenta y publica. China, lo afirmaba Andrés Oppenheimer luego de una extensa investigación[5], invierte proporcionalmente menos en educación superior que Brasil o Argentina, y Singapur tiene un rango de inversión inferior a los presupuestos educativos de países como Argentina y México; sin embargo, los exámenes estandarizados internacionales han demostrado que esos miles de millones de dólares se vuelven prácticamente obsoletos cuando los rankings nos ubican en los últimos lugares de la lista, y esto porque además de estar rezagados en habilidades cognitivas, nuestra realidad no ofrece un mejor panorama en cuanto a la adquisición de competencias. El mismo director de los exámenes PISA, Andreas Schleicher, ha manifestado que a los países les va mal en PISA porque las pruebas no les preguntan a sus estudiantes por lo que saben sino por “qué pueden hacer con lo que saben”[6]. Y de acuerdo a las evidencias, ni los gobiernos latinoamericanos ni los estudiantes saben qué hacer con lo poco que saben.

No es el “crecimiento”, o la “macroeconomía” ni los “millones” los que nos van dirigir hacia mejores destinos en el camino del progreso si se sigue pensando que las reformas son un asunto exclusivo de los burócratas, por supuesto. La responsabilidad del cambio reposa sobre las familias, los docentes, los empresarios y, sobretodo, los contribuyentes, quienes pagamos un precio por una educación pública en razón a sus resultados, no para ser testigos de la mera asistencia de los estudiantes a las aulas. El Gobierno en el Perú, a través de lo que escuchamos de sus ministros o tecnócratas, no está ofreciendo ninguna garantía de desarrollo si de todos ellos sólo se pronuncian discursos que aplacan reclamos salariales, satisfacen demandas asistencialistas o prometen distribuir con ligereza nuestros recursos hacia megaconstrucciones poco rentables o refinerías tremebundas que reemplazan la atención hacia las reformas educativas necesarias para competir con los que están mejor que nosotros, gastando menos que nosotros.

A ese concierto coral, entre música de interludio y proyecciones que aturden, se ha unido recientemente el Ministro de Economía, Luis Miguel Castilla quien ha dicho que el Perú podría –hay que reconocerle el uso del condicional para lanzarse y salvarse con tal predicción– convertirse en un país desarrollado en el año 2021 gracias a las reformas en la administración pública y las inversiones[7]. Si asumimos que estamos muy cerca de la meta del desarrollo, nunca la alcanzaremos, porque las sociedades que se encuentran mejor que nosotros, siempre hicieron las cosas asumiendo que estaban lejos de conseguirlo pero aceptando el desafío, con acertadas decisiones, de hacer lo posible para acercarse al sobresaliente de la lista o del ranking. A eso se le llama inconformismo. Y la educación en el Perú, como está visto, está fuera de las prioridades de este régimen y lo estuvo de sus antecesores. Anhelemos que con la mayor prontitud posible el viejo chiste de los economistas internacionales deje ya de ser realidad en el país: “Que el Perú es el país del futuro… y siempre lo será”.

 

Twitter: @jorgeluisod

 

[1] Carranza, Luis; Es hora de un nuevo pacto, El Comercio, martes 22 de julio del 2014. http://elcomercio.pe/opinion/columnistas/hora-nuevo-pacto-luis-carranza-noticia-1744577

[2] Ana Jara: “Millones” fue la palabra que más veces pronunció en su exposición; Perú21, miércoles 20 de agosto del 2014. http://peru21.pe/politica/ana-jara-congreso-voto-confianza-millones-2196234

[3] Hernández Asensio, Raúl; ¿Quién escribe más y sobre qué? Cambios recientes en la geopolítica de la producción científica en América Latina y el Caribe, IEP, Documento de Trabajo Nº 205, Lima, marzo de 2014.

[4] Se constató que la producción peruana de artículos publicados en revistas científicas a nivel internacional pasó de 164 documentos en 1996 a más de 1,200 en el 2012. Es decir, se incrementó en más del 700%.

