Hacer listas tiene raíces profundas tanto en lo psicológico como en lo social y cultural. Hacer listas satisface nuestra necesidad de orden, memoria y dominio, mientras activa recompensas emocionales y dopaminérgicas, además comunica identidad y permite compararnos dentro de la cultura.
Pero para los melómanos, también es un ritual de cierre, una cronografía y bitácora de reafirmación personal. A nadie le importan las listas o los rankings de un desconocido, es cierto, pero un ranking no pretende ordenar el mundo ni corregir el oído ajeno; funciona, más bien, como un dispositivo de cierre, una tecnología mínima para fijar una experiencia que, por naturaleza, se disuelve. Escuchar música es habitar el tiempo y listar es retroceder sobre él y marcarlo.
La idea de jerarquizar no responde aquí a la ilusión de autoridad ni al deseo de prescribir, sino a la necesidad elemental de darle forma al exceso; frente a un flujo inabarcable de discos, estímulos y descubrimientos, una la lista puede registrar estas obsesiones, persistencias, abandonos y reencuentros, y por ende su utilidad no está en imponer criterio, sino en dejar constancia de una escucha inagotable, en afirmar que algo fue escuchado y fue importante, que mereció ser retenido. Con eso basta.
20. Lana Del Rabies – “Omnipotent Fuck”
“Omnipotent Fuck” es una experiencia de fricción extendida. Nueve cortes que trabajan sobre la acumulación, la fatiga y la repetición consciente, el sonido avanza por estratos espesos, pulsos industriales irregulares y voces trastornadas hasta perder cualquier rastro expresivo reconocible o convertirse en primitivo grito caustico. Todo está orientado a sostener tensión sin resolverla, pues el álbum rehúye la dinámica clásica del impacto y opta por un régimen de presión constante, tortuosa y saturante. Cada tema parece prolongar el anterior, como si el disco funcionara bajo una lógica obsesiva más que narrativa y la duración del álbum (casi 52 minutos) juega un papel central, escuchar implica aguantar. No hay catarsis ni drama, solo hay insistencia, control y una voluntad clara de incomodar. Lana Del Rabies utiliza el ruido como herramienta psicológica y andamiaje cronológico, dejando una impresión áspera, persistente y difícil de neutralizar.
19. Kali Malone & Drew McDowall – “Magnetism”
Luego de una entrega magistral como “All Life Long”, Kali Malone ha optado por retornar a sus raíces, más aún porque en este ciclo cuenta con la colaboración del veterano Drew McDowall, quien ha sido parte de insignias experimentales como Coil o Psychic TV, por eso Magnetism abraza el drone como naufrago a la tabla, y se desarrolla entre las texturas electrónicas de McDowall y la destreza de Malone como un ejercicio de dominio ininterrumpido, en el que el tiempo deja de funcionar como referencia externa y pasa a ser un elemento sometido a la voluntad de los artistas. Magnetism es una obra difícil, que se apoya en resonancias dilatadas y modulaciones casi imperceptibles que transforman el espacio sin necesidad de ademanes enfáticos, con decisiones que privilegian la duración, la afinación y la continuidad, por encima de cualquier efecto inmediato por lo que el álbum opera como un entorno acústico cerrado, persistente, que modifica la percepción a través de la acumulación y el control.
18. Swans – “Birthing”
“Birthing” se articula como una prolongación rigurosa de las prácticas de Michael Gira, centradas en la densidad, la iteración y el peso físico del sonido, y hasta ahí, podría ser solamente uno de los tantos grandes discos de Swans, pues no hay un giro radical en su propuesta y básicamente sintetiza lo que ha producido la banda en los últimos años. Pero, hay una suerte de elemento o dosis inmaterial en este álbum en particular, que ha dotado a su sonido de una pasión y entrega particulares. “Birthing” es una obra severa, enérgica y concentrada, fiel a un método que sigue produciendo aspereza, erosión y una experiencia difícil de diluir, que no deja indiferente a nadie, pero que en esta ocasión parece pretender ser la cuchillada mortal.
