Breves notas sobre lírica baquilídea

«Baquílides tenía un recurso, que algunos filólogos no han valorado en su justa medida (García Romero sí), y que consistía en detener la narración del mito cuando se ha llegado a una palabra que por su resonancia cultural en la historia podía bastar para que el público intuyera íntimamente el desenlace».

Por Manuel Rosas Quispe | 15 abril, 2026
Baquilídea

Un pasaje del Pseudo-Longino en su tratado Sobre lo Sublime dice lo siguiente sobre Baquílides: “… en su pulido lenguaje todo está escrito con bello estilo, y, en cambio, Píndaro y Sófocles a veces lo abrasan todo con su ímpetu”. Me gusta este fragmento porque reúne en su síntesis los grandes temas que, por fuerza, emergen cuando se habla del lírico ceyo: la delicadeza formal de su metro y su inevitable comparación con Píndaro.

Este libro, “Odas y Fragmentos”, editado en 2002 por Gredos, contiene un interesante estudio introductorio de Miguel Márquez y notas aclaratorias de Fernando García Romero, quien además presenta cada uno de los poemas y fragmentos que el libro contiene. En sí, después de la introducción, hay cuatro grandes apartados en los que se distribuye el corpus lírico baquilídeo: los epinicios, los ditirambos, los fragmentos y los epigramas. Luego, hay dos secciones muy jugosas que no son propiamente obra de Baquílides, pero que guardan con ella íntima conexión: los escolios y los testimonios sobre su vida y su arte.

El primer apartado, en el que es inevitable que aparezca el nombre de Píndaro, presenta los epinicios cuya estructura formal tripartita es la siguiente: primero, proemio o alabanza del vencedor; segundo, referencia mítica; y tercero, versos gnómicos y alabanza final. Sin duda, lo más interesante es la referencia mítica, no sólo por su contenido sino por su forma de excurso que, sin embargo, se engarza con la primera parte (generalmente porque se ha mencionado la patria del vencedor) y con la tercera (a raíz de las sentencias gnómicas que se han deducido de la referencia mítica).

Baquílides tenía un recurso, que algunos filólogos no han valorado en su justa medida (García Romero sí), y que consistía en detener la narración del mito cuando se ha llegado a una palabra que por su resonancia cultural en la historia podía bastar para que el público intuyera íntimamente el desenlace. Así, por ejemplo, cuando narra el encuentro entre Meleagro y Hércules en el Hades -relato además en el que Baquílides hace gala de una exquisita vena poética- los hechos se detienen de pronto cuando se menciona el nombre de Deyanira. La sola mención de ese nombre debía producir en el público la sucesión de horribles imágenes de dolor y angustia en la carne del héroe. Un ejemplo semejante es el del ditirambo 18, un canto amebeo que exalta, a través de la figura de Teseo, la victoria ática en Maratón. Tan impresionante es su forma que se ha pensado que cuando Aristóteles dictaminaba en su Poética que “el origen de la tragedia está en el ditirambo” no se refería a las fiestas dionisíacas sino a esta composición responsiva en particular. El ditirambo empieza con el nombre de Atenea y cierra también con el nombre de esta diosa, inundando el ambiente de un espíritu ático sin igual. Este peán no sólo es una clara muestra de imaginación e inspiración, sino también un ejemplo de la pericia del poeta en el manejo del coro y su habilidad para usar distintos registros poéticos. Surge entonces una pregunta decisiva: ¿fue este peán determinante para orientar el desarrollo del estilo trágico o, por el contrario, fue la tragedia la que inspiró en Baquílides la composición de un peán arcaizante?

Tengo la impresión de que el estro del poeta se desenvuelve con mayor soltura en los ditirambos que en los epinicios, a pesar de que sea en este género que alcanza la inmortalidad y logra competir con el propio Píndaro. Pero hay que recordar que los epinicios son un género comercial, bajo contrato, en cuyos versos se siente la incomodidad de un corsé ajustado por la mano del contratante. En cambio, en los ditirambos la libertad hace más respirable el metro y los dáctilos vuelan con presteza. Baquílides es una autoridad en lo referente a la mitología y su sabiduría es citada, corroborada o debatida al lado de otros grandes autores como Hesíodo, Apolodoro o el poeta latino Ovidio. El hombre de Yúlide no sólo es poseedor de un cuantioso caudal de conocimientos que las musas le otorgaron, también su lira entona finos cantos que emocionan profundamente el alma. Como muestra este bellísimo fragmento del cuarto peán a Apolo Pitio en el que se encomian los tiempos de paz:

Y engendra la paz para los mortales

riqueza que engrandece al hombre,

flores de cantos dulces como la miel;

y sobre los artísticos altares,

en honor de los dioses,

se queman con rubia llama muslos de bueyes,

muslos de ovejas de excelente lana.

Que los jóvenes se ocupen de los ejercicios atléticos,

de las flautas y de los cortejos.

En las abrazaderas de ligaduras de hierro

se encuentran telas de flavas arañas,

y a las lanzas puntiagudas

y a las espadas de doble filo

domeña la herrumbre…

La imagen de que, en tiempos de paz, los escudos crían telarañas y las espadas herrumbre, es precisa, es poética y es admirable. Una satisfacción acaso mayor le espera al lector cuando pasa a los fragmentos. Quienes han cursado con fervor las gloriosas páginas de Arquíloco o de Safo saben que hallar un fragmento, apenas un dáctilo o un espondeo legible es oro puro. Muchas veces, cuando visitamos la obra de Safo miramos con tristeza inmensas áreas lacunianas y cuando nos topamos con una línea clara, lanzamos una exclamación de alegría. Así también sucede con Baquílides, en quien encontramos felices hallazgos como:

El corazón en la medianoche…” o

En la (espaciosa) Esparta antaño las rubias (muchachas) lacedemonias esta canción (entonaron)…” o

A Pasifae Cipris hizo brotar el deseo…”

Estas preciosas gemas encontradas en un páramo papiráceo nos emocionan porque, entre otras razones, hallamos con facilidad la conexión entre el estilo baquilídeo y la vocación épica de Homero y de Estesícoro, dos poetas de cuyas fuentes, Baquílides bebió con fruición. Nótese, nuevamente, que, en cambio, en los epinicios el mecenazgo constriñe la voluntad épica y acota la narrativa en pro de un encomio familiar. Pronto, hacia el siglo V, la Ática democrática iría dejando de lado ese gusto por una “poesía por encargo” y las odas encomiásticas cederían su lugar a una lírica más cercana al mito, en tanto narrativa simbólica que traduce el sentir y el devenir de los pueblos. Leer a Baquílides es contemplar de cerca esa transición.

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