[5] Oppenheimer, Andrés; Basta de historias, la obsesión latinoamericana con el pasado. Capítulo 5. Cuando China enseña capitalismo. En China, la universidad no es gratuita, Debolsillo, Ed.2010, p.211

[6] Guerrero Ortiz, Luis; Maestros: ¿única palanca para mejorar aprendizajes?, sábado, 9 de agosto de 2014 http://educaccion-peru.blogspot.com/2014/08/maestros-unica-palanca-para-mejorar.html

[7] Luis Castilla: ‘Perú podría convertirse en un país desarrollado en 2021’. Perú21, viernes 15 de agosto del 2014. http://peru21.pe/economia/luis-castilla-hacia-2021-peru-parte-club-paises-ricos-2195825

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Dios no está muerto, está en el cine y aburriéndonos http://localhost:8000/elbuho/2014/08/08/dios-no-esta-muerto-esta-en-el-cine-y-aburriendonos/ http://localhost:8000/elbuho/2014/08/08/dios-no-esta-muerto-esta-en-el-cine-y-aburriendonos/#respond Fri, 08 Aug 2014 00:00:00 +0000 Memorias del escribidor]]> http://localhost:8000/elbuho/?p=5925 La sospecha más punzante que uno tiene acerca de cuán buena o mediocre será la película que se verá en el cine, sin revisar la cartelera antes de embarcarse hacia alguna sala, y dejarlo todo a la elección del momento, invadido sólo por las ganas repentinas de una película en pantalla gigante, un día laborable […]

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La sospecha más punzante que uno tiene acerca de cuán buena o mediocre será la película que se verá en el cine, sin revisar la cartelera antes de embarcarse hacia alguna sala, y dejarlo todo a la elección del momento, invadido sólo por las ganas repentinas de una película en pantalla gigante, un día laborable a las nueve de la noche, con las únicas referencias de las breves sinopsis cercanas a las boleterías; pues esa sospecha quedará totalmente despejada al ingresar a la sala y constatar que ésta, prácticamente, se encuentra atiborrada de espectadores, dejando sólo algunos pocos asientos en primerísima fila, y unos cuantos más en los extremos del auditorio. Si una sala de cine en el Perú está por desbordar su capacidad, y el presagio es certero, olvidémonos de apreciar en la película una buena propuesta en la historia (puede ser atractiva pero sin estilo u originalidad), si eso es lo que se busca: por lo general y por atender sólo fines comerciales, esto es señal de que está por ver otra película destinada a engrosar la videoteca de la cojudogenia ambiente, como diría Marco Aurelio Denegri.

Tal vez la sinopsis de la película ya me estaba previniendo de lo que podría descubrir tras su llamativo título: Dios no está muerto[1]. Pero si su breve descripción mencionaba que la trama era sobre un joven estudiante universitario que ve desafiada su fe cristiana en sus clases de Filosofía por los argumentos que lanzaba su profesor, entonces, era una oportunidad interesante observar cómo las controversias surgidas entre la fe y la Filosofía convivían en un espacio académico, y todo expresado desde el lenguaje del cine moderno. Por cierto, no confiaba que en la balanza, los argumentos filosóficos pesasen más que las defensas de la fe; sólo esperaba una propuesta cinematográfica diferente, nutrida con una buena idea y con diálogos inteligentes sin abandonar su cotidianidad, quizá apelando a la ironía y al cuestionamiento constante.

Pero la sala, como dije, desbordaba, y ya sabemos que cuando en el Perú una de éstas se ve repleta es por las siguientes razones: Se estrena alguna película de robots transformándose en custers Orión, metropolitanos y narcoavionetas transfronterizas; se reencuentran en una fiesta por el día de la canción criolla Los Vengadores, con jarana en callejón de un solo caño; alguna sucesora de Angie Cepeda osa dejar ver más que la visitadora colombiana para brindar sus apetecibles servicios a la patria; o hay otra reunión de promoción A los setenta, con Carlos Alcántara en silla de ruedas o recién salido de un centro de desintoxicación. Confieso que mientras asumía que todos los presentes en la sala estaban muy entusiasmados por lo que esperaban ver, yo me sentí el ser más desentendido del mundo, el más desubicado en una sala de ubicados, el más perdido en una sala de encontrados, paracaidista en una fiesta de invitados. Pero ya estaba adentro, y quedé curioso por ese insólito fenómeno de concurrencia, mientras las luces empezaban a apagarse y la gente no paraba de llegar.

El joven cristiano ingresa a la Universidad y decide matricularse en la clase de Filosofía, en donde enseña un profesor con fama de ser implacable en sus postulados. Es todo un desafío para el muchacho puesto que empujado por la intriga y el interés del curso, decide llevarlo a pesar de algunas advertencias previas. Antes de empezar la clase –prorrumpía el profesor ante el bisoño auditorio– deben escribir en un trozo de papel que dios está muerto, para que desde esa premisa el curso se desarrolle sin desavenencias y eviten alguna calificación reprobatoria, decía el profesor más o menos así. El resto de la película, como se entenderá, es una sucesión de confrontaciones entre el profesor y el indignado alumno, colocando de antemano al fervoroso joven como “víctima” de la Filosofía absoluta, disculpando el oxímoron.