17. Hilary Woods – “Night CRIÚ”
En “Night CRIÚ”, Hilary Woods vuelve a situar la voz como protagonista, no como único vehículo confesional ni como foco expresivo aislado sino como herramienta primordial. Las líneas vocales se multiplican, se superponen y se diluyen dentro de un entramado, los arreglos orquestales y los tempos se suceden en cámara lenta, generando un un vilo constante, pendular entre la cercanía y la extrañeza. Cada pieza del álbum funciona como un estado prolongado que amplía el campo acústico, en una atmósfera de nocturnidad e intimidad desconsolada. “Night CRIÚ” sostiene su valía en esa sensación inmersiva, sostenida por una arquitectura formal de gravedad silenciosa.
16. Uboa – “All the Dead Melt Down as Rain”
«All the Dead Melt Down as Rain» se articula desde una experiencia corporal concreta, una especie de sintomatología, donde el sonido responde a fallas, interrupciones y sobrecargas más que a decisiones formales. Los bloques de ruido, los pasajes electrónicos deformados y sobre todo la voz de Xandra Metcalfe (que suena siempre a reacción física antes que a gesto expresivo) construyen un espacio perturbado, atravesado por la sensación de agotamiento y pérdida de control que la crítica ha vinculado directamente con la enfermedad crónica de su autora. Visto así, el álbum parece estar conformado por etapas degenerativas, dónde cada sección parece surgir desde un estado distinto del cuerpo, con cambios bruscos de intensidad y textura que responden directamente al dolor y a la desesperación. El noise de Metcalfe resulta ser una carga omnipresente, como un peso que se mantiene incluso cuando el volumen disminuye, en ese sentido el disco impone una condición, haciendo de su escucha una experiencia opresiva y profundamente específica.
15. Frederikke Hoffmeier (Puce Mary) – “The Girl With The Needle” (Original Motion Picture Soundtrack)
Empezar a usar el nombre real suele ser un punto de inflexión en la carrera de los artistas experimentales, en este score Frederikke Hoffmeier, a.k.a. Puce Mary, reinventa sus técnicas compositivas, conocidas hasta ahora por una práctica marcada por la crudeza directa y el ataque frontal al sonido, y se repliega hacia una escritura más orquestal, donde cuerdas, masas electrónicas y entramados industriales se organizan con una disciplina poco habitual en su obra, todo ello sin que la aspereza desaparezca. Este desplazamiento es subrayable pues ha presentado a una compositora que abandona el impulso salvaje sin perder intensidad, y esa capacidad ha sido reconocida con el European Film Award a mejor banda sonora. Y es que, «The Girl With The Needle» escuchado fuera del film, como un álbum de la discografía de Puce Mary, conserva autonomía, pasión credibilidad y rigor. Resulta difícil no pensar en lo inadvertida que pasó la danesa cuando estuvo en 2019 en Lima, una visita que hoy, a la luz de este trabajo, revela cuán a destiempo suele ir nuestra atención respecto de lo verdaderamente importante.
14. Anna Thorvaldsdottir – “Ubique”
O se ama o se odia a la Thorvaldsdottir, yo me encuentro más cerca de lo primero y «Ubique» lo consolida porque se trata de una obra densa, de ensimismamiento absoluto antes que de rasgos expansivos, esas que me encanta desentrañar. Concebida dentro del proyecto “Density 2036”, «Ubique» materializa la idea de la compositora de presentar el sonido como elemento omnipresente, capaz de existir simultáneamente en lo microscópico y en lo macroscópico. No hay desarrollo narrativo clásico en la obra, de hecho parece buscar desconcertar con repetición mínima, roce sensorial y desplazamiento temporal, recursos que generan una escucha casi suspendida. Parece ser que nos encontramos frente a un momento de especial lucidez de la compositora que incluso la ha sacado de su nicho académico para llevarla a un estatus cercano al mainstream.
