“Coming Up” de Suede: evocando los dulces noventas

"Al no estar Brett Anderson en escena, Damon Albarn buscó un púgil con quien medirse y halló idóneo rival en Liam Gallagher. La llamada “Batalla del Britpop” fue el punto de declive de aquel movimiento, el instante crucial en que el público empezó a darse cuenta de lo superficial y ridículo que era todo ese asunto"

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“Coming Up” (Nude, 1996) fue el tercer disco de la banda británica Suede, el primero tras la partida del guitarrista Bernard Butler. Cinco meses después de la partida de Butler, un año y medio antes del lanzamiento de “Coming Up”, Brett Anderson declaraba para NME: “La historia de esta maldita banda es ridícula. Es como si Maquiavelo hubiese reescrito Miedo y Asco en Las Vegas para un elenco de miles, protagonizada por Charlton Heston… es como un cochecito que acaban de empujar colina abajo. Esta banda siempre ha sido ardiente y tempestuosa, al límite, indetenible. Sería un maldito buen libro”. Más de veinte años después, el propio Anderson se encargó de escribir ese maldito buen libro en dos partes. Pero detengámonos en aquel momento previo a 1996 para radiografiar la vorágine que en aquellos años arrastraba a Anderson por mares de locura. La declaración que hizo a NME nos da una pista de cómo sentía a Suede: como un cochecito rodando indetenible por una colina: esta imagen, efectivamente, tiene más de la fantasía desbordada de Hunter Thompson que del geometrismo de un Eisenstein. Con todo, para Anderson, ese período no fue tan complicado como el que viviría cinco años después, cuando el crack y la heroína llegaron a apoderarse casi totalmente de su voluntad.

Tras la partida de Butler, el método de composición de la banda cambiaría también. Butler era el encargado de pulir, dar los acordes definitivos y terminar lo que Anderson y Richard Oakes empezaban. El problema, según lo cuenta Anderson, es que Butler solía trabajar solo. No tenía necesidad de reuniones ni de largos ensayos. Ese método funcionaba, no cabe duda, basta escuchar el disco debut, homónimo, de 1993 y la maravilla oscura y enigmática que es “Dog Man Star” (1994) para acreditarlo. Pero Anderson sentía que la ausencia de cohesión en la banda terminaría por disgregarlos. Ahora, sin Butler, las exigencias eran distintas. Aquel año, 1995 (el año de preparación de “Coming Up”) fue un año muy interesante para la escena musical británica. “Different Class” de Pulp había tomado el lugar que Suede había dejado vacío y “(What’s The Story) Morning Glory” de Oasis serviría para acrecentar aún más una camarilla musical periodística empeñada en establecer inútiles comparaciones con los Beatles o con los Stones. Elastica había aparecido en escena arrasando con los charts y Tricky (ya desligado de Massive Attack) había lanzado un álbum bellamente seductor: Maxinquaye.

Pero quizá lo más importante que estaba pasando en aquel año fue que empezaba a morirse aquel movimiento de euforia colectiva (y con pespuntes patrioteros) que fue el Britpop. Al no estar Brett Anderson en escena, Damon Albarn buscó un púgil con quien medirse y halló idóneo rival en Liam Gallagher. La llamada “Batalla del Britpop” fue el punto de declive de aquel movimiento, el instante crucial en que el público empezó a darse cuenta de lo superficial y ridículo que era todo ese asunto.

Cuenta la leyenda que, a fines de 1995, una figura muy delgada y misteriosa empezó a rondar los pasillos de The Church Studios. Era Neil Codling que había caído al lugar por pura casualidad y que -por ósmosis- se convirtió en el tecladista de la banda. Ya todos listos entonces, y ahora sí como una banda, empezaron las grabaciones en diciembre de 1995. La idea de Brett Anderson coincidía con la del productor, Ed Buller: Suede volvería a lo grande en la primavera de 1996 con canciones menos oscuras y complejas que las de “Dog Man Star”, pero con sencillos de gancho inmediato. De diciembre de 1995 a junio de 1996, la banda se abocó a crear las atmósferas y los efectos del álbum. Para ello, se inspiraron en el álbum “The Slider” de T. Rex que escucharon a todas horas. El lema de Anderson en aquellos meses era “The Slider for the nineties”. Tras el lanzamiento, Susan Corrigan, periodista musical de The Guardian, hizo un preciso comentario: “Al igual que el cantante, las nuevas composiciones son simples y directas, y golpean como una bofetada en la cara. El letrista ha refinado su enfoque… aún consumido por el amor y la obsesión, pero utilizando la sabiduría de la madurez para hacer que sus letras sean simples y directas, Anderson triunfa sobre sus palabras en lugar de estar tan obviamente gobernado por su diccionario de sinónimos”. Efectivamente, la puesta en escena ha variado, pero las letras desgarradas y la atormentada interpretación (mezcla de Bowie y Morrissey) se mantiene para beneplácito de sus seguidores.

Así que aquí tenemos el brillante regreso de una banda por fin cuajada. Aunque el alejamiento de la escena fue sólo por poco más de un año, qué falta hizo Suede en aquel absurdo año 1995. Y qué falta le hacen al mundo del pop álbumes de esta sublime brillantez. Todo se debe, creo, a la confianza que Anderson tenía en sí mismo y en la banda. Había superado un período angustioso en el que, como muchos (incluido el propio Albarn) pensaba que Suede ya estaba camino a su total desintegración, y he aquí que regresa por todo lo alto. La confianza y la euforia del momento (la fiesta en Virgin Megastore de Oxford Street para la presentación del 02 de noviembre fue un instante mágico en el que Anderson probablemente tocó el cielo) le hicieron decir que en ese momento él realmente pensaba que era el único escritor contemporáneo de canciones pop que estaba diciendo algo. No diré que tenía razón, pero el hecho de que el britpop empezara su declive en aquel año, creo que guarda una relación directa con “Coming Up”.

Finalmente, Anderson lo había conseguido. Un The Slider para los noventa. Así podríamos describir también este álbum: un artefacto de pura emoción pop. Con los efectos de delay, de coros, de aplausos… con todos los trucos sonoros para que la elocuencia alce vuelo. A 28 años de su lanzamiento, no sólo lo sentimos como un álbum de irrepetible belleza, sino como un álbum que -de alguna manera- nos hace sentir orgullosos de haber crecido en los noventa.

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