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Alma Mahler o La Pasión

"La belleza y el talento de Alma Mahler nos habla de un mundo perdido que, sin embargo, podemos recuperar y admirar cuando, por ejemplo, escuchamos la Sexta Sinfonía de Gustav Mahler o los bellos lieder que la propia Alma compuso"

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Con mucho placer he leído en estos días “Alma Mahler, un carácter apasionado” (Turner, 2020) de la biógrafa, historiadora y documentalista británica Catherine Haste. El libro se abre con un vistazo a la primera infancia de Alma, es decir, a las penurias económicas a las que su familia fue arrastrada debido al empeño de su padre, Emil Schindler, por labrarse una carrera en el difícil medio artístico. De estos primeros años no hay mucho detalle, excepto una estampa presagiosa: Alma de siete años, en el estudio de su padre, mirando durante largas horas el lento y dificultoso proceso de alumbrar una obra de arte. Después, Alma sentirá siempre un profundo respeto y una devoradora fascinación por el talento artístico. Tras una década de vacas flacas, la fortuna empieza a sonreír a la familia Schindler porque los paisajes de Emil empiezan a venderse, el nuevo grupo artístico de los Secesionistas empieza a ver en él a un consumado maestro y, quizá lo más importante, el príncipe heredero Rudolf lo contrató para unos trabajos en la costa del Adriático. Mientras tanto Alma ya ha crecido y se ha convertido en “la chica más guapa de Viena”, Emil murió en 1892 y Alma lucha por salir de la casa paterna en la que su madre y su nuevo esposo, Carl Moll, apenas tienen tiempo para ella. En esas circunstancias y siendo ya el centro de atención de aquella efervescente Viena de principios de siglo, Alma se casa con Gustav Mahler. A partir de este momento, creo que la vida de Alma es suficientemente conocida porque estuvo bajo los reflectores del mundo, sobre todo a partir de su establecimiento en Nueva York con su tercer marido, el poeta y novelista Franz Werfel.

Cate Haste no sólo ha escrito una biografía de Alma, sino también ha desarrollado dos puntos sustanciales: ha pintado un maravilloso fresco de la Viena de preguerra (donde sobresalen con luz propia los Secesionistas comandados por Gustav Klimt, los intelectuales que frecuentaban el Café Arco y que entre Praga y Viena dejaron la huella imborrable de su talento, el maniático y divertidísimo Oscar Kokoschka y el Dr. Freud, que recibió a Gustav Mahler cuando este se enteró de que entre Alma y Walter Gropius había una poderosa conexión). Haste nos traslada a esa idílica Viena antes del surgimiento del nazismo, una ciudad poseída de un encanto hechizante en la que Alma era la indiscutible arbiter elegantiarum. La fuente principal de la que la autora ha echado mano para su trabajo son los diarios de Alma y aquí ha procedido con gran prudencia porque la colección Mahler-Werfel (la otra fuente muy consultada, pero seriamente cuestionada hoy por los expertos) no ofrece realmente información fehacientemente comprobable. El otro punto desarrollado por la autora y que hace de su biografía una experiencia de lectura fascinante es la imagen de Alma en Nueva York: una anciana en cuyo cuerpo y rostro el consumo excesivo de Bénédictine había causado serios estragos. Cuando la compositora Dika Newlin conoció al mito en 1941, se sorprendió de que Alma “fuera excesivamente gorda, el pelo ensortijado de un rubio que parecía estar en deuda con el salón de peluquería. De hecho, cuando la vi entrar al salón del concierto y se sentó cerca de mí pensé: ¡Vaya, si parece una ex primera vedette del Follies!” Pero la misma Dika tuvo que admitir, tras conversar brevemente con Alma que “era una persona encantadora”. Y eso que el encanto de Alma, según ella pensaba, se había quedado en la Viena que perdió.

¿Quién fue Alma Mahler para los neoyorquinos, aparte de una mujer mayor que, a fuerza de afeites, quiso patéticamente conservar algo de su antiguo esplendor? Para un pazguato, nadie, una desconocida. Pero para quien, medianamente, ha seguido el curso de la historia en el siglo XX y tiene alguna sensibilidad, Alma Mahler es el símbolo de un mundo finiquitado y maravilloso. Un mundo que la guerra y el descarnado antisemitismo sepultó bajo capas de polvo y ruinas. La belleza y el talento de Alma Mahler nos habla de un mundo perdido que, sin embargo, podemos recuperar y admirar cuando, por ejemplo, escuchamos la Sexta Sinfonía de Gustav Mahler o los bellos lieder que la propia Alma compuso. O que podemos recuperar cuando abrimos las páginas de libros como este. Como en un acto de magia, abrimos el libro y se encienden las bujías que alumbraban los espléndidos salones vieneses, una orquesta de cámara empieza a tocar y Alma, con un vestido de brocado turquesa, tiene 21 años y va a salir a bailar por primera vez con Gustav Klimt. Hela allí.

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