13. Rosa Anschütz – “Sabbatical”
Sabbatical es el viaje calculado y arriesgado de Rosa Anschütz, de la pulsión electrónica y funcional de sus anteriores registros al archipiélago emocional que ahora construye, en favor de una escritura más desnuda, donde el coldwave contemporáneo y el post-punk operan como gramática. La voz de la alemana, frecuentemente en registro de spoken word, fragmentada, duplicada, y homenajeante a figuras como Laurie Anderson o Anne Clark, se convierte en el eje de una atmósfera nocturna, íntima y oscura, cargada de densidad emocional. Con encomiable sabiduría Anschütz aplica matices sonoros y rítmicos heredados de la artillería de la 4AD clásica, se detectan respuestas a This Mortal Coil o los iniciáticos trabajos de His Name is Alive, y con ello la autora evade el insufrible cliché contemporáneo del post punk rítmico y bailable (ese mismo q están imaginando). La premisa de Sabbatical es crear tensión cinematográfica y por lo pronto ha conseguido una escena memorable en la filmografía sónica de su creadora.
12. Saya Gray – “SAYA”
«SAYA» es el punto en que la escritura de Saya Gray se vuelve legible y debo confesar que aunque me sentí algo defraudado al principio, paulatinamente me conquistaron sus delicatesses pop. El disco abandona la fragmentación extrema de sus trabajos previos y apuesta por canciones en formato más convencional, que admiten forma, melodía y memoria, pero que no han renunciado del todo a la hibridación de géneros que define su método: folk, pop oblicuo, trazos de trip-hop, giros jazzísticos y cierta complicidad naif, que conviven en arreglos electrónicos de aparente austeridad pero que se sostienen en una producción minuciosa (equiparable a la de Cocorosie en su mejor momento). La accesibilidad aquí felizmente no ha afectado el preciosismo de la cantautora y ese equilibrio la ha hecho ciertamente popular, al punto de situarla en espacios de alta visibilidad como los Tiny Desk Concerts, algo impensable sin esta claridad hace unos años. SAYA no es un disco de ruptura grandilocuente, sino de crecimiento, madurez o quizás del inicio de un desplome, solo el tiempo lo dirá, pero por lo pronto, prefiero no pensarlo y solo escucharlo.
11. Ichiko Aoba – “Luminescent Creatures”
Ichiko Aoba ha empezado a ser una figura reconocible en el orbe, frecuentemente se leen notas sobre ella en medios importantes, e incluso en noviembre pasado estuvo en Santiago de Chile, advirtiéndose que la japonesa ha venido ganando una sólida base de fans. No es para menos, Aoba ha aprendido a ser minimalista al extremo que destila sus composiciones a un equilibrio delicadísimo entre voz, guitarra acústica y arreglos de cámara tratados con extrema templanza, donde cada entrada instrumental parece calibrada para no alterar la fragilidad del conjunto. La escritura armónica se apoya en progresiones lentas y abiertas que mantienen la música en un estado de suspensión constante, mientras la voz se mantiene cercana, casi susurrada, sin buscar énfasis expresivo excepto el de una intimidad rigurosamente construida. «Luminescent Creatures» no es más que un muestreo de catálogo de todo lo dicho.
10. Gazelle Twin – “Summerwater”
Summerwater es un conjunto de leves sinfoniettas, que prescinden de toda intención narrativa explícita y centran su fuerza en la superposición de frecuencias y motivos, integrando la orquesta orgánica a las texturas electrónicas con una precisión que calcula cada resonancia y cada silencio. Elizabeth Bernholz trabaja ultimadamente en arquitecturas más cercanas a lo orquestal y sinfónico, pero sin perder esa pulsación electrónica perturbadora que la ha caracterizado desde su origen. En esta compilación de piezas, que sirven de banda sonora televisiva, ha construido una secuencia lógica y funcional que han permitido que el disco cobre completamente la cualidad de ser una obra nueva.
9. Ethel Cain – “Perverts”
«Perverts» profundiza el lenguaje de Hayden Silas Anhedönia, una escritura basada en la dilatación extrema del tempo y en la persistencia de materiales armónicos mínimos, un espacio en el que las guitarras distorsionadas en exceso, los drones graves y las capas vocales procesadas se mantienen en registros susurrantes durante largos tramos sin buscar variación ni alivio. Ethel Cain consigue con «Perverts» llevar su sufrimiento al campo auditivo, y en una hora y media consigue devastar a quien se atreva a explorar su interior. El canto de Cain absorbido por el entorno sonoro y más cercano a un residuo espectral que a un foco expresivo, por momentos ataca sin piedad, sangrando y llorando, conmoviendo y asustando, en un álbum que hasta hoy es el canto de cisne de la joven autora.