Resultaba patético observar cómo se tergiversada la función de un docente filósofo, mostrada muy convenientemente como oscura, incoherente y hasta fanática; provocando en la sala aplausos mecánicos y sonoros luego de cada conquista dialéctica del protagonista frente al profesor maligno, representación del lado perverso de lo académico, el antagonista perfecto de la bondad sin reflexiones y del único camino de salvación. De hecho, la película cumple su propósito que no es necesariamente, primero, entretener al auditorio y luego adoctrinarlo; sino, adoctrinarlo mientras se le entretiene con lógicas absurdas, compaginando muy bien las escenas que convierten a la Filosofía en enemiga de la devoción e írrita para la comprensión de la fe.

No es nada difícil imaginar entre los asistentes enardecidos a esta función a una Martha Chávez deleitándose con cada asalto del alumno gladiador, biblia en mano, contra el profesor ofuscado, lleno de resentimiento, diabólico e inerme ante la revelación divina. O a un Cipriani unido al júbilo de los espectadores, convencido de la masificación de su pensamiento único, favorecido por el atolondramiento motivado por este tipo de propuesta fílmica. Y así podemos seguir imaginándonos infaltables asistentes, custodios de la verdad, a esta función deleznable y atávica que, en lo particular, se llevó el registro de convertirse en la segunda película de la cual salí despavorido antes que finalizara. De la primera salí salpicado de sangre y tejido dérmico, mientras volvían estropajo al Jesús de Mel Gibson, hace algunos años.

Los diálogos sobre la religión natural es la obra inversamente proporcional a este esperpento cinematográfico (con actuaciones soporíferas y circunstancias tan sosas), por supuesto, salvando las distancias; es decir, se encarga de esa verdadera tarea filosófica de diseccionar la religión como fenómeno social, nacido en la conciencia de las personas. Eso es lo que crea Hume, un texto desde donde se examina, a través de diálogos muy fructíferos, la religión como posibilidad y pauta para concebir la vida, como fenómeno engendrado en el seno de la sociedad, sin intervencionismos sobrenaturales; y se propone la alternativa de concebirnos singulares y a la vez grandiosos, desmontando, ¡cómo no!, esas argumentaciones como las del alumno de la película, convertido en el ave fénix de la religiosidad, que hacen de dios un ser o ente ubicuo e indispensable para el progreso de la humanidad. Desde luego, los relinchos del malhadado profesor son sólo ruidos de desesperación que el director del filme nos ofrece como imagen del razonamiento crucificado por la imbatibilidad de la creencia.

Por eso es difícil, entre otras razones, erradicar de la sociedad visiones excluyentes y destempladas, por lo mismo que resulta fácil acomodarse o caer en las trampas del dogma porque sólo su fuerza gravitacional es suficiente para desentenderse de la complejidad del ser humano, diverso y contradictorio. Lo opuesto, algo exigente de esfuerzo, es tentar la opción del razonamiento por el que maduramos como seres con discernimiento y contenidos de libertad; por el que comprendemos, por ejemplo, que nuestros derechos se sustentan en la semejanza esencial que como humanos compartimos, nuestra condición de seres libres y creativos, y por lo que nadie debería ser marginado de ese mínimo de respeto y dignidad protegidos por los derechos humanos. ¿Cuántos de los que llenaron jubilosamente esa noche la sala de cine, me pregunto, abominan en sus fueron internos o públicamente del aborto o del matrimonio homosexual sólo por consideraciones religiosas? Ya lo explicaba Fernando Savater, sin contemplaciones: los derechos humanos no son sino requisitos básicos para la implantación universal del individualismo democrático. (…) sin que ese protagonismo pueda ser delegado en entidades colectivas, ni diluido en ellas, ni regateado o suprimido por ellas[2].

Y la Filosofía está allí para decirnos que todo saber es pensable, y el fenómeno social de la religión también lo es. De otro lado, y en cuanto a la película de marras, esta no es más que una ficción prescindible, como toda ficción con fines doctrinarios, pero, no lo dudo, ha sido eficaz en la exacerbación de unos ánimos que, en franco contraste a una buena salud mental, se robustecen con profecías tribales que pueden arremeter con supercherías para embargarnos el sentido de humanidad que nos reconcilia y dignifica.

Twitter: @jorgeluisod

 

 

[1] God’s Not Dead, en su título original, EE.UU., 2014.

[2] Savater, Fernando; Sin contemplaciones, Ed. Ariel, 1994, Bs. As., p.75.

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