Tragedia y pureza en “Los Santos Inocentes” de Mario Camus

«El verdadero núcleo trágico del film no es la imagen del señorito Iván pendulando en una morera, sino la triste realidad de que los santos inocentes no tienen destino en este mundo. La película se encarga bien de mostrarnos que Quirce y Nieves pertenecen a una generación distinta de la de sus padres porque ellos no pueden comprender ni aceptar tanto sometimiento».

Por Manuel Rosas Quispe | 24 abril, 2026
Los Santos Inocentes

Inspirada en la novela del mismo nombre de Miguel Delibes (1981), Mario Camus retrata en “Los Santos Inocentes” la infeliz vida de los sirvientes de un cortijo extremeño en los años sesenta. El cortijo se llama “La Colonia” y está regentado por señorones aristocráticos para quienes sus empleados son poco más que animales. La película se centra en la familia de Paco, su mujer Régula y sus tres hijos: Charito, la mayor, que sufre parálisis cerebral y que no puede valerse por sí misma, Quirce, el hijo varón que hará luego carrera militar y Nieves, la menor, que también se librará del infierno de La Colonia estudiando repostería. A ellos se les unirá el hermano de Régula, Azarías, un extraño hombre con una evidente disminución mental, pero dotado de una profunda comprensión de la naturaleza.

En este mundo sórdido de profunda y enajenante injusticia, Azarías es una flor que crece libre en el campo. Como un Orfeo de los bosques, Azarías se comunica con la naturaleza y ella le revela sus secretos. Su cántico sagrado es el grito con el que llama a su Milana Bonita, un ave que ha domesticado y que ama con indecible ternura. A pesar de no tener trabajo (del cortijo donde servía lo han echado por inútil y desaseado) y de sufrir con los demás las penurias propias de los campesinos, Azarías parece feliz. Su sonrisa es franca y abierta cuando ve volar a su Milana o cuando canturrea para Charito, la Niña Chica, unas nanas tan tiernas como absurdas. Azarías tiene también la costumbre de evacuar el vientre donde le gane el apuro. Va dejando negros zurullos en el coto de caza del señorito Iván o en la propia puerta de la marquesa de Montemayor. Paco, asustado e iracundo, tiene que trabajar con la pala y el recogedor antes de que los señores se percaten de lo que está sucediendo.

El señorito Iván es, en esta historia, el villano que simboliza el poder y la explotación. Se jacta, por ejemplo, de haber enseñado a sus criados a escribir sus nombres y ante una junta del gobierno, hace que ellos exhiban esa habilidad como una muestra de que son tratados “humanamente”. Es un fanático de la caza y obliga a Paco, que se ha roto una pierna sirviéndole de “perrero”, a que siga ejerciendo esa labor a pesar de su dolor e incapacidad. Lo peor que hace es dispararle sin ningún motivo a la Milana, sólo por ejercitarse.

Está claro, entonces, que en este mundo degradante de explotadores y explotados los santos inocentes son la Niña Chica, Azarías y la Milana. Tres seres carentes de malas intenciones y de bajezas porque viven en un mundo más allá de la razón. Paco es bondadoso, amoroso y servicial, pero se amolda a ese mundo injusto con resignación y no cuestiona su humillante condición de siervo, por eso Paco no accede a ese reino de justos, de santos inocentes que no agachan la cabeza ante el patrón.

El verdadero núcleo trágico del film no es la imagen del señorito Iván pendulando en una morera, sino la triste realidad de que los santos inocentes no tienen destino en este mundo. La película se encarga bien de mostrarnos que Quirce y Nieves pertenecen a una generación distinta de la de sus padres porque ellos no pueden comprender ni aceptar tanto sometimiento. Un día parten del cortijo y se labran un futuro en la capital, cosa que Paco y Régula celebran en la oscuridad de su chabola, cada vez más viejos y achacosos. Quirce y Nieves tienen un futuro. En cambio, para la Niña Chica, incapacitada de por vida, para Azarías, que sólo habla con los animales, y para la Milana, muerta de un caprichoso balazo del señorito Iván, no hay ningún futuro. Su reino no es de este mundo.

En suma, un film inspiradísimo de Mario Camus que nos presenta con crudeza la injusticia y la desigualdad social en la España profunda de la era franquista. En el paisaje, en la austeridad del relato y en las exactas pinceladas para retratar a los personajes hay también un homenaje a la maestría narrativa de Delibes. Imperdible.

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