8. Yikii – “Snowblindness”
Yikii construye su música a partir de superposiciones irregulares de sintetizadores cortos, percusiones fragmentadas y vocales tratadas al extremo, sin que realmente importe el fraseo o la historia. «Snowblindness» no es la excepción y el disco se mueve entre latidos comprimidos, ritmos desplazados y microcortes que rompen cualquier expectativa de continuidad, los timbres oscilan entre lo mecánico, lo áspero y lo cercano al ruido doméstico en un muestreo pesadillesco pero infantil a la vez. «Snowblindness» funciona también como un laboratorio de tensiones internas, donde cada ademán electrónico se mantiene en suspensión, revelando la mecánica de su ensamblaje y sobre todo la fragilidad sintética de la compositora
7. Anna von Hausswolff – “ICONOCLASTS”
Anna von Hausswolff ha concebido su trabajo más accesible, felizmente sin perder ni un ápice de credibilidad, bajo una mirada retrospectiva y hasta homenajeante a los lejanos años ochentas. En «ICONOCLASTS» la música se organiza alrededor de argumentos austeros y reiterados, pero, a su vez, despliega motivos con una claridad inusual en la obra de la sueca. Por otro lado el álbum está plagado de pasajes que emergen tanto en crescendos amplios y ominosos, como en diálogos tensos; la acertada inclusión de Iggy Pop y de y Ethel Cain en dos piezas magistrales, aporta a visibilizar esta etapa menos extrema de la compositora, para la que ha preparado, además, textos sobre amor, pérdida y devenir. A lo largo del álbum la prodigiosa voz de von Hausswolff se sitúa siempre dentro del tejido instrumental casi sin abstractos retóricos y siempre en ígneas pasionalidades; en tanto no haga más concesiones en el futuro, podemos quedarnos tranquilos porque es un disco magnífico.
6. Kelly Moran – “Don’t Trust Mirrors”
Morán plantea lo que ya dio a conocer con “Moves in the Field” y vuelve a desplegar su piano imposible en una construcción de rigidez acústica que se percibe irreal, los instrumentos de Kelly Moran, son, en efecto, un serie de pianos tratados y ejecutados con objetos y técnicas extendidas que además se hibridan con samples y fragmentos sintéticos de modo tal que, pese a que son casi piezas solistas, se autoconfiguran como una suerte de orquesta. En «Don’t Trust Mirrors» la composición no se apoya en motivos tradicionales, sino en variaciones de color y ataque, entre material acústico y electrónico dando como resultado una obra en la que la binariedad entre tacto físico del piano y su transformación electroacústica se vuelve el punto de gravedad que define la identidad sonora de la compositora
5. Lyra Pramuk – “Hymnal”
«Hymnal» traza un paisaje sonoro en el que voz e instrumentos de cámara se licuan hasta volverse inseparables, el resultado es una poción de resonancias y modulaciones vocales que evocan tanto lo ancestral como lo futurista. Pramuk toma grabaciones de cuerdas y las somete a procesos de tratamiento, de inflexiones extremas y técnicas extendidas, sin necesidad de buscar un registro reconocible, siempre desplazándose hacia territorios que desafían la identificación común. La composición no se apoya en motivos simples sino en variaciones sonoras y en una textura vocal que fluctúa entre lo encantador y lo etéreo, ocupando un espacio a la vez íntimo y expansivo, que transita lo coral, lo ritual y lo inasible.
