Tras la resolución del Jurado Nacional de Elecciones que desestimó las denuncias de irregularidades presentadas por Rafael López Aliaga, el panorama hacia la segunda vuelta ha dado un vuelco estadístico que pocos vaticinaban. Según el último sondeo de la encuestadora Ipsos, el rechazo electoral hacia Keiko Fujimori ha experimentado una caída drástica, pasando de un 59% a un 48% en apenas tres semanas, un fenómeno que los analistas vinculan directamente con la reciente conducta del líder de Renovación Popular.
Para diversos especialistas, la narrativa de fraude impulsada por López Aliaga ha terminado por beneficiar, de manera involuntaria, a la candidata de Fuerza Popular. La persistencia de los reclamos y la agresividad del discurso del exalcalde de Lima han proyectado, por contraste, una imagen de mayor moderación y madurez política en la figura de Fujimori, quien ha optado por un perfil más institucional frente al convulso escenario generado por sus aliados naturales de la derecha.
Este desgaste del antifujimorismo sitúa a la lideresa naranja en una posición de ventaja competitiva que no gozaba en procesos anteriores. Al percibirse su propuesta como una opción de derecha más previsible frente a la incertidumbre que genera el berrinche político de sus pares, las barreras emocionales de gran parte del electorado parecen estarse diluyendo, permitiéndole disputar la presidencia con una base de rechazo significativamente menor.
El escenario de pronóstico reservado se traslada ahora a cómo capitalizará este nuevo aire una candidata que ha perdido tres balotajes consecutivos precisamente por el peso de su antivoto. Con la cancha más favorable y un rival aún por definir entre Roberto Sánchez y los restos de la facción conservadora, la pregunta es si esta reducción del rechazo será suficiente para que Fujimori logre finalmente quebrar su racha de derrotas en la instancia final.

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