El valor de la verdad

La columna

El programa sabatino que conduce Beto Ortiz ha puesto en tela de juicio precisamente este concepto y su valía en la realidad nacional contemporánea.  Para algunos, ha banalizado el elevado concepto de Verdad en función de los intereses comerciales del rating y sus recetas para conseguirlo: morbo, media verdad, sensacionalismo, amarillismo, manipulación. Paradójicamente, todo esto sumado equivaldría a Falsedad.

En contraste, veo un valor en el tratamiento de temas como la sexualidad diversa, el racismo, las aspiraciones de los peruanos típicos emergentes, las vicisitudes de las carreras “artísticas” de las figuras de la farándula local que se someten al interrogatorio; y su “verdadera historia”, lejos de las luces y el brillo que las acompañan en sus presentaciones públicas.

Más allá de la intencionalidad de los productores del programa, previsiblemente enfocadas hacia el lucro que resulta de la explotación del morbo colectivo, lo real es que gracias al programa hay temas tabú que se tratan públicamente a la luz de la “verdad” revelada por los concursantes y no a la de la versión light que hipócritamente solemos manejar sobre problemas tan complejos como el racismo o la supuesta religiosidad de los peruanos, dos de los temas sobre los que más se miente, a todo nivel, en el Perú.

Las diversas opciones sexuales que hoy conviven de manera generalizada en la sociedad peruana, los valores familiares, la forma de entender el concepto de “lealtad” y otras monumentales falsedades que la “opinión pública” legitima por ser el pensamiento “políticamente correcto”, están quedando al descubierto, así como la lejanía de estos nuevos sentires colectivos respecto al pensamiento ortodoxo católico, supuestamente atribuido a la “mayoría de peruanos”.

Si de todo aquel carnaval de falta de pudor, de materialismo, de exacerbación del morbo y ambición descarnada, se puede extraer algo positivo, es que algunas “grandes” verdades colectivas que no queríamos aceptar están quedando al descubierto. Y, tal vez, la sociedad peruana así pueda comenzar a abandonar sus complejos, traumas, culpas e hipocresías, a partir de ciertas “revelaciones” que en realidad son “secretos a voces” y que lastran la vida de cualquiera de nosotros.

Por ejemplo, ¿cuántos hijos de migrantes pueden negar que, debido a la presión social, se avergüenzan de sus antepasados?, ¿cuántos, que han explorado su sexualidad en diversos sentidos?, ¿cuántos, que no creen un ápice en las prácticas religiosas o dogmas impuestos? ¿Cuántos que han debido utilizar todo tipo de armas para ascender socialmente en un mundo despiadado que intenta hundir a otros peruanos, por simple y puro racismo, o machismo?

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