4. Barbara Hannigan, David Chalmin, Katia Labèque & Marielle Labèque – “Electric Fields”
Electric Fields toma materiales del canto sacro medieval, del barroco italiano y de la escritura contemporánea para hilvanarlos en un tejido donde la voz de Barbara Hannigan, los pianos de Katia y Marielle Labèque y la electrónica de David Chalmin, convergen como fuerzas de atracción y repulsión que le plantan cara a cualquier cronología estilística. La reinterpretación de textos de Hildegard von Bingen – en latín y en su “lingua ignota” (¡que hermosa referencia!) – convive con piezas de Barbara Strozzi o de Bryce Dessner, en forma de núcleos de resonancia que emergen y se disipan dentro de una continuidad sonora articulada por timbres y pulsaciones mínimas, así como modulaciones sutiles, donde lo sacro y lo moderno se refractan en cada transición. El resultado es una obra ominosa pero discreta, un tratado de la grandeza oculto que quizás en un tiempo se vea como el origen de una Hannigan en estado de gracia.
3. Lucy Railton – “Blue Veil”
Lucy Railton es una moderna médium que opera su violoncello como un sistema de modulaciones intrínsecas, donde las notas no llegan a convertirse en melodía definida, sino que se tornan en azotes eléctricos que deforman la percepción habitual del instrumento. Railton trabaja la afinación como si explorara un campo físico de resonancias interiores, provocando variaciones mínimas en la interacción entre arco, cuerda y aire, una modalidad que no se resuelve nunca, causando esa sensación de incompletitud que deviene en ansiedad continua y que se revela lentamente. El efecto conseguido, también está inscrito en la materialidad misma del sonido y tiene una densidad peculiar: ciertas zonas del espectro se oyen estáticas, marcadas por la gravedad de las frecuencias bajas (en modo drone), mientras otras vibran con intensidad inestable para desafiar cualquier síntesis melodiosa; al final, la escucha queda en un umbral sin puntos de referencia evidentes casi a ciegas, obligada a situarse dentro de la trama de esas oscilaciones internas.
2. Wojciech Rusin – “Honey for the Ants”
Wojciech Rusin hibrida en su trabajo, materiales alejados de la lógica operística convencional, usando fragmentos de tradición coral y escritura modernista, sosteniendo un equilibrio entre la elaboración microtímbrica y la aparición de detalles que parecen reconfigurar la voz humana como material maleable. La presencia de procesos electrónicamente tratados – en los que un registro vocal puede parecer transformado por el autotune al tope o la instrumentación llevada al glitch – no apunta a un artificio decorativo sino a una exploración de cómo el mundo moderno se inserta en una textura académica y de paso desafiando nociones de estabilidad auditiva. La orquestación contribuye a esta mutación en una trama donde la discontinuidad y la deformación actúan como partes constitutivas y no solo como efectos; por ello el álbum mantiene una tensión interna que obliga a una escucha que debe aprender a mapear resonancias y contorsiones que abandonan sus formas preestablecidas y se transforman en fenómenos sonoros impredecibles
1. Elizabeth A. Carver – “The Cart Before The Horse”
«The Cart Before The Horse» es una obra que toma riesgos radicales, más aun tratándose de un debut, un acto de apertura que no solo expone voz e instrumentación como medio de expresión, sino que los transfigura para experimentar con ellos. Carver toca y manipula guitarra, banjo, dulcimer y otros artefactos con una intención que rehúye la precisión clásica y busca la textura y la aspereza como medios de articulación; su forma de cantar bordea la inestabilidad deliberada e incluso la irritación, en una flexión vocal que nunca cae en la impostura ni en la afectación de estilo, sino que mantiene una cercanía ferviente con el material sonoro. La rusticidad que impregna el disco no es accidental y se advierte esa elección en líneas melódicas que se quiebran, en acordes rechinando y en inflexiones vocales que parecen surgir de un gesto primario de emoción más que de ninguna técnica. Esa oscilación entre intención y límite se inserta en la audiencia, y constituye la fuerza de una música que vive en el borde del canto visceral, el folk de raíces distorsionadas y la deconstrucción expresiva. Carver, es un naciente músico y apenas ha repercutido en la prensa especializada, pero la respuesta entusiasta de su base de fans casi predice que tiene la densidad, la singularidad y la entrega para convertirse en un referente inevitable del avant folk y el freak folk en los próximos años.

Si valoras nuestro contenido, hazte miembro de la #BúhoComunidad. Así podremos seguir haciendo periodismo. También puedes apoyarnos uniéndote a nuestro canal de YouTube.